Cuando se hace una elección: La eutanasia

Por O.Rendón Azuaje

@TalesOfOrian

 

 

 

“Creo que, llegados a un término, hay que saber afrontar que la vida termina” (Joserra Landa). 

Morir es un tema maldito en la cultura occidental, porque pensar en la muerte es algo parecido a invocarla, seducirla y recordarla. Resulta distante la imagen del diagnóstico de una enfermedad terminal, como si se tratara de una escena prefabricada, una mentira. Pero, cuando sucede, la persona afectada se embarca en un proceso personal de despedida y aceptación, que en muchas ocasiones incluye duelo, dolor y el deseo por hacerlo todo más soportable.

 

La eutanasia o buena muerte, es el algunos casos la respuesta al extremo sufrimiento que padece la persona con alguna enfermedad incurable y que decide el no seguir prolongando su vida pues esta se ha tornado insoportable. Así, el especialista apresura el fallecimiento de un paciente desahuciado, por petición propia o la de sus familiares; ya sea desconectando los soportes vitales o administrando una combinación mortal de fármacos para suprimir sus signos de vida de forma indolora y asegurando, por encima de todo, una muerte digna y apacible.

 

Guayoyo en Letras decidió abrir el debate alrededor de este tema tan poco discutido en nuestra sociedad, con la participación de Magaly Contreras, profesora de Ciencias Sociales y Juan Gavilán, profesor de antropología en la UNED, España; quiénes abordan la práctica de la eutanasia desde perspectivas distintas.

 

A favor

Juan Gavilán

 

Tradicionalmente la muerte iba unida al dolor. Tal como se la concibe, puede llegar a ser sinónimo de martirio. El sufrimiento de la agonía se ha incrustado en los entresijos de la vida, como parte esencial del vivir y condición necesaria del morir. Sin embargo, nadie puede defender de forma rigurosa que el final de la vida y la muerte hayan de ser un infierno. El ser humano no necesita la redención por el dolor.

 

No debe sorprender a nadie que un reputado teólogo como Hans Küng haya defendido que en ningún lugar de la Biblia se diga que una persona no puede elegir de una forma responsable el fin de su vida. Hay que romper de una forma drástica con una concepción de la vida en que la muerte es un acontecimiento misterioso que llega como una fuerza del destino que no se puede controlar.

 

La concepción de la muerte en las sociedades occidentales, en las que ha dominado el cristianismo, ha sido claramente negativa. Se silencia, se oculta y se la expulsa de la comunidad como algo aberrante y  obsceno. La dinámica de la sociedad lleva a ocultar la realidad de las personas que mueren. Tanto la enfermedad como la muerte se encierran tras los muros espesos de los hospitales y se escamotea de la vida y del espacio público.

 

Hay distintas formas de enfrentarse a la realidad de la muerte. Los que se rebelan y quieren vivir por encima de todas las vicisitudes y por encima de todos los sufrimientos; los que se ponen en manos de Dios y esperan los bienes de la vida eterna; los que deciden luchar y buscan el más mínimo resquicio para seguir viviendo sin importarles en qué situación; pero también existen los que creen que han llegado al límite de su resistencia y que no quieren vivir más, que optan por aceptar la muerte como una parte más de la vida, la asumen, la abrazan con mayor o menor serenidad y deciden pedir una muerte digna.

 

Todos los estudios que se han realizado coinciden en establecer que cada vez es mayor el número de personas que está a favor de que se legalice la eutanasia para poder morir libre y dignamente.

 

Y, desde luego, no se puede admitir que una concepción tradicional de la moral y de la vida imponga sus valores y sus criterios contra la mayoría de la sociedad. Es necesario que exista una ley que regule la eutanasia y que garantice que cualquier persona pueda decidir libremente que nadie obstaculice su decisión de morir. La autorización no puede depender de la buena voluntad del juez. En España nos hemos encontrado con el caso de Inmaculada Echevarría a la que se le concedió que se desconectara el respirador que la mantenía con vida, pero también el caso de Ramón Sampedro al que se le denegó el derecho a que se le suministrara un fármaco que pusiera fin a su vida.

