Parejas a la medida

A lo largo de la historia, se ha tratado de entender eso tan complejo, poderoso y universal llamado amor. Filósofos, dramaturgos, psicoanalistas y psicólogos han llenado innumerables páginas, aportando conceptos, que de ningún modo han quedado unificados y es que sería imposible, no sólo por tratarse de diferentes perspectivas dadas por tan distintas disciplinas, sino porque cada cabeza es un mundo o mejor dicho, un universo, de modo que podría  afirmarse sin temor al error, que cada quien entiende, vive y expresa el amor a su manera.

En algunos casos ese modo personal de amar, puede causar un gran sufrimiento que termina por romper las relaciones, específicamente las de pareja que suelen ser las más complicadas pues en ellas se entremezclan algunos elementos  ausentes en las otras. Muchas veces en estas relaciones los límites son muy difíciles de definir y mantener, confundiéndose el amor con el control y la posesión sobre el otro.

Al principio, la dupla amorosa hace contacto y cada uno muestra  su mejor cara, como típica herramienta de seducción; en muchos casos ese “maquillaje” cae rápidamente y  se inicia el verdadero conocimiento entre ambos, pudiendo surgir algunos aspectos considerados poco deseables por algún miembro de la pareja, quien en su deseo de preservar la unión,  espera que con el tiempo, la paciencia y el amor, tal vez el otro cambie para poder regresar al estado inicial de encantamiento; pero eso no suele ocurrir.

Surgen las diferentes personalidades y eventualmente, las incompatibilidades pero si son de menor importancia frente a las afinidades, se pueden superar con comunicación, empatía y sobre todo, respeto por el otro. A veces esto no es fácil de lograr, por dificultades en las formas de comunicarse o por no tener claros los límites del respeto propio y los de la otra persona. Cuando surgen estos problemas pero hay un fuerte deseo de conservar la relación, se suele  buscar ayuda profesional.

Son diversos los motivos que llevan a las parejas a la consulta psicológica, siendo de los más frecuentes, los celos.  Muchos afirman que si no hay celos no hay amor pero esto resulta inexacto, pues donde hay celos hay inseguridad y deseos de posesión. El celoso desconfía de sí mismo y del otro,  por ello despliega conductas invasivas e irrespetuosas con la pareja, como la revisión de mensajes, los interrogatorios de tipo policial e incluso las persecuciones para una posible captura “in fraganti”.

Independientemente de la veracidad de esos temores de infidelidad, el celoso  irrespeta el deseo y la voluntad de la pareja, queriendo controlarla y apoderarse  de ella, reduciéndola sin darse cuenta, a la categoría de un objeto de su propiedad  y olvidando que es una persona, con deseos, pensamientos y derechos propios. Si estas conductas tienen éxito, terminan anulando al destinatario de los celos.

Hay muchas otras formas  de control y anulación que pueden ser ejercidas por uno de los integrantes de la pareja o por ambos de manera recíproca, que resultan  aún más duras y que son dadas por formas rígidas de convivencia, derivadas de gustos y costumbres individuales. Quien desea controlar la conducta del  otro, lo concibe como un traje a su medida, ignorando sus ideas, sus deseos y sus decisiones, sin darse cuenta de que el irrespeto a su pareja tiene como base  el irrespeto a sí mismo.

Si una persona no ve las barreras fijadas por el respeto a los otros,  tampoco puede percibirlas en relación con ella misma, de modo que transgredirá los límites de los demás  y al mismo tiempo, permitirá inadvertidamente que los demás traspasen los suyos.

Todos tenemos características particulares que nos hacen únicos; ellas pueden gustar o  disgustar a los demás, es inevitable. El amor, sin pretender definirlo, implica entre otras cosas aceptar al otro con todas sus particularidades, respetarlo y desear su bien. Sobre las parejas  armoniosas, Simone de Beauvoir nos deja una buena lección: “Hay un secreto para vivir con la persona amada: no pretender modificarla”.

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