La Ciénega

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Recuerdo que cuando niño rogaba por ir a un lugar llamado La Ciénega. Ubicada cerca del Cabo San Román (el punto más norte de Venezuela), en el estado Falcón, La Ciénega donde vivían mis abuelos maternos, era la zona de encuentro de todos los familiares y amigos. Un recóndito fundo rodeado de muchas cabras, algunos caballos, ovejas, una que otra vaca, unos cuantos pavos, patos y gallinas.

Era el lugar perfecto para un niño en aquellos tiempos, animales por doquier y la libertad de correr sin temer a algún carro –el fundo está ubicado a más de 20 km de comunidad alguna–. Este sería el sitio ideal para los amantes de los productos orgánicos: las gallinas y los pollos se alimentaban de insectos y maíz, las cabras y ovejas de orégano. Prácticamente todo lo que se consumía era producido en la finca. El día comenzaba ordeñando las cabras para obtener la leche para el desayuno. A media mañana una que otra vaca para hacer el queso y en el almuerzo se mataba algún animal para comer. En la tarde-noche no faltaban las exquisitas arepas de maíz pilado de mi abuela con la nata que se producía durante el proceso de elaboración del queso.

Cuando adolescente, empecé a ver las cosas de otra manera y me disgustaba ir a La Ciénega (excepto por el placer de ver a mis abuelos) porque relacionaba el lugar con las carencias. Por la ubicación geográfica, en el fundo habían carencias de todo tipo: los servicios básicos como agua, electricidad, gas, transporte, teléfono, salud e incluso la seguridad, no eran garantizados por el Estado, sino que había que arreglárselas para producir nuestros propios servicios. Así, por no haber electricidad, la nevera y las lámparas funcionaban con kerosene y sólo podían éstas últimas alumbrar unas tres horas para ahorrar combustible, por lo que había que dormir antes de las 9:00 p.m o quedarse despierto, a oscuras, sin nada qué hacer; el televisor (cuando había) se conectaba a la batería de un carro para al menos ver televisión por una o dos horas; el agua se extraía con una motobomba de un estanque que se llenaba con la lluvia que no muy frecuentemente caía; el gas no llegaba al fundo como a las casas de la ciudad, sino que había que recorrer más de 25 kilómetros para comprarlo. La seguridad eran dos revólveres y una escopeta vieja en caso de que algún bandido (que no había tantos como hoy en día) intentara entrar al fundo. No existían curitas, vendas o alcohol, una toalla sanitaria en el mejor de los casos y matagusanos, eran los remedios de los que disponíamos ante una herida causada durante la faena.

Había que ingeniárselas, todo en La Ciénega era útil, por la ausencia de farmacias, ferreterías y cualquier lugar donde comprar algo en los alrededores, desde un pedazo de pabilo hasta un cartón y un palo, eran materiales esenciales para construir alguna herramienta.

Los problemas en el fundo estaban siempre relacionados a cómo resolver lo más básico: garantizar el agua, la luz, el gas, el transporte, los alimentos y la salud. Cuando uno regresaba del fundo y volvía a la pequeña ciudad de Punto Fijo, uno sentía un respiro, al encender el aire acondicionado, comprar en la bodega de la esquina, ver televisión, hablar por teléfono, escuchar el camión que traía el gas a la casa, ir al supermercado repleto de alimentos y ubicado a tan sólo unos minutos de la casa, usar curitas, alcohol o mertiolate. En ese momento uno valoraba mucho más la comodidad que podía ofrecer la ciudad y cada día se hacía más reticente a volver a La Ciénega (excepto por las ganas de abrazar nuevamente a la abuela).

Hoy en día el recuerdo de las carencias y la parte negativa de La Ciénega se ha esparcido en todo el país como una pesadilla que amenaza nuestros sueños. El capricho y la terquedad de un hombre, creó y aún sostiene un sistema de gobierno que destruyó todos los servicios públicos: agua, luz, gas, seguridad y salud. El Estado no está garantizando ninguno servicio público, tener agua implica pagar costosísimos camiones cisternas y construir tanques subterráneos en las casas; la electricidad sólo está asegurada para quienes disponen de plantas eléctricas en sus hogares; el gas ya no llega a las casas como en el pasado sino que hay que irlo a buscar cargando una bombona de unos cuantos kilos y hacer una interminable cola “a cielo abierto” como diría algún poeta “revolucionario”; la inseguridad está patrocinada por el gobierno, para quien es rutina golpear a uno que otro dirigente o periodista para amedrentarlo; los medicamentos y materiales quirúrgicos no sólo escasean a niveles alarmantes sino que además por mero capricho se rechaza toda ayuda internacional en este sector. Por si fuera poco los alimentos ya no son cosas que damos por garantizadas.

El país no sólo no ha entrado en el siglo XXI sino que además retrocedió un siglo. Las noticias por las que nos alegramos los venezolanos de hoy son muy parecidas a las noticias que alegraron a nuestros paisanos en los tiempos de Gómez. A quienes manifiestan que la situación es dramática al compararla con la que recuerdan en 1998 (anterior a la “revolución”) debo agregarle que el mundo avanzó un poco más de 17 años desde aquél momento y que ya esa situación que parecía buena en 1998 no lo sería hoy en día.

Luego de 17 años de desgobierno nuestras ciudades dejaron de ser tales ciudades para padecer los males que en algún momento aquejaron a las más recónditas zonas rurales del país. Al igual que en La Ciénega hay que ingeniárselas para sobrevivir.

Víctor Bolívar

Víctor Bolívar

Venezolano, demócrata, escritor y abogado constitucionalista.
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