La fisgona

Artista: Francisco Grisolia Davila.

Abrió el bolso con manos temblorosas, sacó una hoja de papel tamaño carta, la dobló y la rasgó en varias partes, luego hizo unos ovillos con cada uno de los trozos, acto seguido, inició un inusual proceso, no sin antes organizarlos con delicadeza, aunque con dificultad.

Sin duda, en su caso, era trascendental tener la medida perfecta, para evitar problemas. Más adelante pude confirmar de que se trataba.

La miraba, sin perder  detalle. La vi hacer aquello, como si estuviera oficiando una ceremonia, como si de ello dependiera algo muy importante en su vida. Estábamos en una cafetería llena de gente, con mesoneros que merodeaban por todos lados. Uno de ellos, le daba una atención más allá de lo común, como si hubiesen sido grandes amigos, de esos que se hacen muy pocas veces en la vida.

En aquel lugar, nada era más interesante que observar a aquella mujer. Mi asombro no tenía límites, así que no podía hacer otra cosa. Lo que estaba haciendo era único. En mi opinión, sin precedentes. Devoraba el papel, como quien se come un pedazo de torta. Por el color de sus labios, se podía intuir que estaba escrito con tinta negra, como si hubiese estado acompañando su manjar con una botella de vino, de los que tienen esa propiedad. Hasta donde percibí, no había hecho ningún pedido, parecía que el papel formaba parte del menú, quizás como un Plato especial, muy costoso, dada la atención que le daba el mesonero.

Le dediqué todo el poder de mi mirada, sin percatarme de lo que estaba haciendo. En algún momento llamo al mesonero y, sin miramiento, me señaló. El se acercó, me dijo que no podía seguir mirándola fijamente, porque ella estaba amenazando con acusar de acoso. Me quedé estupefacta. No podía creer aquello. Avergonzada, cambie de mesa para pasar desapercibida. Estaba en un dilema. Dejaba de ser una fisgona y me ocupaba de mis cosas o seguía averiguando lo que pasaba con aquella cabra humana. Decidí lo segundo.

Me instalé en una silla que permitía mirarla de reojo, sin que ella se percatara. La curiosidad me embargaba, al tiempo que me preocupaba sobre manera por el destino de aquel papel tan masticado. Pensé que, en cualquier momento, lo tragaría o, en el peor de los casos, lo tiraría fuera de su boca, quizá usando una servilleta, para ser discreta. Eso se lo agradecería, porque anteponía el asco, que me ocasiona si lo escupiera, así como cualquier cosa, sobre la mesa o sobre el piso. Nada puede ser lógico con alguien que se alimenta de esa manera.

Para ser objetiva, debo reconocer que yo era una entrometida. Ella, como cualquier persona, no se merecía que la vigilaran de esa manera, mucho menos, recibir calificativos tan repugnantes. Al fin y al cabo, no era culpable de mis inclinaciones higiénicas, todo lo contrario, era una víctima de mis malos modales, que no le dejaban un momento de privacidad. Pedí un café al mesonero, para continuar allí, sin levantar sospecha. La situación cambió en aquella mesa y se hizo más interesante, cuando se acercó un hombre, más o menos de su misma edad. Estaba uniformado. Ella lo miró como si lo estuviera esperando, dada su reacción, parecía aliviada.

Por lo que escuché, se había comido un documento. Estaba desesperada. Le pareció que era un desatino, pero, aún así, trató de tranquilizarla. Le aseguraba que no se preocupara, que nadie se daría cuenta. Ella le respondió, atragantada por el último pedazo, que tenía sospecha de alguien que la había seguido, por eso trato de guardarlo, desde un principio. Todo era para protegerlo, le dijo. Mi asombro no tenía límite cuando vi que me miraba fijamente, con un gesto de burla, como un reclamo a mi maleducada actuación.

Al parecer, se dio cuenta de todas mis elucubraciones y, optó por la venganza. El último pedazo lo giraba de un lado a otro, como si estuviera jugando con una bola, mientras le chorreaba la tinta. Casi me provocaba llamar al mesonero para acusarla de un acto indecoroso. No soportaba que se estuviera limpiando  con la manga de su franela blanca. Parecía que lo hacía a propósito para molestarme. Se levantó y salió, dejando al hombre uniformado solo. Esta vez, no recibí aviso de invasión de espacio, ni de méteme en todo, sino de espía. Casi sin dejarme tiempo a pensar, ella me había acusado de haberla obligado a comerse el documento, por temor. No podía creerlo. Me estaba privando de mí libertad con una excusa absurda. Se me está acusando por un delito, por estar de fisgona.

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