Hoy se va la luz

Hoy se va la luz en algún lugar del país. Justo en este momento alguien está atrapado en un ascensor, se quedó con la esperanza de saborear un jugo de lechosa que tenía en la licuadora o largó la gran mentada de progenitora porque el aire acondicionado no aguantó tanto bandazo de energía y se chamuscó el compresor. No hace falta tener facultades premonitorias para saberlo, pues esa es la vida diaria de millones de venezolanos. Hoy se va la luz.

Para los habitantes de Caracas comienza a convertirse en una detestable rutina, pero quienes viven en las regiones han aguantado el suplicio desde hace mucho tiempo.

En Nueva Esparta ya era común hace tres años soportar un apagón de 15 horas y algo similar pasaba en Anzoátegui. Además, ocurría (y ocurre) en las horas más molestas: un sábado a mediodía con 35 grados a la sombra o la noche de un martes con una invasión de zancudos. Y ni hablar del Zulia. Allí viven solamente mártires. El sacrificio que tienen que soportar desde hace meses con los apagones es digno de una beatificación colectiva.

En las condiciones que sean, con lluvia o con sequía, con mantenimiento o sin él, sea por culpa de las iguanas, tuqueques, tiranosaurios o dragones, hoy se va la luz.

Hay quienes se dedican a la penosa labor de llevar la cuenta de los apagones que sufren los venezolanos. Es una estadística de la congoja y la humillación.

Sólo en los primeros seis meses del 2018 se fue la luz en más de 16 mil ocasiones en todo el país y, claro, fue Zulia la región que tuvo la mayor cantidad de fallas de suministro, con casi dos mil cada 30 días. Pero hay apagones anónimos. Horas y hasta días sin luz que miles de personas sufren en silencio y que los medios muchas veces no llegan a conocer.

En la parte alta de la urbanización Santa Mónica en Caracas hace poco hubo un apagón de 25 horas. En la urbanización San Luis batieron su propio récord con uno de 27 horas. Casi nadie supo de estas interrupciones en el resto del país. Así sucede diariamente en diversos rincones de Yaracuy, Lara, Mérida, Táchira o Aragua. Paralizaciones en el servicio que se prolongan hasta lo indescriptible.

Para quienes viven estos perpetuos apagones el asunto es tan grave que pone en juego la cordura.  De hecho, al sumar las cientos de interrupciones de luz a todo lo demás (¿para qué describirlo, si ya el lector lo sabe?) es fácil intuir que Venezuela está cerca de transformarse en un enorme manicomio.

Nos hemos convertido en bombillos ahorradores que soportan miles de horas de uso pero ya están a punto de tostarse con un chasquido y un hilito de humo.

Un apagón de más de 20 horas es similar a lo que millones de personas han vivido durante los últimos años en Venezuela. Comienza con una rabia tremenda al preguntarse por qué un servicio primordial tiene que fallar de ese modo, pero tiempo después llega la resignación, el “esto es lo que hay”, para pasar finalmente al burnout o síndrome de “estar quemado”, como esa lámpara que dio lo que tenía que dar.

En medio de esa vida útil del bombillo se encuentran unos reveladores incidentes de trastornos de ansiedad, ataques de pánico, desmotivación laboral, postración, falta de sueño y discusiones con la cuaima.

¿Nos estamos acercando a un apagón nacional o vamos a explotar como cualquier subestación eléctrica sin mantenimiento? Nadie sabe. Hay bombillos que aguantan mucho más de lo que describe el fabricante.

Lo único seguro es que hoy se va la luz.

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