Si algo hemos aprendido en estos años es que por muy mal que estén las cosas, siempre pueden estar peor
Editorial #376 – Nuestra economía

En los últimos meses, especialmente desde que las protestas ciudadanas se extendieron por más de cuatro meses, toda nuestra atención estuvo concentrada en la crisis política que atraviesa el país. Mientras tanto, una quizá más profunda, continuó profundizándose de manera acelerada: la económica.

Los síntomas de la crítica situación financiera y económica venezolana se vienen manifestando contundentemente desde hace tiempo. La inflación sigue siendo, como desde hace 5 años, la más alta del mundo; este año se pronostica que se acercaría al 1.000%. Solo como referencia, el segundo país con la inflación más alta de la región es Argentina: alrededor del 20%.

La escasez también sigue haciendo miserable la vida de los ciudadanos. No importa si son los alimentos básicos, medicinas, o repuestos. Por donde se mire los productos son escasos o impagables.

Incluso, como si nos faltara ironía, el país con las reservas petroleras más grandes del mundo también sufre la falta de gasolina. En los últimos días se pudo saber que en diferentes estados del país largas colas de automóviles esperaban poder llenar sus tanque.

Otro hecho difícil de explicar es que no se encuentra dinero. En coyunturas como las que el país atraviesa, lo normal es ver a la gente con muchos billetes porque estos no valen nada. Sin embargo, también existe dificultades en conseguirlos, debido a las restricciones impuestas por el gobierno al sector bancario para la entrega de dinero en efectivo. Todo esto con el objetivo de disminuir la liquidez monetaria y, con esto, desacelerar la inflación. Es decir: solucionar el problema generado por los controles -de cambio y de precios- con más controles. Demás está decir que no lo logran.

Este último, quizá, es el peor de los síntomas de la crisis económica que vivimos: la pérdida del poder adquisitivo. A pesar de sus permanentes incrementos –cinco en lo que va del año- el salario mínimo sigue siendo uno de los más bajos de la región: menos de 15 dólares mensuales en términos reales.

Lo más preocupante es que con cada nueva medida que adopta el gobierno, los problemas solo empeoran. Hay quienes afirman que se debe a que no tienen la menor idea de lo que se debe hacer. Hay otros que, por el contrario, creen que ellos no solo saben lo que hacen, sino que tienen un propósito claro desde hace años: la destrucción del sistema productivo, la desaparición de la empresa privada y, con ello, el control total de la economía. No importa cuan destruida esté.

Si algo hemos aprendido en estos años es que por muy mal que estén las cosas, siempre pueden estar peor. El gobierno ha adoptado, como política, ignorar la realidad, mientras ésta asfixia a millones de venezolanos.

La única manera de solucionar el desastre económico es con un cambio estructural del modelo, que comience por levantar los controles, garantizar la seguridad jurídica para la inversión local y extranjera y promover el libre mercado.  

Mientras eso no ocurra, seguiremos teniendo la inflación más alta del mundo, niveles de escasez de un país en guerra, una moneda que no vale nada y miles de venezolanos comiendo de la basura.

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