 

Al proponer la base de la argumentación a favor de la legalización de la eutanasia, es preferible abandonar toda la serie de conceptos escolásticos como la eutanasia directa o indirecta, activa y pasiva, que solo consiguen enredar el tema con una casuística inútil. El argumento fundamental es el principio moral de la autonomía. Cada persona tiene el derecho de decidir sobre su vida, su cuerpo y su muerte. No es la Iglesia ni el Estado ni la medicina, sino solo el individuo el que tiene la capacidad para tomar las decisiones que le afecten. No tiene sentido mantener la creencia injustificada de que la vida y la naturaleza hayan de seguir su curso normal en la fase terminal de la enfermedad, porque la vida nos pertenece a nosotros y no a ninguna potencia divina o humana extraña a nosotros mismos.

 

Hay personas y asociaciones, como la Asociación Federal Derecho a Morir Dignamente (AFDMD), que exigen la existencia de una ley que proteja y garantice el derecho de las persona a ponerle fin a su vida en el caso extremo de una enfermedad o un accidente que haya mermado gravemente su capacidad de llevar una vida digna. En una situación irreversible, solo el sujeto interesado tiene la soberanía sobre la posibilidad de seguir enganchado artificialmente a una máquina y la vida, seguir soportando el sufrimiento o decidir de forma libre que no quiere seguir viviendo.

 

Hay lazos que unen la medicina, la religión, la moral convencional y la justicia. Sin embargo, el fin de la vida de una persona no puede quedar en manos de los clérigos ni de la Asociación Médica Mundial (AMM) que abogan por dejar que la naturaleza siga su curso en la fase terminal de una enfermedad y solo admiten la posibilidad de los cuidados paliativos, aunque incluso para esto también hayan tenido muchas reservas. No hay ninguna autoridad que pueda suspender el derecho que garantiza la autonomía y la autodeterminación de la persona. Las autoridades eclesiásticas pueden decidir sobre el bien de sus feligreses, pero no sobre el resto de los ciudadanos. Los médicos pueden alegar objeción de conciencia, pero no pueden convertirse en administradores del sentido de la vida de sus pacientes. La sociedad y el Estado han de garantizar el derecho a morir dignamente. Los cuidados paliativos y la sedación terminal son absolutamente necesarios, pero no han de ser un obstáculo contra la autonomía y la posibilidad de que cualquier persona pueda tomar la decisión de ponerle fin a su vida y morir dignamente.

 

La eutanasia está protegida por la ley en Holanda, Bélgica, Vermont, Washington y parte de Australia. Es el individuo el que ha de asumir la responsabilidad de que se desconecte el respirador o de tomar un combinado de fármacos inhibidores del sistema respiratorio y cardiovascular. Es necesario que sea la persona implicada la que asuma la petición de morir de una forma directa e intencionada o a través del testamento vital en situación de sufrimiento extremo de una enfermedad en estado terminal, sin posibilidades de curación, y no tener que soportar una vida degradante hasta límites intolerables.

 

 

En contra

Magaly Contreras

 

Según el Diccionario de la Real Academia Española la eutanasia es la “Acción u omisión que, para evitar sufrimientos a los pacientes desahuciados, acelera su muerte con su consentimiento o sin él. Muerte sin sufrimiento”, es un término de origen griego que literalmente significa buena muerte.

 

Una vez definida la eutanasia puedo reflexionar que la misma hace alusión a provocar la muerte de aquellos seres humanos que por circunstancias ajenas a su voluntad están sometidos al deterioro inclemente de sus cuerpos y al inevitable sufrimiento de ellos; un sector de la ciencia médica en aras de aliviar el dolor y el padecimiento físico, practica la eutanasia con o sin consentimiento del paciente y/o familiares, olvidando a Génesis 1:1 quien nos presenta al Dios responsable y autor de la vida,  y en los versículos 27-28 nos dice que fuimos criados a su imagen y semejanza ordenándonos multiplicar la vida; creo profundamente en la ciencia porque esta viene de Dios y es parte de esa imagen que nos delegó.

