Economía para la gente
El Proteccionismo y sus mitos (IV)

En el artículo anterior continuamos esta disertación sobre el Proteccionismo, básicamente argumentando a favor del libre intercambio, revisando sus loables consecuencias, y en contra de la autarquía y sus terribles resultados. También comenzamos a listar y analizar brevemente una serie de mitos que existen en torno al Proteccionismo, y justifican y fomentan su práctica:

Mito #1: Las importaciones (y los déficits comerciales) son malos; Las exportaciones (y los superávits comerciales) son buenos.

Ahora continuaremos nuestras reflexiones en torno a este importante tema.

Mito #2: Ser una “nación deudora” es económicamente perjudicial.

Ser una nación deudora significa que los extranjeros invierten más en un determinado país (por ejemplo en Venezuela), que lo que los ciudadanos de dicho país (los venezolanos) invierten en el extranjero. Sin embargo, el estatus de país deudor no es necesariamente motivo de alarma, ya que la inversión extranjera en dicho país puede ser beneficiosa. Por ejemplo, hay muchos beneficios evidentes:

Una empresa extranjera establece en Venezuela una nueva planta productora de detergentes. Esta nueva empresa proporciona empleos, hace que la industria nacional sea más competitiva y estimula el crecimiento económico.

Alarmarse sobre convertirse en una nación deudora es ilógico y contradictorio. Por un lado, los proteccionistas se quejan de que está saliendo del país demasiado dinero (estamos importando más de lo que estamos exportando). Luego, cuando el dinero vuelve al país en forma de inversión extranjera, se quejan de que está llegando demasiado dinero. Los proteccionistas no pueden tener ambas cosas: se aferran a razones o argumentos “halados por los cabellos” para justificar los privilegios monopolísticos.

Por ejemplo, imaginemos una pequeña isla del Caribe sin más recursos naturales que las playas y el sol con que Dios la ha bendecido, pero con muchas tiendas repletas de ropa y calzados para vender, y supermercados con anaqueles repletos de víveres de variadas marcas y presentaciones, que por cierto, no han producido ninguno por ellos mismos (ni la ropa, ni el calzado, ni los víveres). Entonces, ¿Cómo es posible que sin haberlos producido en su misma tierra, todas las tiendas y supermercados estén totalmente surtidos, teniendo tan sólo agua salada, sol y arena? Pues no hay manera mágica como eso puede estar ocurriendo: enfocándose en aquello en lo que tienen ventaja comparativa, especializarse en eso, y prestando el mejor servicio posible (turismo), tienen la posibilidad de recibir dinero para luego comprar, en el lugar del planeta donde más les convenga, todo lo que necesiten y ellos no tengan ventaja comparativa para producir pero otros sí la tengan (ropa, calzado, víveres, etc). En este ejemplo puede observarse que en el fondo el intercambio que realmente ocurre es turismo a cambio de ropa, calzado y víveres; en el que el dinero está sólo para facilitar el intercambio, pero no como fin en sí mismo.

De allí, lo importante que es no entorpecer el comercio, no ponerle trabas o barreras al libre intercambio. Cada vez que los gobiernos entorpecen aquello que por naturaleza se daría, perjudican a sus ciudadanos, condenándolos a productos y servicios de menor calidad y mayores precios; condenándolos a menos bienestar y a la pobreza. Estas prácticas terminan favoreciendo en el corto plazo a la industria doméstica de dicho país, a expensas del consumidor; benefician a unos pocos y perjudican a la mayoría: trasladan recursos (bienestar) del ciudadano de a pie o consumidor (la mayoría) a empresas protegidas (unos pocos: empresarios y empleados). En el largo plazo, perdemos todos.

Mito #3: Las importaciones están destruyendo empleos nacionales.

Como ocurre con todos los mitos que perseveran, éste tiene algo de verdad. Si los consumidores venezolanos compran más un determinado producto exterior que ese mismo producto pero fabricado en Venezuela, podría amenazar algunos empleos nacionales. Los esfuerzos deben ser (y se hacen) para facilitar la transición de los que se quedan temporalmente desempleados, desde los sectores afectados hacia otros en los que puedan emplearse, pero el proteccionismo sólo causaría aún más desempleo.

El libre comercio crea empleos al reducir los precios, dejando más dinero en los bolsillos de los consumidores. El aumento del gasto de los consumidores a su vez estimulará la producción y el empleo en toda la economía. Por el contrario, los precios más altos en una industria protegida harán que los consumidores reduzcan sus compras, lo que resultará en menos empleo en esa industria.

Además, los bolívares que los venezolanos pagan por los bienes de fabricación extranjera son finalmente re-gastados en Venezuela, lo que crea aún más puestos de trabajo. Los extranjeros no tienen ningún uso para los bolívares per se: deben gastarlos en Venezuela o venderlos a alguien que lo haga.

El proteccionismo puede “ahorrar” temporalmente trabajos en una industria, pero normalmente destruye aún más trabajos en otras partes. Por ejemplo, debido al proteccionismo en una industria específica, los fabricantes nacionales de algún producto que tenga como materia prima o insumo lo producido en dicha industria, pagarán más por ese insumo o materia prima que los fabricantes extranjeros competidores en ese mismo producto. Precios más altos de estas materias primas o insumos para los productos que los requieran fabricados domésticamente, elevarán los costos a dichos fabricantes nacionales y podrían hacerlos despedir trabajadores. Así, el proteccionismo en una industria crea desempleo en las industrias que “aguas abajo” utilizan los productos de aquella como materias primas o insumos.

Ilustremos esto: supongamos que un gobierno decide proteger la industria de arroz en su país, por ejemplo, cobrando aranceles o colocándole cuotas a la importación de arroz. Esta protección hará que los precios del arroz doméstico sean mayores, lo que encarecerá la producción de cualquier bien que tenga como insumo o materia prima el arroz, por ejemplo, un plato de arroz chino, o un plato de arroz a la marinera, una paella, arroz con coco, etc. Si los restaurantes (productores nacionales) que venden arroz chino, o paella, etc., no pueden trasladar esos mayores costos a los precios de sus productos, entonces habrá stress sobre las ganancias de la empresa, estimulando el despido de trabajadores. Así, el proteccionismo en una industria (por ejemplo la de arroz) crea desempleo en las industrias que “aguas abajo” utilizan los productos de aquella como materias primas o insumos (por ejemplo los restaurantes). Hay ganadores y perdedores: ganan los industriales protegidos (y los empleados en estas industrias), pierden los consumidores, y los industriales y empleados de las industrias de “aguas abajo”.

Es particularmente revelador que haya estudios de casos que muestran que hay períodos en los que a medida que el déficit comercial crece (más importaciones que exportaciones), también aumenta el empleo en la economía doméstica. En contraste, podemos ver superávits comerciales (más exportaciones que importaciones) en períodos en los que el desempleo aumenta constantemente.

Bueno amigos, dejémoslo en este punto por los momentos. Seguiremos disertando sobre el Proteccionismo en el próximo artículo. Entender de economía política, identificar ganadores y perdedores, nos permite entender por qué no cambia y por qué es difícil cambiar el statu quo.

Rafael Avila

Rafael Avila

Decano de la Facultad de Ciencias Económicas y Administrativas de la Universidad Monteávila. Profesor de la UCAB y el IESA. Ingeniero Civil, UCAB. Master en Administración de Empresas, Políticas Públicas y Finanzas, IESA. PhD. in Economics de la SMC University, Zug, Suiza.
Rafael Avila

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