Terror colectivo

Durante tiempos turbios, la incertidumbre carcome la estabilidad emocional de los atentos. Los más nuevos viven con asombro esa sensación de angustia que genera una rebelión callejera. Otros, con más experiencia, evocan los sucesos del Caracazo y el paro nacional de comienzos de siglo. Entre todos, lejos y cerca, comparten un terror colectivo por lo que ocurre sobre el asfalto.

Hay una gran diferencia entre estos días y los del veinte. Ahora la televisión no informa. Sólo sirve para ojear de cuando en vez esa película que quedó puesta por inercia, apenas cuando el computador o el celular lo permiten. Son estos últimos, los nuevos aliados de la entendible necesidad de estar al tanto. Rápidos, efectivos, pero poco confiables. Entre redes y chats navegan cadenas, notas de voz y chistes de mal gusto que sólo aumentan el desespero.

– ¿Cómo saber si ese audio que mandó mi tía es real? – ¿Las fotos serán de ahorita o de 2014? – La muchacha que vive por Miraflores dice que sí hay movimientos, pero el que reside cerca de Puente Llaguno asegura que es falso. – Típicas dudas. Si todo lo que se comparte en línea fuese cierto, ya submarinos norteamericanos hubieran arribado al país y usted no podría estar leyendo esto por culpa del mega apagón.

Lo cierto es que llegan mensajes de todos lados y distintos tipos. Voces quebrantadas con cacerolas y tiros de fondo. Otras más calmadas que evidencian el ambiente neutro que les permitió grabar. A excepción de una que otra broma típica del venezolano, todas las notas son para analizarlas con cautela.

Una de las tantas que rodaron por Whatsapp era realmente preocupante. Sonaba un tono masculino, altanero y jadeante, diciendo que a todos los “escuálidos becerros” que están pendientes de “sabotear el país” les espera una arremetida con armas y granadas por parte de su combo. Sin tener total certeza de que el audio es real, ante lo que se conoce, parece totalmente factible. Las piezas encajan.

Al escucharla, sólo podía pensar en lo que puede pasar por la mente de esa persona que se tomó el tiempo de plasmar su desafiante advertencia en 147 KB. Es imposible entender cómo un individuo puede amenazar con lanzarse a tiros con gente indefensa, sólo por respaldar a un gobierno que cada vez tiene menos credibilidad. ¿Realmente defienden a morir al régimen actual?

Son gente de armas tomar, aun así no se escapan de la cúpula. Junto con los de verde oliva, sufren los mismos síntomas de esta patología que comenzó a aquejarnos hace 18 años. Sin embargo, ellos encuentran con su impunidad los antídotos que adentran las dolencias en letargos.

Ellos, que a fin de cuentas también son protagonistas de este terror que lleva su nombre, son individuos que reflejan mejor que nunca el refrán: “Más peligroso que mono con hojilla”. ¿Por qué un macaco causaría cortadas a granel repentinamente? Muy fácil. Si un ser irracional recibe un instrumento cuyas consecuencias no significan nada para sí, lo empleará a diestra y siniestra sin pena alguna, pues al fin y al cabo solo le importa lo suyo.

Escudándose en autorizaciones del alto mando, se han convertido en reguladores de toda índole en la ciudad. Custodian comercios cobrando vacunas, atemorizan durante jornadas electorales y reprimen en manifestaciones. Han ganado poder y no lo quieren soltar, como haría cualquier sanguijuela.

Son los agentes de respaldo que tiene el gobierno en las zonas populares, con la ventaja de que pueden pasar desapercibidos al vestir de civiles, y cuando no llevan distintivos de izquierda, fácilmente pueden aprovecharse y relacionarlos con la derecha.

Ojalá utilizaran esa misma habilidad con la que atacan a gente indefensa para respaldar al pueblo como debería ser, ante los verdaderos enemigos. Que si no hay forma inmediata de que entreguen sus armas, que al menos combatan con desubicados que merezcan ser reprendidos, empleando la misma frialdad que los caracteriza mientras atemorizan a transeúntes mediante hordas motociclistas. De hecho, los he visto en sus facetas más decentes. No todos son delincuentes. Muchos defienden a la gente de su zona ante amenazas de rateros y hampones novatos. Tienen su código, con el que asimilan la responsabilidad de resguardar a sus cercanos. Si hay algo de cordura en ellos, ¿Por qué entonces atacar a personas que, en su mayoría,  solo quieren manifestar pacíficamente? ¿Cuál es el miedo?  

Ellos también sufren de este terror colectivo que a todos nos afecta, pero con sus ojos puestos en otros intereses. Mientras la gente añora estabilidad económica y social, ellos velan porque los tiranos se mantengan en el trono, pues si estos caen, por el mismo barranco se esfuman las libertades a las que se malacostumbraron.

Son venezolanos, igual que nosotros. Están nerviosos, del mismo modo. Quieren vivir bien, pero a su manera, por el camino sucio y fácil. Somos similares, inevitablemente. Sin embargo, lo que importa es mantener la convicción y seguir del tan citado “lado correcto de la historia”.

Afortunadamente, la valentía ha podido más que el miedo y las muestras de descontento siguen latentes. No hay nada que perder, sino mucho que ganar para el futuro prometedor que nos espera.

 

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