 

La ciencia ha permitido mejorar la calidad de vida de los seres humanos, sus grandes inventos y descubrimientos nos ha llevado a tener sitiales de honor como venezolanos en el ámbito mundial con nombres como  Jacinto Convit, José María Vargas, Humberto Fernández-Morán entre otros, nuestros hospitales están llenos de hombres y mujeres de bata blanca que fomentan la cultura de la vida; los cuidados paliativos que surgieron en la década de los setenta en Europa me llevan a reafirmar sobre la capacidad del hombre de descubrir “ciencia” para generar vida y bienestar, ¿Cómo no agradecer las bondades de la anestesia, de un buen analgésico, o la quimioterapia en el tratamiento oncológico?. ¿Por qué nuestros hombres de ciencia no siguen en la búsqueda de conocimientos que fortalezcan la cultura de la vida?

 

Como cristiana estoy consciente que existe el dolor, que hay enfermedades y padecimientos que azotan nuestros cuerpos, hay eventos inesperados que hacen añicos nuestros sueños y cambian el rumbo de nuestras vidas pero las palabras de Job 19: 25-27:

 

Yo sé que mi Redentor vive, y al fin se levantará sobre el polvo; y después de deshecha esta mi piel, en mi carne he de ver a Dios, al cual veré por mí mismo y mis ojos lo verán y no otro, aunque mi corazón desfallece dentro de mí.

 

 Así también, cómo no recordar el Salmo 23 cuando me dice:

 … Aunque ande en valle de sombra de muerte no temeré mal alguno porque tú estarás conmigo…

 

Y 1Samuel 2:6 El Señor da la muerte y la vida… y asocio estas palabras con Mateo 22: 37-39 donde se expone el basamento de la vida cristiana: amaras al Señor tu Dios y a tu prójimo como a ti mismo. Además existen  pronunciamientos importantes en el escenario mundial como la Asociación Médica Mundial, el Papa Benedicto XVI, normativas legales y nuestra Carta Magna donde se tiene como derecho fundamental: la vida, comparándose la eutanasia con la práctica del aborto y el suicidio.

 

He tenido la oportunidad de leer sobre casos de la práctica de la eutanasia a nivel mundial, hombres y mujeres que la apoyan en nombre del amor y la misericordia, lo cual no dudo, sin embargo debemos considerar la muerte como un proceso natural y no intentar violentar dicho proceso, creo firmemente en los milagros porque creo en el  Dios que sanó leprosos, dio vista a los ciegos, y sana el cáncer en cualquiera de sus manifestaciones; como seres humanos nos cuesta creer en lo que no podemos explicar con nuestro razonamiento, sin embargo creemos que al pasar nuestra llave la puerta se abrirá, que la cocina proporcionará el fuego que necesitamos, que mañana será otro día pero cuanto nos cuesta creer que Dios es el autor y responsable de la vida.

 

Hace tres años fui diagnosticada con cáncer de mama, cuando el doctor me dio dicho diagnostico mi ser se llenó de paz, no había angustia, sabía que si moría estaría en la presencia de Dios. Sin embargo acudí al oncológico Luis Razetti, allí inicie el protocolo médico, pasé por 18 ciclos de quimioterapia, mi cuerpo sufrió los embates de estos ciclos, la debilidad, el deterioro y  el dolor físico no se hicieron esperar, sin embargo el amor de Dios a través de mis amados me sostenía y no me dejaron claudicar, fui operada en el año 2012 y el tumor había desaparecido. Sin embargo en cada consulta tuve la oportunidad de conocer y compartir con algunas de las compañeras de batalla por la vida y entre las conversaciones me refirieron que venían de otros centros hospitalarios donde no se les brindó asistencia o tratamiento porque no había nada que hacer (eutanasia por omisión), el hospital las asistió y hoy son sobrevivientes, igualmente estuve cerca de casos de grandes tumores y padecimientos y en la unidad de cuidados paliativos les permitieron afirmar la vida a través de minimizar el padecimiento, sin minimizar la vida, aunque sabían desde lo humano, que no había nada que hacer.

 

Como no recordar a mi amiga Magda Bustamante que murió luchando por la vida, aunque le costaba respirar y las quimioterapias eran agotadoras, ella apostó siempre a la vida.

 

¿Es la eutanasia la respuesta al fin del sufrimiento?  Mi respuesta es NO, más bien es una declaración de impotencia de un sector de la ciencia, ante la falta de medios y modos para ofrecer una mejor calidad de vida a sus pacientes. ¿Soy una fanática religiosa que no le importa el sufrimiento humano? NO, solo soy una mujer que cree en la vida, en los milagros y en Génesis 1:1.

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