Economía para la gente
El Proteccionismo y sus mitos (II)

En el artículo anterior iniciamos esta disertación sobre el Proteccionismo, básicamente argumentando a favor del libre intercambio, revisando sus loables consecuencias, y en contra de la autarquía y sus terribles resultados. Ahora continuaremos nuestras reflexiones en torno a este importante tema.

El libre comercio aumenta la riqueza (y las oportunidades de empleo) de todas las naciones al permitirles capitalizar sus ventajas comparativas en la producción. Por ejemplo, los Estados Unidos tienen una ventaja comparativa en la producción de alimentos debido a su vasta tierra fértil y tecnología y mano de obra agrícolas superiores. Arabia Saudita, por otra parte, no tiene una tierra que se adapte bien a la agricultura. Aunque Arabia Saudita podría concebir un riego masivo para volverse autosuficiente en la producción de alimentos, es más económico para los saudíes vender aquello en lo que tienen que una ventaja comparativa (petróleo) y luego comprar gran parte de su comida de los Estados Unidos y otros lugares. De manera similar, los Estados Unidos podrían volverse autosuficientes en petróleo al extraer más de los esquistos (shale oil) y arenas de alquitrán. Pero eso sería mucho más costoso que si los Estados Unidos siguieran comprando parte de su petróleo de Arabia Saudí, de Venezuela y de otros lugares. El comercio entre los Estados Unidos y Arabia Saudita, o cualquier otro país, mejora el nivel de vida de los ciudadanos de cada uno. Si no se permite ese libre intercambio, se estará beneficiando a unos pocos a expensas de la mayoría, a expensas del ciudadano de a pie.

La ética del libre comercio

El proteccionismo no sólo es económicamente ineficiente, también es inherentemente injusto. Es el equivalente a un impuesto regresivo, colocando la carga más pesada sobre aquellos que menos pueden pagarlo. Por ejemplo, debido a restricciones a la importación en la industria del calzado, los zapatos son más caros. Debido a restricciones a la importación en la industria del automóvil, los vehículos son más caros. Esto impone una carga proporcionalmente más grande a la familia que tiene bajos ingresos por año, que a la familia que tiene ingresos superiores anualmente.

Además, los beneficiarios del proteccionismo suelen ser más ricos que aquellos que asumen los costos. Los salarios en las industrias fuertemente protegidas son más altos que el salario promedio en el resto del sector determinado. El proteccionismo, en otras palabras, es el bienestar de los ricos.

El proteccionismo también entra en conflicto con los objetivos humanitarios de la ayuda externa al desarrollo. Hay gobiernos que gastan miles de millones de dólares anuales de sus contribuyentes en ayuda externa a los países en desarrollo. Muchos de estos programas son contraproducentes porque simplemente subsidian las burocracias gubernamentales en los países receptores.

Pero ¿de qué sirve intentar ayudar a los ciudadanos de esos países si los bloqueamos del libre mercado con el resto del mundo para sus productos? El proteccionismo ahoga el crecimiento económico en los países en desarrollo, dejándolos aún más dependientes de las ayudas de los gobiernos foráneos. Es mejor ayuda para todos propiciar el libre comercio entre países, que los beneficios que puedan producir las dádivas.

¿Por qué el proteccionismo?

A pesar del poderoso argumento a favor del libre comercio, casi todos los países del mundo son altamente proteccionistas, y siempre lo han sido, aunque es cierto que se vienen dando tratados entre países que persiguen acercar los pueblos y reducir las barreras al comercio.

Que siga preponderando el proteccionismo se debe a que este beneficia a un grupo relativamente pequeño de intereses especiales, mientras que el libre comercio beneficia al público en general. Es decir, el proteccionismo genera beneficios concentrados en pocos, costos repartidos entre muchos.

El público en general no está ni bien organizado ni bien informado políticamente, pero los intereses especiales sí lo están. Este desequilibrio político fue reconocido por Adam Smith hace más de doscientos años cuando en La Riqueza de las Naciones escribió que:

“Esperar, en efecto, que la libertad de comercio se restablezca enteramente en Gran Bretaña, es tan absurdo como esperar que una Oceana o Utopía se establezca en ella. No sólo los prejuicios del público, sino lo que es mucho más inconquistable, los intereses privados de muchos individuos, se oponen irresistiblemente… El miembro del Parlamento que apoye todas las propuestas para fortalecer este monopolio, no sólo adquirirá la reputación de comprender el comercio, sino también una gran popularidad e influencia en una orden de hombres cuyos números y riqueza los hacen de gran importancia. Si al contrario, se opone a ellos, y más aún si tiene la autoridad suficiente para poder frustrarlos, ni la probidad más reconocida, ni el más alto rango, ni los mayores servicios públicos pueden protegerlo de los más infames abusos y detracciones, de insultos personales y, a veces, de peligro real, surgidos de la indignación insolente de furiosos y decepcionados monopolistas.”

Bueno amigos, dejémoslo en este punto por los momentos. Seguiremos disertando sobre el Proteccionismo en el próximo artículo. Entender de economía política, identificar ganadores y perdedores, nos permite entender por qué no cambia y por qué es difícil cambiar el statu quo.

Rafael Avila

Rafael Avila

Decano de la Facultad de Ciencias Económicas y Administrativas de la Universidad Monteávila. Profesor de la UCAB y el IESA. Ingeniero Civil, UCAB. Master en Administración de Empresas, Políticas Públicas y Finanzas, IESA. PhD. in Economics de la SMC University, Zug, Suiza.
Rafael Avila

Comentarios

Comentarios

Guayoyo en Letras