¿Unidad?

“Sólo en un mundo de hombres sinceros es posible la unión.”

Thomas Carlyle

La oposición venezolana tiene más de tres lustros planteando la unidad como su valor táctico supremo. ¿Pero qué significa “unidad”?  La palabra unidad tiene dos significados esenciales, que en sí mismos implican una contradicción, por un lado unidad es la indivisibilidad de una serie o conjunto; por ejemplo, “la unidad de la nación”. Por otro, significa la diferenciación o distinción de un elemento dentro de esa serie o conjunto; como cuando se dice la Unidad B es la mejor de toda las unidades. En el primer caso, la unidad apunta a lo indivisible de un colectivo, en el segundo a la integridad de un ser diferenciado. Evidentemente, el primer sentido es aquel que ha servido de fetiche a la Mesa de la Unidad Democrática. El segundo sentido es el que ha sido usado por aquélla para chantajear a cualquier voz crítica, diferente o íntegra –que es unidad consigo misma–, como “divisionista.” Este problema se ve más claramente cuando se emplea la “suma” como una metonimia, casi un sinónimo, más bien, de dicha unidad. Esta visión ingenua o ramplona de la unidad como simple suma supone una compresión absolutamente aritmética de la acumulación de fuerzas.

Para la MUD la política es, de un modo escueto, la acumulación de elementos discretos bajo una dirección preestablecida, la cual, no obstante, nunca queda clara en sus fines. Esta visión agregativa de lo político, no obstante, es absolutamente ambigua. Esta suma como “acumulación” resuena ya al programa marxista de Gramsci o de Mao Mao Tse-Tung en la construcción de un bloque hegemónico, en tanto condición de posibilidad de la revolución comunista. No es casual que el PSUV, partido del Estado corporativo venezolano, también lleve en sus siglas la noción de “unidad”.

La diferencia esencial reside en el hecho de que la MUD, al menos en apariencia, no quiere construir una hegemonía para hacer una revolución sino, por el contrario, para enfrentarse a una plenamente consolidada en el tiempo. Ese es su primer gran fracaso, pues la unidad revolucionaria, si bien hegemónica, es también algebraica y, en efecto, capaz de sumar en torno así fuerzas contradictorias. Es capaz de sumar a banqueros con colectivos, a oligarcas con lumpen, a sindicatos con patronos, a oportunistas con idealistas, al crimen organizado con religiosos piadosos.

No tiene sentido tampoco acumular fuerzas para hacer contrapeso dentro de una revolución, pues en una revolución no existen justamente contrapesos, solo existen enemigos. Por está razón, y antes de cualquier otra cosa, la naturaleza del enemigo también debe establecerse del lado de las fuerzas democráticas,  de un modo claro y preciso, ante de apelar a la necesidad de cualquier unidad. Cuando se entiende que el poder en una tiranía revolucionaria no se comparte, entonces es posible producir realmente una unidad algebraica, que siempre comenzará como vanguardia sigilosa antes de manifestarse como plataforma masiva y electoral. Solo si se hace portadora de esa disposición, la unidad contrarrevolucionaria será posible. Las formas de este tipo de unidad son muchas y siempre inmanentes al lugar y al tiempo histórico. Sea la unida de los pocos felices valientes (“we few, we happy few, we band of brothers”) que Shakespeare atribuía a Henry V y a su pequeño ejército, sea la unidad de la resistencia francesa ante los nazis  o sea aquella del movimiento Solidaridad de Lech Walesa, invariablemente se trata al inicio de unos pocos capaces de sumar algebraicamente las fuerzas vivas de una sociedad contra el predominio del despotismo. Sumar fuerzas es como sumar vectores, para ello se hace esencial restar aquellos que no se mueven en el mismo sentido del fin, es decir de la liberación de una sociedad subyugada.

