Los bailes del dictador

Mis años de infancia y juventud fueron como los de cualquier otros jóvenes de la época, nada de viajes al exterior o lujos extravagantes, cero de esas cosas. Los fines de semana nos bañábamos a orillas del río en El Castaño, tomábamos sol en las playas de Ocumare de la Costa o  paseábamos a caballo por las vaqueras de Calicanto.

Aquello sucedió hace demasiado tiempo, casi 100 años, todo un siglo, imagine usted. Sin embargo puedo recordarlo todo perfectamente, como si hubiese pasado ayer. Ahora que soy una vieja arrugada, muchos me llaman fósil viviente, dicen que me abandonó la memoria junto a la razón y hace décadas que debería reposar en el mausoleo familiar junto a mi padre y el resto de la familia, siento necesidad de contar mi historia para que no continúen esparciendo mentiras.

Recuerdo ferias campesinas, días de santos, fiestas populares, los toros coleados y carreras de caballos, eventos a los que solíamos atender perfectamente maquilladas, peinadas de lazo y moño. Las muchachas más bonitas entregaban trofeos premiando a los coleadores que tumbaban bien en la manga o cintas a los jockeys que llegaban de primeros en la pista del hipódromo. Tanto mis ancestros, como tíos, hermanos, luego mi marido e hijos fueron grandes coleadores y aficionados a las carreras.

Al pensar en la vida de aquellos tiempos revolotean imágenes en mi mente y mariposas en el estomago. Maracay apenas era el puro centro de la ciudad, casi un pueblo. Verá, lo que ahora son urbanizaciones y edificios, en los años del General eran siembras de caña destinadas a la producción del industria azucarera y potreros en los cuales se criaba ganado y caballos de carrera.

Cuando no era el bendito asunto de las ferias taurinas o el hipódromo, solíamos visitar el zoológico, el primero de Venezuela y lugar predilecto de papá. Disfrutaba observar como el elefante devoraba incontables racimos de plátanos, pero lo que más le gustaba era ver como el hipopótamo “Pepe Buenmozo” emergía del charco, sacudiendo las orejas. Abría su inmensa boca enseñando los colmillos perlados en modo de saludo, aquello era todo un espectáculo. No miento al confesarle que todos los animales conocían su voz y se animaban al escucharla, los loros parloteaban saludándolo entre risas, cantos y bailes sobre la vara de sus jaulas, los pavorreales mostraban su magnifico abanico emplumado y se acercaban curiosos ya que siempre les llevaba un puñado de granos de maíz.

Los ojos de Cristina Gómez Núñez, una de las hijas del caudillo tachirense, brillan al instante que habla sobre un pasado lejano. Sonríe de modo picaresco, parpadeando sus largas pestañas, elevando las comisuras de la boca tras una marea de arrugas. Para ella la vejez no es más que un disfraz, a pesar de los achaques aún se siente joven y conserva esa chispa de la niña pícara que alguna vez fue.

Jamás faltábamos a torneos de bolas criollas, carreras de ciclismo, peleas de boxeo, juegos de béisbol o partidos de básquetbol, siempre acompañándolo porque le gustaban los deportes. Mis hermanos tenían equipos de pelota, polo y voleibol, una de nosotras siempre era la madrina. Existía una cancha de fútbol en La Trinidad en la que los curas ignacianos enseñaban a los niños a jugar. El deporte de origen británico se popularizó y surgieron algunas plantillas, recuerdo particularmente a Corsarios, Huracán y Tacarigua.

Pero la verdadera pasión de papá eran los gallos, no recuerdo haberlo visto tan emocionado como cuando veía a las aves lanzarse picotazos o tirarse con las espuelas afiladas contra los ojos y el pescuezo para morir desangradas en la arena. Parecía deleitarse con aquel espectáculo de arte y muerte. Tan solo veía la riña sin importar el destino de los contrincantes; no le gustaba apostar, una que otra vez lo vi jugarse un fuerte con su compadre Antonio Pimentel.

Eso de los deportes era los fines de semana. El resto de los días, en las tardes y después de nuestros quehaceres, las señoritas atendíamos a las clases de natación del profesor Pablo Suzy en la piscina de Las Delicias. Luego acudíamos funciones de cine todas las noches, escuchábamos conciertos o asistíamos al teatro para escuchar óperas y zarzuelas.

Cuando nos veía desocupadas recomendaba que leyéramos, comentaba que leer y culturizarse era lo mejor que podíamos hacer en ratos de ocio. Cada vez que decía aquello solía manifestar su admiración por “El Príncipe” de Nicolás Maquiavelo y “Doña Bárbara” de Rómulo Gallegos.

A mi lo que más me gustaba eran los bailes, los delirios de cualquier jovencita de la época. Todas soñábamos con conocer un hombre serio, buenmozo, enamorarnos, contraer matrimonio y tener hijos. Eso pasaba en los bailes y no había mejores que los celebrados en el Hotel Jardín. Papá nos ordenaba que teníamos que bailar con todo quien nos invitara, no solamente con nuestros amigos. -Eso es mala educación.- decía.

Recuerdo un 24 de junio le ofreció al Ejército un baile en el Hotel Jardín, por ser el día de la batalla de Carabobo. Estábamos sentados, y él se dio cuenta que un cadete invitó a bailar una de las muchachas de la sociedad de Maracay; ella no le  aceptó la invitación, pero inmediatamente salió a bailar con un muchacho amigo, y el desairado se fue calladito y se recostó de los pilares del salón.

Papá inmediatamente me sacó a bailar y ambos danzamos por toda la sala hasta llegar donde estaba el cadete recostado del pilar, entonces paró, se puso la mano en la cintura y le dijo en voz alta, como para que todos escucharan.

-Estoy un poco cansado joven. Hágame el favor de terminar de bailar la pieza con mi hija-

Esa noche, de regreso a la casa nos dijo en el carro: -A los bailes se va a bailar con quien las saque. La que no quiera bailar con quien la saque que se quede en su casa.-

Jimeno Hernández

Jimeno Hernández

Abogado (Universidad Monteavila) Máster en dirección de entidades deportivas (Universidad Europea de Madrid) Conocedor de la historia de Venezuela, escritor y columnista.
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