(ARGENTINA) La grieta peronista, en su hora de la verdad

El sistema de gobierno más perfecto es “aquel que produce mayor suma de felicidad posible, mayor suma de seguridad social y mayor suma de estabilidad política”. El viejo apotegma pertenece a Simón Bolívar, y los fanáticos del Eje Bolivariano no hacen más que calumniar obscenamente al prócer:  Venezuela es la más acabada y patética antítesis de aquel noble ideario. Raúl Alfonsín fundó la era democrática recitando el Preámbulo en cada ceremonia, pero ciertos radicales y muchos institucionalistas del progresismo permanecen incrédulos, impávidos y por lo tanto cómplices frente a la noticia de que los chavistas locales urden el aniquilamiento de la Constitución nacional. Esa promesa, junto con la desarticulación de la división de poderes y la colonización absoluta de la Justicia, fue pronunciada en público y en varias ocasiones (hay videos) por la propia Cristina Kirchner, pero también por Zaffaroni, Moreau y los intelectuales del Manifiesto Argentino: algunos periodistas la relativizan (tal vez para no perder fuentes en el Instituto Patria y para ganarse una futura amnistía si eventualmente regresaran los rabiosos cruzados contra la prensa) y se solazan, en cambio, con el “tono moderado” de la doctora. Que se ríe secretamente de ellos y de sus ingenuidades y espejismos. En cuanto al radicalismo, suele afirmar Sebreli que lo acosa su propio genoma ideológico, donde conviven Jekyll y Mr. Hyde: una veta republicana mezclada en sangre con una veta populista. Creíamos, no obstante, que la Constitución era un límite; parece que la “política líquida” afloja tuercas y convicciones, y sume a ciertos referentes en una turbia laguna de confusión y laxitud con respecto a su propio legado. Aunque una cosa son los radicales y otra la radicalización; así como es muy distinta la madurez del madurismo.

Parece mentira, pero al peronismo actual lo aquejan también similares dilemas y tironeos. Son tan graves y significativas las dicotomías mundiales entre populismo y república, que la grieta se ha vuelto transversal incluso dentro del movimiento de Perón. En estos pagos y dentro de esa fuerza, aquella disputa se podría sintetizar como la pulseada entre sistema y antisistema, entre la “apuesta democrática” y la “tentación revolucionaria” (socialismo del siglo XXI). El eventual triunfo de Juan Schiaretti en Córdoba es esperado entonces como piedra de toque para un puñado de dirigentes que se plantea rescatar al justicialismo de su deformación chavista. Pichetto, ideólogo de ese sector y ya liberado de su aborrecible disciplina partidaria, se define a sí mismo, y al hacerlo de algún modo perfila al “peronismo alternativo” que pretende librar este singular combate contra las ideas extremas. Para este senador, el PJ debe girar hacia el centro, convertirse en “un partido del sistema”, plantearse como una opción republicana y ayudar a la gobernabilidad. Después de asistir a la conferencia de Felipe González (para el kirchnerismo, un mero “neoliberal”), Pichetto le dijo a Carlos Pagni que inscribe su acción en el “campo democrático”, definición para nada obvia, puesto que descarta tácitamente el llamado “campo popular”, antigua y rediviva concepción nacionalista a través de la cual era posible aglutinar a la “patria” en contra de la “antipatria”. Una partición tajante, un juego dialéctico para facilitar que una Argentina elegida y virtuosa (el “pueblo peronista”) pueda someter a la otra (la partidocracia y el “antipueblo”) en lugar de reconocerla y convivir institucional y alternativamente con ella.

Su segunda definición no es menos relevante: “Maduro es un dictadorzuelo latinoamericano sangriento”, dijo el rionegrino sin pestañear. Y recibió duros reproches por parte de los alfiles cristinistas. Pero no se detuvo allí, hundió aún más el cuchillo al sugerir una autocrítica fundamental: el peronismo se ha entregado demasiadas veces a las efusiones y demagogias de la plaza, y sobre todo a la emocionalidad colectiva. Desde ese inédito reconocimiento histórico, les recrimina a Máximo Kirchner y a sus muchachos cierto galtierismo, cuando ellos afirman a viva voz que no les importan el Fondo ni la deuda, ni los bonistas, ni el mercado. Por la globalización, un diminuto acto de campaña en una recóndita comuna llega de inmediato a Wall Street y mueve el riesgo país y la dolarización, y en seguida, la inflación en góndolas. Rechazar irónica y automáticamente los puntos básicos de un “país normal” que propone el oficialismo, en un contexto dramático de diálogo obligado por el miedo y la psicosis financiera, provoca el mismo tipo de daño y a las mismas clases sociales: al final del proceso, las bravatas tribuneras les salen muy caras a los ciudadanos de a pie. Pichetto, que posee una densidad política difícil de hallar en el gabinete de Cambiemos, habla de “previsibilidad”, rechaza cualquier acto “unilateral y malvinero”, y agrega: “La Argentina emocional nos manda a la noche más oscura”. Queda así planteado un discurso claramente diferenciador, un verdadero desafío. En su novelesco libro de editorial Sudamericana, la Pasionaria del Calafate busca vincular el apellido “Macri” con la palabra “caos”. Parece, sobre todo, un deseo: gobernar sobre las cenizas reivindicaría sus propias administraciones y le dejaría las manos libres para los desorbitados planes de Zannini.

El “peronismo federal” quiere evitar la creación de ese nuevo orden, y actúa también en defensa propia (la venganza será terrible) y en la ilusión de que los “invisibles” (batacazo de los independientes) le regalen una victoria inesperada, pero carece todavía de un líder competente y carga con la ambigüedad oportunista de Sergio Massa, que opera como camaleónico doble agente en ese cañadón abismal que separa a unos de otros. Resulta también crucial aquí la admisión formulada alguna otra vez por Pichetto: el justicialismo del siglo XX jugó en demasiadas ocasiones a representar la totalidad y, por lo tanto, a rozar el totalitarismo. Para quienes creemos que la larga hegemonía peronista formó una cultura acendrada y decadente, y quienes tememos siempre el renovado monólogo del “partido único”, el regreso al poder de cualquiera de las dos vertientes en estas difíciles circunstancias económicas significaría una mala nueva, porque daría argumentos a quienes pretenden convencernos de que solo el peronismo puede gobernar esta nación corporativa y corrupta que se resiste a la normalidad y al fair playrepublicano. Eso no impide discriminar, por supuesto, infortunio de catástrofe. La iniciativa ideada por Pichetto y Schiaretti puede estar plagada de taras y defectos; tal vez se trate incluso de una suerte de peronismo utópico. Pero un movimiento tutelado por el régimen cubano, que quiere arrasar con la Constitución y gobernar bajo los ímpetus de la “juventud maravillosa” y las iconografías y excesos del 45, abriría un trauma sin atenuantes. Una parte de esta sociedad difícil y contradictoria es muy afecta a cacarear la modernidad y aferrarse luego a la anomalía argenta y a la “utopía regresiva” (Felipe González dixit). Y a tomarse de vez en cuando la Máquina del Tiempo: parece que solo en los sucesivos pasados, manipulados por la memoria y por los magníficos escritores de ficciones peronistas, encuentra una especie de falso confort. Ahora los espera allí, en un pliegue temporal y en el colmo de la innovación, el espectro de José Ber Gelbard. Como decía Terenci Moix: “Estamos especializados en una armoniosa repetición del desastre y la estupidez”.

Crédito: La Nación

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