La crisis del oro negro

Por Jimeno Hernández

@jjmhd

 

 

 

A pesar de la crisis política que genera la “Revolución de las Reformas”, movimiento armado que desconoce la Presidencia del Dr. José María Vargas en 1835, se puede decir que la década que abarca desde 1830 hasta el año 1840 fue un periodo de auge económico gracias a la actividad agrícola y pecuaria en Venezuela.

 

En los inmensos llanos que inunda el Apure, entre un mar de pasto, se crían rebaños de ganado, caballos y mulas. Unos para carne, leche y cuero, otros como medio de transporte y carga. Tanto en puertos fluviales como marítimos se carga carne, sebo, cuero, pezuña y cacho. Todo tiene uso y comprador, especialmente la “Cecina de Píritu”, un tipo de conserva de carne salada al sol que algunos catalogan como el “caviar criollo”.

 

Los valles de Aragua y el centro se encuentran plagados de cultivos de caña. Estas cosechas se pasan por el trapiche para extraer el guarapo y cristalizar azúcar, el residuo o melaza la secan en panelas de papelón o se fermenta para destilar aguardiente.

 

Las montañas de la costa tienen suelos húmedos y clima fresco. Allí existen grandes siembras de cacao a la sombra de plátanos, cedros y bucares. La manteca del fruto es utilizada con fines medicinales mientras la semilla se fermenta, seca y tritura para hacer chocolate.

 

Todo esto se produce en el país pero el rey de los cultivos en Venezuela es el cafeto, un arbusto originario de Abisinia que da una diminuta fruta  púrpura y carnosa de la cual se extrae un grano que llaman café. Esta semilla tostada y molida se utiliza para hervir una infusión negra a la cual se le atribuyen cualidades milagrosas como espantar el sueño y la resaca.

 

Los cafetales se extienden por donde uno pose la vista y ocupan la mayoría de agricultores y suelos labrados del territorio, especialmente en Los Andes y Oriente. Esto se debe a que es un producto altamente cotizado en los mercados internacionales y se exporta en grandes cantidades pues no existe en el mundo café tan sabroso como el venezolano.  

 

Sus altos precios en el exterior generan ganancias suficientes a los productores nacionales para pagar los altos intereses de los créditos y hasta les permite realizar nuevas inversiones. Eso se traduce en un armónico funcionamiento de los factores de producción, trabajo y sistemas de créditos, hecho que permite que la economía nacional se expanda y prospere gracias a las siembras de cafeto.

 

A finales de la segunda presidencia del General José Antonio Páez, la competencia internacional en los mercados del café genera una sobreoferta que hace caer estrepitosamente sus precios. Inmediatamente se ven afectados los márgenes de ganancia de los agricultores y estos empiezan a tener dificultades para hacerle frente a sus obligaciones pecuniarias.

 

La única salida que le ven los cosechadores a la crisis cafetera del año 1842 es simplona y poco ingeniosa. Estos adoptan la medida de sembrar más matas de cafeto en nuevas áreas con el objetivo de aumentar la producción y la esperanza que vendiendo más, aunque a menor precio, podrían obtener un margen de ganancia suficiente para cubrir los costos operativos y cumplir con sus obligaciones pecuniarias.

 

El tiro les sale por la culata cuando el exceso de café en los mercados contribuye a que los precios del producto se desplomen aún más, entonces la situación de los hacendados se torna en desesperada. Con los centros de producción hipotecados y más allá de su capacidad de pago, muchos de ellos son llevados por sus acreedores ante el Tribunal Comercial para que las propiedades se subasten públicamente según lo dispuesto en la Ley de Libertad de Contratos promulgada el 10 de abril de 1834.

 

No tarda el Tribunal Comercial en ser visto como un instrumento de los prestamistas para explotar a los productores. El sector agrícola y el sector financiero, que hasta ahora venían trabajando en armonía por poco mas de una década, se comienzan a atribuir, el uno al otro, la culpa de la grave situación económica que atraviesa el país.

 

Mientras tanto los precios del café continúan bajando y la crisis económica se agudiza al disminuir también la producción de ganado, caña y cacao.  Agricultores y ganaderos, presionados por prestamistas que cobran elevados intereses, observan atónitos como se aproximan a la bancarrota y los comerciantes se alarman al ver del descenso casi vertical de sus ventas. En los campos del país los jornaleros vagan sin trabajo y el hambre se convierte en una realidad latente.

 

Los bajos precios del café y estas malas leyes terminarán por hundirnos en la ruina.   

 

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