Para sumar así hay que luchar, pero igualmente restar y sustraerse de lo que lleva de nuevo hacia atrás. No hay unidad en la restauración de una República sino hay primero coherencia entre las fuerzas políticas ni sinceridad de los políticos con la ciudadanía que pretenden representar. El tenor de esa lucha puede ser clandestino o semiclandestino, pero necesariamente debe ser insurgente, pues se está combatiendo en contra de la totalidad del estado de cosas, del sistema totalitario en su conjunto, que precisamente no acepta ninguna diversidad. Si el problema de Venezuela fuera una simple dictadura, un poder que ha perdido su legitimidad democrática pero mantiene funcionando, aunque sea de un modo mínimo, el Estado de derecho, podría incluso plantearse una lucha dentro de “las reglas del juego”,  pues justamente esas reglas existirían.  Esta es la visión fallida del estado de cosas que mantienen casi todos los políticos de la MUD y los intelectuales y comunicadores sociales asociados a ella. Pero, difícilmente el régimen venezolano sea una mera dictadura, comicial o restauradora, soberana o constituyente; Cincinato o Pinochet como paradigmas respectivos, que son los dos modos en que Carl Schmitt explicaba que cabía hablar de dictadura. El régimen venezolano más que una dictadura, es una revolución, por ello gobierna como una tiranía; tiranía del  horror tumultuario que no reconoce la legitimidad del otro para hacerse eventualmente con el poder. La lucha es entonces no por la acumulación de votantes (que no de fuerzas) para “conquistar espacios “ en un sistema que no reconoce la soberanía popular. La lucha es por subvertir dicho régimen miserable y tiránico; subversión que puede ser gradual pero jamás parcial .

No puede haber unidad de medios para una diversidad de fines. Los que quieren compartir espacios con la tiranía no pueden estar unidos con aquellos que quieren derrocarla. Tan dualista o binario, tan simplista o reduccionista, como pueda sonar, esta es la simple verdad.

Aquellos políticos que se subsumen al sistema forman, quiéranlo o no, parte del mismo.  Es imprescindible entender que  la lucha no es puramente contra ciertos individuos, contra el tirano y su círculo. La ofensiva solo puede ser contra todo el sistema totalitario, por lo tanto no se puede, a la vez, ser una parte orgánica de su engranaje; menos aún en posiciones de subordinación,  que no son posiciones de poder, sino plazas administrativas que nada inciden en la política real del país; sous-guichets o sucursales involuntarias de la burocracia de un sistema diseñado y controlado plenamente por los amos del régimen. No se trata pues de conseguir espacios dentro del Estado totalitario, se trata de subvertirlo para crear el verdadero espacio que es el Estado de derecho, única condición de posibilidad de toda auténtica democracia. En definitiva, es absurdo plantear la democracia como una zona dentro del espacio totalitario, que es lo que sostienen, por espejismo, ignorancia u oscuros intereses, los factores dominantes dentro de la MUD.

La modernidad no vino de pronto, fue una dolorosa lucha de siglos para imponer la diferencia sobre la unanimidad, la persona humana sobre el colectivo, la inmanencia de lo múltiple  sobre la trascendencia de lo uno. La unidad no es la hegemonía del chantaje, es el resultado de la coherencia. La lucha, el dolor, el sacrifico que ha dado y ha padecido la ciudadanía venezolana es incuantificable; desde hace rato es hora ya de construir una unidad antisistema, una unidad contrarrevolucionaria, libertaria, restauradora de la República perdida, y que sea lo contrario de la suma de todos los conformismos y mezquindades humanas. La República no se crea con votos, pues un voto nada es fuera del Estado de derecho. Volver a una existencia republicana y vencer la tiranía revolucionaria requiere de una unidad muy especial, aquella de los ciudadanos, los intelectuales, las élites y los políticos con coraje y convencidos del fin superior de una vida libre, una vida mejor, una vida digna de ser vivida por todos.

Erik Del Búfalo
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