¿Pesimismo? En lo absoluto

Ni tan fuertes como ellos creen, ni tan débiles como nosotros creemos. El pulso en el que se encuentra el país exige sindéresis, y de eso no abunda.

El poder se convirtió en una razón de ser, independientemente de lo que ello implique para poco más de 30 millones de venezolanos. La ceguera social, que invita a imponer una “visión” única, nos lleva al abismo, sin distinción, sin esperanza, sin posibilidad alguna de supervivencia.

Algún barniz de optimismo pincela nuestros días, porque unos muchachos -que no han conocido más que esta miserable situación- salen todos los días a defender su futuro, que les quieren arrebatar como hicieron con su pasado y su presente.

El país vive en protesta. Por comida, por medicinas, por seguridad, por gas, por electricidad, por libertad, por la censura, hasta por esa malinterpretada obligación de acudir a las conversaciones con el ombligo, a los censos por un inservible carné, a las colas por migajas de pan caliente o por cajas repletas de corrupción entre mendrugos.

Los referentes se turnan para avivar o relantizar los clamores. La fuerza se impone ante la impotencia. El pueblo no sabe ser ciudadanía y los extremos hacen fiesta entre lo radical del no retorno y lo radical del no me importa.

Hay quienes comen de la basura, pero todavía hay quien bota comida porque le faltó sal, o porque la berenjena no le gusta. Hay quienes salen todos los días a mostrar su indignación, y los hay también quienes se indignan porque una protesta no les deja llegar hasta la oficina, en la que se acumulan las deudas, hay que despedir personal porque se hace insostenible cumplir con los aumentos inconsultos y se suman haberes y deberes para el descontento.

Se llora de impotencia por las atrocidades de cuerpos de inseguridad, bajo la mirada y la acción cómplice de superiores de alto mando. Se ríe, con los nervios del desespero, por los figurines de quienes creen que el humor es una carcasa de resiliencia autóctona.

El 30 de julio se levanta como la más férrea de las amenazas para unos, para otros, para todos. El terror, protagonizado por este preámbulo de socialismo de 18 años, angustia y descoca al más plantado, pero al mismo tiempo tienta al que cree que una cajita de clap, una asignación en dólares, o una promesa de elecciones, serán suficientes para recomponer desde unos escombros que no quiere ver.

Alfredo Yánez Mondragón
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