La Venezuela que fuimos y la sombra que somos

                                                                   “Lo que niegas te somete, lo que aceptas te transforma”. C.G. Jung

Sabernos ricos nos ha sepultado. Esto no significa que esté en contra del reconocimiento de las ventajas que la riqueza aporta a nuestra calidad de vida, todo lo contrario… Estoy en contra de la ceguera que impuso la continuidad de gobiernos cuyas políticas consistían en el paupérrimo asistencialismo. Estoy en contra de la subestimación de los ciudadanos. Estoy en contra de la infame domesticación que genera la política de las esperanzas eternas y de las promesas incumplidas.

Pero, sobre todo, estoy en contra de la apatía de esos supuestos líderes que aplauden en secreto la masacre de nuestra población, ellos también se comieron acríticamente la mentira del país rico. ¿Ricos? ¿Realmente creen que aún somos ricos? ¿Realmente crees que mantener tu status quo te librará de ser triturado por la espiral de exterminio?

Pensar que nuestra salvación recae exclusivamente en los recursos naturales del territorio nacional es una manera de negar la existencia de quienes posibilitan el funcionamiento, el avance, la cohesión y la vida del país. Es negarnos a nosotros, la gente.

Actualmente los venezolanos (dentro y fuera del país) nos encontramos -como mínimo- aturdidos por los altísimos niveles de estrés que genera sobrevivir en Venezuela. ¿A quién se le ocurre pensar que somos ricos si nuestra población se encuentra absolutamente enferma? ¿A quién se le ocurre imaginar que el daño causado a los seres humanos será reversible a corto plazo? Hay condiciones que son irrecuperables, hay procesos que no tienen vuelta atrás y negarlo no solo te hace cómplice del verdugo, te convierte en su igual.

Hay momentos históricos que se presentan solo una vez en la vida, hoy necesitamos apropiarnos de este momento, necesitamos dejar de negar lo que siempre ha sido evidente, aunque calcine nuestros ojos, necesitamos que esos pocos líderes en los cuales aún confiamos se atrevan a dar el paso. Necesitamos acciones contundentes para no convertirnos por completo en un campo minado, en un cementerio con montañas de cadáveres apilados y expuestos.

Ustedes deciden, asumen la tarea por la cual han estado luchando durante al menos veinte años o tendrán que vivir -si lo logran-, con el peso de las consecuencias sobre sus hombros.

Dejen de soñar con el país rico movilizado a partir de las dádivas y comprométanse con el país que hoy somos, un desértico territorio capaz florecer muy lentamente o terminar ardiendo. Sientan, miren, respiren el aliento de los caminantes. Dejen de escuchar intereses egoístas y ajenos. Comprométanse con la vida antes que la demagogia lo devore todo y el mapa entero se convierta en una olvidada zona en reclamación…

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