La vecina

Es la persona más visible del condominio. Nunca le falta asistencia de primera mano a la hora de abrir una puerta, destapar una cañería e incluso cambiar un caucho. Ya sin verla, se le reconoce por el taconeo estilo Marilyn Monroe que despliega cuando va por los pasillos, y logra el mismo efecto que la antigua estrella, pues casi todos los hombres del edificio sucumben ante los encantos de sus largas pestañas, su cinturita de avispa y unas lycras color bendita sea la madre que te parió, ajustadas hasta el límite entre lo moralmente aceptable y el desenfadado exhibicionismo.

Muchos en el condominio piensan que tiene bajo contrato exclusivo al conserje del edificio, pues es una fija que este no se despegue de la puerta de su apartamento para ofrecer constantemente sus servicios personalísimos. Las malas lenguas acusan que todo se debe a una “cuota especial” pagada puntualmente y que garantiza auxilio inmediato cual 911 de película americana. Si su conserje no está en su apartamento, lo más seguro es que esté en el apartamento de la vecina, sirviendo prestamente para arreglar goteras, cambiar bombillos o destornillar repisas. Todo cancelado con abonos consecutivos al portador, con una insinuante sonrisa y pellizco en el cachete generando intereses.

Nadie es inmune a sus encantos. Por supuesto, hay razones muy poderosas para ello: todo sea por la promesa de recibir ese huracán de endorfinas que despiden sus pestañas batientes, sus caderas restallantes, y  como máximo gesto de agradecimiento para algún afortunado, un inocente, en apariencia, beso en la mejilla capaz de dejar al borde del colapso los circuitos neuronales y cortar el oxígeno al cerebro. Válgame Dios.

Y no es solo eso, sino que la vecina tiene su público que le celebra todas sus ocurrencias y aplaude sus espontáneas pasarelas. Esto genera un curioso fenómeno estadístico digno de ser reseñado por cualquier estudioso de las ciencias sociales: siendo que proporcionalmente la mitad del edificio está conformado por el sexo masculino que le vitorea las gracias a la vecina, tenemos que por inferencia estadística simple, la otra mitad la detesta ad infinitum. Entiéndase como la otra mitad, a la muestra poblacional conformada por las madres, las novias y esposas de la primera mitad, amén de unas cuantas vecinas entrépitas que nunca faltan.

Así las cosas, tenemos que al solo atisbo de la vecina por los pasillos del edificio, arrecian por parte de las otras vecinas las miradas fulminantes, murmullos entre dientes y codazos certeros en las costillas de los vecinos, al sonido del “buenos días” musicalizado con el taconeo al modo Marilyn. Por supuesto, todo esto no es visible para el ojo novato y poco entrenado. Hay que disfrutar primero de los encantos de la vecina para poder entender el por qué de las terribles miradas estilo comiquita japonesa que le lanzan las otras vecinas apenas escuchan acercarse el paso del tac-tac-tac de su martirio comunitario.

Por si fuera poco, el complot femenino-vecinal contra la vecina nunca cesa, y además de las consabidas habladurías sobre sus antecedentes, vida y milagros, la intriga va más allá, y utilizan el viejo ardid psicológico de minimizar la amenaza sin llamarla nunca por su nombre. De allí la maliciosa iniciativa de utilizar el pronombre “esa” de la tercera persona del singular para referirse a ella. Algo así como una indeterminada forma de llamar al diablo, pero deseando que no aparezca.

Ojo, no es solo cuestión de decir “esa” y ya. No señor, tiene que ser con esa inflexión de voz así silbadita que utilizan las mujeres cuando algo no les gusta, como por ejemplo, cuando ven a otra con un vestido igual al que llevan puesto: “ahí viene essssa” (silbadito); “claro, mira como te pones cuando ves a essssa” (silbadito); ¿y tú qué haces mirando a essssa?” (silbadito). Y como preludio a la promesa de desatar el infierno en la tierra: “cuidadito con que te vuelva a ver de nuevo con essssa” (silbadito, muerte y destrucción).

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