El último discurso

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Una vez ilegalizado el Partido “Acción Democrática” por el régimen del General Marcos Pérez Jiménez, sus militantes se radican, en su gran mayoría, en Ciudad de México.

Allí se reúnen, la noche del 20 de mayo de 1955, en un acto para conmemorar los dos años del fallecimiento de uno de sus miembros fundadores, el abogado, escritor y político Alberto Carnevali, el hombre que fue llamado a convertirse en el líder de la resistencia adeca tras el asesinato de Leonardo Ruiz Pineda.

Todos levantan sus copas y brindan a la memoria de quien duró menos de un año al mando del partido blanco, otro caído en la lucha contra la dictadura militar.

Una enfermedad lo confinó al lecho y fue capturado en una redada de efectivos de la Dirección de Seguridad Nacional. Se lo llevaron preso a la Penitenciaría General de Venezuela en San Juan de los Morros y allí, lejos de la ciudad, en la oscuridad de un insalubre calabozo y privado de asistencia médica, feneció de inanición tras sufrir largos y lentos días de agonía ocasionados por los horribles dolores de un cáncer.

Alberto Carnevali murió en el mes de la cruz y las flores, como dirían los poetas. Quizás fue por ello que Andrés Eloy Blanco, autor de versos preciosos y fiel interprete de la idiosincrasia venezolana, fue la persona seleccionada por el aforo para pronunciar el discurso de clausura al acto.  

El cumanés aprovechó la ocasión para recordar el espíritu de quien fuera su amigo del alma y compañero de lucha.

La vida de Alberto Carnevalli está resumida en este final: Disciplina y fe. No hay que dejarse arrastrar en ningún momento por el pesimismo. Esa misma aparente apatía de los pueblos a que aludía nuestro compañero; ese mismo estupor que nos deja inmóviles frente al zarpazo del verdugo; eso mismo nos llama a la disciplina y a contemplar con respeto el desarrollo del fenómeno popular…

Alberto Carnevalli no lanzó a su pueblo ni a su partido al sacrificio cuando caía acribillado Leonardo Ruiz Pineda en San Agustín. Alberto Carnevalli tenía fe y disciplina; él sabía que no había llegado el momento para la acción popular, porque todos los pueblos y sus grandes intérpretes se parecen un poco a lo divino, tienen una intuición del momento…

Alberto Carnevalli fue fe y disciplina; era un gran estratega de la política venezolana que, justa o injustamente, Dios llamó a sus dominios…

En aquella risa que no se le caía de la boca y en su valor cabía el héroe. Y a los héroes como él hay que cultivarlos, hay que realizarlos para vaciar mañana las virtudes de los muertos en las virtudes de nuestro pueblo.

Al finalizar la arenga el salón estalla en aplausos. Todos los presentes se le acercan para estrecharle la mano, felicitarlo por sus bellas palabras y proponer un último brindis por la memoria del hermano caído.

-¡A la memoria de Alberto Carnevali, andino del Zulia y enemigo de la tristeza!- exclama el orador.

El reloj se encuentra cercano a marcar la medianoche cuando el poeta procede a despedirse. Acompañado por su esposa Liliana y la señorita Cecilia Olavarría Celis, aborda el Buick propiedad Leopoldo y María Gil Díaz. Leopoldo y Andrés Eloy van adelante y María, Liliana y Cecilia en el asiento trasero.

En la oscura intersección de Mier y Pesado, un automóvil marca Cadillac de matrícula DF 31-76-65 impacta el Buick de los Gil Díaz a alta velocidad y este se clava contra un árbol. La puerta del puesto en el que va el poeta se abre y su cuerpo sale disparado, pega contra el pavimento y rueda varios metros.  

Los heridos son auxiliados por la Cruz Verde y trasladados al Puesto del Socorro. Todos los tripulantes del Buick sobreviven al accidente menos Andrés Eloy Blanco.

El poeta sufre una fractura en la base del cráneo, hundimiento en las costillas y pulmón perforado, además de múltiples contusiones. Durante más de cuatro horas un grupo de cirujanos intenta salvar su vida pero los esfuerzos resultan infructuosos.

Al día siguiente, en horas de la noche del 21 de mayo, el cadáver embalsamado de Andrés Eloy Blanco, dentro de un féretro cubierto por el tricolor venezolano, es conducido a la capilla de la Agencia Gayosso.

En aquel lugar se instala capilla ardiente con guardia de sus compañeros de “Acción Democrática”, refugiados venezolanos de todos los partidos, amigos personales y prominentes personalidades intelectuales, políticas y diplomáticas de Hispanoamérica.

Quienes escucharon su último discurso repiten la frase final de este en el velorio:

A los héroes como él hay que cultivarlos, hay que realizarlos para vaciar mañana las virtudes de los muertos en las virtudes de nuestro pueblo.-

Jimeno Hernández

Jimeno Hernández

Abogado (Universidad Monteavila) Máster en dirección de entidades deportivas (Universidad Europea de Madrid) Conocedor de la historia de Venezuela, escritor y columnista.
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