Pena de muerte a la corrupción en el Ejército

En enero de 1817, después de la terrible marcha de Caracas a Oriente para escapar de las hordas de José Tomás Boves, el Libertador Simón Bolívar se encuentra en Barcelona sin la posibilidad de movilizar sus tropas. El alimento escasea al igual que el medio de transporte, los rebeldes solo cuentan con armas y municiones para defenderse. No les queda otra opción que aguardar el inminente asalto de las fuerzas enemigas.

En Barcelona debe proteger el grueso de la artillería del bando patriota a toda costa. Se trata de un importante arsenal que cuenta con pólvora, balas, fusiles, espadas, hachas, machetes, lanzas, cachiporras y palas. Nada de aquello puede caer en las manos de las huestes realistas, de perderse las armas se perdería también la República. Esta vez, al contrario de cuando rindió la plaza de Puerto Cabello causando la capitulación del Generalísimo francisco de Miranda ante el Capitán Domingo de Monteverde, debe vencer o morir en batalla. De lo contrario  quedará condenado a vagar por los llanos al mando de sus hombres desarmados y hambrientos.

Sabiendo que el último bastión de la Segunda República no tardará en sufrir los embates de las fuerzas que favorecen a la corona, Bolívar decide enviar una serie de cartas en las que requiere auxilio a los generales José Tadeo Monagas, Pedro Zaraza, Santiago Mariño, Juan Bautista Arismendi, Manuel Piar y el comandante de la población del Chaparro. Mientras aguarda por los refuerzos solicitados dedica la mayoría de su tiempo a convertir Barcelona en una fortaleza.

La ciudad es un punto estratégico de valor incalculable en la mente del Libertador. En aquel puerto se controla el acceso al Oriente del país, se puede recibir el ansiado abastecimiento de comida y las mercancías de primera necesidad enviadas en pequeñas goletas desde la isla de Margarita o las Antillas. Desde allí puede preparar el traslado de sus tropas con destino a Cartagena o el Orinoco, quien sabe. El paso de cada hora sin respuesta o la llegada de suministros a los depósitos del muelle le resulta insoportable. Crece la desesperanza con el paso de cada jornada en la que se oculta el sol sin que alguien pueda divisar una vela en el mar o una nube de polvo en el horizonte que delate la marcha de la caballería.   

La situación se va tornando rápidamente en desesperada. Las fuerzas del Libertador, diezmadas por los flagelos del hambre y la sed, se desmayan a causa de las extenuantes faenas de la fortificación de la ciudad. Es por ello que en sus cartas amenaza a los otros jefes diciendo que no quedará otra opción que -comerse a las mujeres y los niños- de no llegar la cooperación de las personas a quienes ha dedicado cientos de horas para redactar amargos párrafos exigiendo socorro. Temiendo la muerte por inanición demanda el envío de todo el ganado, caballos y mulas a los que se le pudiera poner mano encima, ya que sin estos no puede alimentar a su Ejército que carece absolutamente de víveres.

Los comerciantes y mercaderes, al escuchar que los soldados de la revolución se aproximan a la población, huyen despavoridos dejando abandonadas pulperías, almacenes y tiendas para buscar refugio de los enfrentamientos y salvar sus vidas. Los soldados se diseminan por las calles persiguiendo al enemigo fugitivo, mientras recorren la ciudad se van topando con casas o negocios abandonados que van saqueando por ropa o subsistencias. Resulta imposible controlar el caos reinante en la República con leyes que nadie respeta. Los vecinos son los primeros en tomar cuanto pueden fomentando el desorden que sugiere a los desnutridos y harapientos soldados patriotas hacerse con cualquier pieza de valor.    

La alimentación de las fuerzas del Libertador consiste en una moderada ración de carne y plátano, en la mejor de las ocasiones viene acompañada con guarnición de arroz, frijol, mazorca o casabe. Eso era en los buenos tiempos, pero ahora no hay nada que comer y la muerte parece venir despiadada a cobrar el doble de las vidas que se llevó al otro mundo después de la penosa marcha a Oriente en la que sucumbieron más de 8.000 almas. La escasez y la demanda de alimentos va tejiendo los hilos que manejan una economía falsa basada en el nefasto fenómeno del comercio paralelo, una mafia dominada por militares de alto rango. Varias son las denuncias sobre la costumbre que tienen los funcionarios del ejército patriota de venderle las raciones de vianda, ron y queso a los soldados, así como la de los generales de acuñar sus propias monedas para saldar las deudas con sus cuadrillas o los comerciantes de los territorios liberados con la promesa que estás serían canjeadas cuando los asuntos de la República vieran tiempos más prósperos.

Para mantener el orden y la disciplina el robo debe castigado con severidad. Bajo la ley marcial se implanta la pena de muerte por decapitación a todos aquellos que se atrevan a incurrir en robo o corrupción en el negocio de las raciones o el rancho. Los retiran amarrados por las manos del campamento, los obligan a pararse erguidos viendo hacia el frente hasta que el verdugo les atesta un golpe de espada certero en la nuca que siempre mata y, en la mayoría de las ocasiones, termina separando la cabeza del cuerpo de los ajusticiados.

Así comienza el Libertador a combatir la corrupción dentro de las filas de su Ejército.         

Jimeno Hernández

Jimeno Hernández

Abogado (Universidad Monteavila) Máster en dirección de entidades deportivas (Universidad Europea de Madrid) Conocedor de la historia de Venezuela, escritor y columnista.
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