La corrupción en tiempos de Chávez

Entre las causas que potenciaron la candidatura de Hugo Chávez en 1998, estuvo el flagelo de la corrupción que imperaba a sus anchas en el país. El ejercicio de la política era vista por unos como una actividad inescrupulosa y delictual. Instituciones como el Congreso Nacional, los partidos políticos, sindicatos y cualquier otro ente relacionado, eran consideradas por la opinión pública como guaridas de corruptos.

La prédica radical del candidato Chávez, recreada de pasajes históricos y citas bíblicas  despertó simpatía en los venezolanos que veían como se esfumaba la promesa democrática de alcanzar el pleno empleo, salud, vivienda y educación. No en balde, Venezuela había registrado en aquel convulso año, el tercer índice más alto de pobreza en América Latina, después de México y Brasil y se situaba entre los diez países más corruptos del mundo.

De modo que la frustración cundió de forma generalizada y la búsqueda de un «vengador» se puso a la orden del día. Las masas antes adecas y copeyanas se pasaron sin resquemor a las filas del chavismo. Los pobres sintieron que tenían poco o nada que perder con un triunfo de Chávez y por el contrario, lo veían como el castigo que merecían los políticos de siempre.

Chávez navegó en la cresta de la ola de la antipolítica y los electores pertenecientes a los estratos más empobrecidos de la población lo percibieron como honesto y abnegado, porque  en su aventura golpista se había jugado su carrera y libertad. Tal apreciación lo hizo ver como uno de los suyos, la «encarnación del pueblo».

Las elecciones de diciembre de 1998 vinieron a significar mucho más que la escogencia de  un nuevo Presidente de la República. La agudización de la crisis económica, convirtió el acto del sufragio en una suerte de plebiscito a favor o en contra del orden político reinante. Bajo esa premisa, Chávez fue presentado como «la solución a tus problemas», es decir, alguien dispuesto a poner coto a aquella dramática situación.

La gran promesa de la Constituyente, derivó en la panacea que  echaría de una vez y para siempre  a los corruptos del poder y con ello retomar el camino de la prosperidad extraviada. Los sectores radicales ligados a la candidatura de Chávez apostaron por la estrategia de incitar al odio de clases, para de esa forma dividir al país en dos frentes irreconciliables: la vieja política y los corruptos por un lado, y por el otro, los portaestandartes del patriotismo y la honestidad.

De manera que  Chávez logró penetrar en la mentalidad colectiva para insuflar la rabia, el descontento y el revanchismo, con ello buscaba aglutinar voluntades que hasta entonces parecían disímiles, conquistar la fe y esperanza de los crédulos y así como un gran enjambre, catalizar el voto protesta.

Sin  embargo, ya hecho con el poder, el chavismo comenzó a empantanarse con los vicios del pasado. La lucha contra la corrupción languideció y en el peor de los casos a distorsionarse, es decir, se dejó hacer sin la mayor vigilancia para luego aplicar el chantaje a quienes eran objeto de denuncia y exigirle lealtad incondicional a Chávez, a cambio de inmunidad o exoneración de responsabilidad ante los órganos de justica, controlados estos últimos por el chavismo.

Resulta paradójico, pero así fue. La corrupción en tiempos de Chávez  fue convertida en política de Estado para comprar lealtades en todos los sectores, desde el estrato más elevado hasta los más bajos en la escala social. La repartición de dinero a manos llenas a cooperativas, consejos comunales y a cuanta entelequia se indilgase el mote de «poder popular», no fue más que la democratización de la corrupción, envilecer a los pobres y facilitarles el acceso a la apropiación indebida de fondos públicos.

En tal escenario propicio para el cohecho, no resulta extraña la gran sociedad de cómplices en que se transformó el chavismo. Lejos de combatir la corrupción, Chávez la estimuló y la utilizó para sus propios fines de perpetuación autocrática.

Así, en las instancias más encumbradas del poder quedó expedito el camino para el surgimiento de nuevos ricos hasta ayer «patas en el suelo, peladores de bola y empresarios de maletín»  quienes succionaron con creces el tesoro nacional, para abrir cuentas mil millonarias en dólares y adquirir lujosas propiedades en el exterior. Sobre todo, a partir del gran boom petrolero que inundó al Estado desde 2003 hasta 2008 aproximadamente y  luego gracias al endeudamiento externo y la entrega de las riquezas minerales a los «camaradas antimperialistas del mundo multipolar».

Lo más terrible de todo, es que el guión arriba descrito ha ido perfeccionándose con mayor cinismo y desparpajo revolucionario.

Jose Alberto Olivar

Jose Alberto Olivar

Doctor en Historia, Summa Cum Laude, (UCAB). Profesor-investigador adscrito al Departamento de Ciencias Sociales de la USB. Ganador del primer lugar en la III Bienal del Premio de Historia "Rafael María Baralt" (2012-2013).

Twitter: @JAOlivarp
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