Fuerza Armada y Soberanía
El problema de la desprofesionalización militar y la Soberanía Nacional

Las milicias bolivarianas son el brazo armado del partido venezolano en el poder. Al estilo de grupos similares creados por fascistas y comunistas a principios del siglo XX. (Archivo) / ABC Color

El siglo XX venezolano ha tenido la presencia constante de las Fuerzas Armadas, ya sea como tutores (López Contreras y Medina Angarita 1936-1945), gobernantes directos en representación de la corporación militar (Década militar 1948-1958) y, sin temor a exagerar a partir de 1960 como especies de árbitros camuflados bajo un ropaje institucional. Desde el 23 de enero de 1958, hasta por lo menos 1999, esta Institución no tuvo expresiones visibles en el ámbito político-civil salvo las intentonas del 26 de octubre de 1988, el 4 de febrero y 27 de noviembre de 1992. Es decir, dio  la impresión de estar dedicada a sus funciones naturales, ser cada día más eficientes y eficaces en su tarea de garantizar la seguridad operativa del Estado.

Con el ascenso del chavismo al poder se manejó la idea de diluir la diferenciación entre élite civil y militar, eso que en el discurso oficialista se promovió como “unión cívico-militar”. La oficialidad entró en el ámbito político con funciones de súper policías, administradores del orden público, de empresas y cargos ministeriales y; los civiles se militarizaron alistándose en organismos estructuralmente castrenses (milicias, UBCH, Colectivos, entre otros).

Surgió así un problema operativo que puso en duda la capacidad de respuesta de un cuerpo que tiene la tarea exclusiva de garantizar la seguridad ante un enemigo externo. De esta manera, la desprofesionalización de la institución armada venezolana nos lleva a un marco de preocupación ante la vulnerabilidad de encontrarnos ante alguna amenaza de la soberanía territorial, marítima o aérea del Estado.

La presencia de ésta en el resguardo de mercados populares, en el traslado y distribución de línea blanca a la población, en la organización y participación de actividades culturales y  políticas, entre otras. Evidentemente alejó a la oficialidad de las áreas naturales en las cuales debieron adquirir pericia para fortalecer su competencia técnica. En definitiva, y ateniéndonos a lo formal, la profesionalidad de éstos debió ir en consonancia con las capacidades que se adquieren para hacer la guerra, o evitarla como organización disuasiva, de forma eficiente y eficaz.

Otro aspecto importante, es que en la medida que los militares no sientan que pertenecen a una élite distinta o fuerza grupal con roles particulares, el espíritu de cuerpo no se consolida. En el caso venezolano, la institución castrense parece no tener un rol definido si lo comparamos con los ejércitos de países como Chile, Estados Unidos y la misma Colombia. Es decir, pueden pasar a ser desde una especie de administradores de una entidad financiera, activistas políticos de un partido en particular o cuerpos de gendarmería.

Lo anteriormente expuesto, nos relaciona a ese rol formal que deben tener los organismos militares de cualquier Estado moderno weberiano. Son prestadores de un servicio donde el cliente es un Estado en particular al cual le deben obediencia plena y del cual se comprometen a cumplir sus funciones  de la mejor manera posible. Sin embargo, la realidad pareciera ponerlo en duda, dado que hay una especie de control civil subjetivo donde de manera alarmante hemos visto en actos públicos a cuerpos del ejército proclamar su adhesión a una ideología y partido en específico, desnaturalizando lo que constitucionalmente está establecido y, poniendo en riesgo su preocupación y ocupación sobre la problemática inherente a la defensa de la soberanía nacional.

A la luz de hoy, el problema del pretorianismo no solo se ubica en el peligro de perder la democracia a manos de gobiernos corporativos, autoritarios, dictatoriales o de partidos únicos que ejercen el control civil subjetivo. También, en tanto que la Fuerza Armada venezolana se desprofesionaliza surgen problemas que ponen en juego la soberanía territorial. La cual, por su posición geoestratégica tiene potenciales amenazas.

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