La “Petit Paris”

El general Antonio Guzmán Blanco era un verdadero enamorado de Paris, le gustaba el lujo, de la elegancia y las costumbres de la sociedad europea. Para él la “ciudad de la luz” era la capital del mundo.

Se dice que era gran admirador de Napoleón III, hasta se dejó crecer los bigotes y los enceraba para que lucieran como una larga varita horizontal, pues así los usaba el Emperador francés. Algunos historiadores se atreven a afirmar que Guzmán Blanco desdeñaba su ciudad natal por ser pequeña, provinciana y atrasada. Que por ello dedicó su tiempo al afán de convertir Caracas en un remedo de la capital francesa, una especie de “Petit Paris”.

Lo cierto es que durante su gobierno la capital venezolana comenzó un proceso de transformación. La obra civilizadora que llevó a cabo el caudillo de la “Revolución de Abril” cambió la fisionomía y estilo de vida de la pequeña metrópolis. Esta metamorfosis, tanto material como cultural, no la han negado ni sus más apasionados detractores.   

Para 1873 Caracas vivía entre una constante y tupida nube de polvo. Aquel año comenzó la construcción del parque El Calvario, bautizado como Paseo Guzmán; la Basílica de Santa Teresa; la plaza “El Venezolano”; el Templo Masónico; y el Teatro Municipal. Con las edificaciones se expandía la vida cultural de la ciudad, por ello fue creado el Instituto de Bellas Artes, para la enseñanza gratuita de música, pintura y dibujo; así como también la Academia Venezolana de la Literatura.   

El músico José Antonio Calcaño, en su obra “La ciudad y su música”, realiza una interesante crónica en la que describe, de una manera pintoresca plagada de anécdotas curiosas, como era la Caracas que se transformaba durante el “guzmancismo”.

-Todo el mundo se conocía, desde los más encopetados caballeros hasta los más modestos artesanos; todos se hablaban con cordialidad y buen humor; se hacían travesuras unos a otros, y vivían como mejor podían. Se formó en el “Septenio” todo un caudal de usos y costumbres, de modismos, de anécdotas, de sobrenombres, de historias, que han incorporado al alma de la ciudad.-

Lo primero en cambiar en Caracas fue el paisaje y no solo por las grandes obras. De la vegetación en los parques públicos se encargaron los señores Carlos Madriz, José Antonio Mosquera y Andrés de la Morena. Éstos recolectaron especímenes de los jardines más famosos de Caracas. En el de Teodoro Stürup habitaban distintas palmeras;  en el de Charles Röhl bellas orquídeas; en el del Dr. Nicomedes Zuloaga diversas aroideas. También buscaron plantas exóticas de regiones distantes como Egipto, India, Sumatra, Abisinia y Madagascar. -de Europa se importó la Reina de los Prados, de Arabia una variedad de jazmín y de la china vinieron las magnolias.-

En aquellos días hizo famoso un lugar de encuentro para las tertulias de los intelectuales. Se trataba de la primera librería que alquilaba por un fuerte mensual afamadas obras literarias. -Todos los caraqueños del Septenio conocían aquella librería que tenía como muestra hacia la calle un orangután que, con sus gafas caladas, leía muy seriamente un libro. Esa tienda, atiborrada de libros viejos y nuevos, era el establecimiento de Don Emeterio Hernández, a quien todos llamaban “Capa-chivo”, en el cual se formaban grupos de conversadores, pues en aquellos tiempos tres cuartas partes de la vida se reducían a conversar.-

Sobre la moda de vestir anota Calcaño que: -Las camisas del tipo que usaba Garibaldi fueron conocidas entonces; las llamaban garibaldinas y tenían vivos colores. Inspirado en ellas inventó el sastre cubano Emilio Torres, el liquiliqui, que en un principio tenía adornos de trenzas de color, dibujos e iniciales bordadas… Los hombres de calidad llevan todos un sombrero de copa y levita, y algunos usan con ella pantalones de dril blanco. Es indispensable el amplio chaleco romántico, cruzado por la vistosa cadena del reloj con sus varios dijes, casi siempre de lazo, un duro cuello alto y unos zapatos muy alargados y de punta cuadrada completan el figurín.-

Eran famosos los sastres Pablo y Federico Forurastié, así como las modistas francesas para las damas, que las vestían –de sayas y polisones de los que se asomaba la puntita del pie por debajo del ruedo y balanceaban, con recatada monería, apoyándola en un hombro, una sombrillita de encaje.-   

La gente humilde fue adecentando su presencia. Al parecer el General era bastante estricto con eso del buen vestir ya que -hizo todo el esfuerzo para que nadie anduviera descalzo, y en las alcabalas obligaban a los arrieros a meterse la camisa por dentro de los pantalones.-

Por las noches los hombre solían reunirse en el  Club Unión o el Circulo de Amigos, lujosas instalaciones reservadas para jóvenes de la alta sociedad. -Allí se jugaba y se conversaba, y a veces se invitaban unos a otros diciendo: “vamos a tomas las once”, con lo querían decir las once letras, que son las que tiene la palabra “aguardiente”.

No todo era orden, belleza y copas en los clubes, pues -otras veces había en los barrios bailes “de candil”, en los que se apagaba la luz a palos, se hacia volar la guitarra y se cortaban las cuerdas del arpa.-

-Era época de poesías, que abundaban en todas las ocasiones; nunca hubo en Caracas, tantos poetas, buenos, malos y peores. Tenía todo el mundo la fiebre del arte, del ingenio y del saber. Era tiempo de improvisaciones, de juegos de palabras, charadas y adivinanzas, entremezclando todo con alguna pieza de piano, que muchas veces era “Plegaria a la Virgen”. Por algún tiempo, Caracas parecía haber olvidado el hondo charco de sangre de su reciente historia.-  

Jimeno Hernández

Jimeno Hernández

Abogado (Universidad Monteavila) Máster en dirección de entidades deportivas (Universidad Europea de Madrid) Conocedor de la historia de Venezuela, escritor y columnista.
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