¿Beber para olvidar?

Transitaba por Bello Monte un miércoles cualquiera cuando en una de sus calles vi una larga fila de personas bajo el sol. Como en estas épocas de absoluta precariedad no se sabe cuándo puedes conseguir un producto en una oferta repentina, me acerqué al último de la hilera y lo interrogué. Era un moreno calvo con muy pocos deseos de hablar.

  • Buenas… ¿esta es la cola para el pan?
  • No.
  • ¿Para el arroz?
  • No.
  • ¿Harina Pan?
  • No.
  • ¿Entonces para qué?
  • Es para comprar caña…

Me sorprendió, dadas las dimensiones de la cola y el estoicismo con que hombres y mujeres soportaban el sol del mediodía. Ciertamente,  la extensa cola no concluía frente a un supermercado o un abasto sino frente a una licorería.

Se trata de un negocio con tan buenos precios en el alcohol que la gente se aglomera diariamente a sus puertas para comprar no sólo una sencilla botella sino grandes cantidades de licor de todas las variedades y marcas. Y la cola no es solamente para entrar. Adentro tienes que hacer una fila casi tan larga también para pagar.

La sorpresa continúa dentro de la licorería porque allí puedes ver a muchos clientes con carritos de supermercado repletos de botellas. Es imposible no preguntarse cómo puede ocurrir esto en un marco de hiperinflación galopante donde tanta gente apenas puede alimentarse debidamente. Pero ocurre.

Para algunos la explicación es muy simple, como la ofrecida por un señor de unos 68 años, pelo canoso y gruesos anteojos: “¡Es que para aguantar este régimen hay que andar borracho y loco!”.

Este hombre lleva en sus manos un litro completo de una bebida llamada “El Carrao” cuyo eslogan me genera grandes dudas: “Con sabor  a ron”.

Este licor, desconocido para la mayoría de los mortales, es otra muestra de que el mercado de la caña ha crecido en el país. Es alarmante la variedad de marcas con bebidas de incierta procedencia: “Tres Ríos” es una de las nuevas bebidas espirituosas a la disposición. También hay una bebida a base de brandy llamada “Antañón”. “Palo Fino” ya tiene su público, mientras que “Araguaney” ya irrumpió en el mercado y genera cierta demanda.

Veo un pequeño grupo de obreros de la construcción que ha terminado su dura jornada y hace la cola con una botella de algo llamado “Toro”. Les pregunto si es bueno. “¡Buenísimo! ¡Ya llevamos cinco botellas por el pecho hoy!”.

Algunos de estos licores son elaborados en La Miel, estado Lara, otros en los altos mirandinos, También algunos son fabricados en los Valles del Tuy, otros en Carúpano, estado Sucre, y algunos en un punto intermedio entre Cojedes y Guárico.

Veo una chica linda con un cargamento de sangría, ron y anís. Le pregunto si todo es para ella. “¡No, vale!, yo renuncié al trabajo y vendo caña en mi casa. ¡Me ha ido muy bien!”, expresa orgullosa.

No hay que tener un doctorado en Marketing para darse cuenta de que el mercado se ha expandido en razón de una alta demanda. Si el venezolano no está bebiendo más, al menos no ha dejado de beber.

En los buenos tiempos el venezolano bebía para celebrar, ya fuera un cumpleaños, un ascenso laboral, un nuevo gobierno, la mami que pudo llevar al hotel o la vida misma.

Pero, ¿por qué bebe la mayoría de los venezolanos actualmente? ¿Será cierto lo que dijo aquel señor, “para andar borracho y loco”? ¿Bebe para olvidar? ¿Se convertirá el alcoholismo en una distorsionada versión de la tan alabada resiliencia nacional? “Yo voy a superar este trauma, ¡pero con bastante caña!”.

Son preguntas cuya respuesta será bueno encontrar en el fondo de un vaso.

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