Tejen acuerdos entre macristas y peronistas

Miguel Ángel Pichetto , el único político que habla de las cosas que no se nombran, anunció que él (¿su espacio también?) votará por  Mauricio Macri si hubiera una segunda vuelta entre el actual presidente y la fórmula de  Alberto Fernández y  Cristina Kirchner . Dijo más: que podría haber un acuerdo con el Gobierno, entre la primera y la segunda vuelta electoral, para la administración de un eventual segundo mandato de Macri. Pichetto dividió, por un lado, a la dirigencia política no por pertenencias partidarias, sino por la adhesión a un determinado sistema político y económico.

Pero, al mismo tiempo, advirtió que el poder real en un futuro gobierno del cristinismo estaría en manos de Cristina y no de quien es ahora candidato a presidente por esa corriente. La novedad se completó con un gobierno de Macri que no se sorprendió ante los anticipos de Pichetto. Por el contrario, se manifestó dispuesto a una negociación que podría incluir hasta la integración de peronistas racionales en el futuro gabinete macrista, si el actual presidente consiguiera la reelección. Ciertos peronistas proponen que las negociaciones comiencen ya; el Gobierno se demora en esa gestión política, como se demora siempre.

¿Está realmente Macri dispuesto a abrir su gabinete a dirigentes del peronismo, aunque se trate del peronismo más apegado al sistema democrático? “Está más abierto ahora que nunca antes”, dijeron importantes funcionarios de su gobierno. En esa misma línea de apertura se inscribe también el jefe de Gabinete, Marcos Peña, que abandonó así su anterior intransigencia en conservar a un gobierno de funcionarios propios. De todos modos, el próximo síntoma que señalará que no se trata solo de palabras en vísperas electorales será la designación del candidato a vicepresidente de Macri, que sucederá después del miércoles. Descartado cualquier candidato (o candidata) puro de Pro, descarte que ya sucedió según fuentes inmejorables de la administración, el perfil de ese candidato será importante para percibir el grado de apertura del Gobierno. Si fuera el radical Ernesto Sanz (hay problemas por su reticencia a aceptar) o los macristas de origen peronista Rogelio Frigerio o Emilio Monzó, la línea de apertura sería muy clara. El candidato a vicepresidente difícilmente ayude a seducir más votantes (eso lo hace solo el candidato a presidente), pero puede aportar a la gobernabilidad actual y futura. Y, más que nada, a no espantar votantes potenciales.

De todos modos, algunos funcionarios de Macri están trabajando, con la aceptación explícita del Presidente, en un eventual acuerdo con el peronismo no kirchnerista para establecer un acuerdo sobre decisiones del Estado y sobre la integración misma de un futuro gobierno de Macri. En ninguno de los dos lados ni siquiera se descarta la posibilidad de una negociación para ampliar el número de miembros de la Corte Suprema de Justicia. El Gobierno cree que algunas reformas imprescindibles que deberá hacer, si gana la reelección, tendrán un escollo importante con la conformación actual de la Corte. Una parte significativa de ese peronismo no kirchnerista coincide con las reformas y con la conclusión sobre el máximo tribunal de justicia del país.

El problema de Pichetto no se cifra en la figura de Alberto Fernández, un dirigente al que asegura respetar. La última vez que se reunieron, hace unos seis meses, Fernández le propuso a Pichetto un encuentro y una reconciliación con Cristina. Pichetto le dijo que no. Lo argumentó con razones que luego repitió varias veces: no hay que volver al lugar de donde uno se ha ido. Hay también razones más profundas. Pichetto está seguro de que en las próximas elecciones se elegirá un sistema político y económico, no solo un partido o un candidato. De un lado estarán Cambiemos y el peronismo democrático (el que definió inmejorablemente Juan Schiaretti en Córdoba en su discurso de la victoria) y del otro lado estarán el kirchnerismo y la izquierda, con su nostalgia setentista y sus simpatías por la intervención del Estado en la economía y por países como Irán, Rusia, Venezuela y Cuba, todos gobernados por regímenes duramente autoritarios. En una vereda, democracia plena y capitalismo económico (con distintos matices, según sean macristas o peronistas). En la de enfrente, democracia devaluada, solo formal, y políticas estatistas. Esa será, subraya, la verdadera opción de estos comicios presidenciales. Algunos de esos peronistas racionales aceptan que Alberto Fernández no significa todo lo que anticipa el cristinismo, pero adelantan que el poder real estará en el Congreso, donde reinará Cristina, y no en la Casa de Gobierno.

Pichetto también dio por “desarticulado” al peronismo alternativo y lo culpó solo a Roberto Lavagna de ese fracaso. Le faltó nombrar a Sergio Massa, tal vez porque todavía le queda una esperanza, cada vez más pequeña, de que el exalcalde de Tigre se quede con ellos y no se vaya con Cristina. La coalición de peronistas no kirchneristas, socialistas santafesinos y el partido de Margarita Stolbizer tomaron como un desplante una reciente decisión de Lavagna. Había sido invitado a un encuentro con el gobernador de Santa Fe, Miguel Lifschitz; con el de Salta, Juan Manuel Urtubey; con el propio Pichetto, y con Stolbizer. Lavagna mandó a su hijo. Lo esperaban dos gobernadores, un renombrado senador y una dirigente reconocida por sus investigaciones y por su coraje. No es no. Esa fue la repuesta del hijo, Marco Lavagna, cuando todos lo presionaron para que su padre aceptara unas internas con Massa, Urtubey y Pichetto. En esa reunión se derrumbó uno de los argumentos de Lavagna para no ir a internas con los otros dos peronistas, que consistía en que él tenía aliados no peronistas (Stolbizer, Lifschitz y los radicales disidentes). Son esos propios aliados los que le reclaman ahora que participe de las internas. Los radicales disidentes han desaparecido del lavagnismo después de la última convención: no hay nada más importante para ellos que la disciplina partidaria.

El caso de Massa es el de un suicidio político sin causa, una inmolación sin razón. ¿Es posible en esa Argentina que describe Pichetto dudar entre apoyar a Cristina Kirchner o a María Eugenia Vidal? Imposible. Pero Massa tiene (¿o tuvo?) esa duda. Eso expresa no la plasticidad política de Massa, sino su confusión intelectual y política. Es probable que su obsesión consista en vengarse del intendente de Tigre (su sucesor y ahijado político Julio Zamora lo traicionó hace rato con el kirchnerismo), aunque tenía una solución más sencilla: ser él mismo candidato a intendente de su ciudad. Tales dudas revelan, además, que Massa no estableció todavía si su problema es nacional o municipal. En su documento de ayer, un generoso listado de buenas intenciones, Massa se acercó más a Cristina que a ningún otro. Puso la condición de una “gran coalición opositora”, que le serviría como pretexto en pocas horas más para concertar el acuerdo con la expresidenta. Los otros peronistas no kirchneristas ya dijeron que no volverán al redil de Cristina. Lo cierto es que si Massa proyecta competir en internas contra Alberto Fernández y Cristina Kirchner en el espacio cristinista, alguien le debería advertir que perderá de mala manera. “Será la rendición con humillación, que es lo quiere Cristina cuando triunfa”, anticipa un peronista que la conoce y no la quiere.

Los peronistas no kirchneristas no están jugando un juego condenado al fracaso. La fórmula Fernández-Kirchner dejó a Cristina en la misma posición que estaba antes, unos puntos por encima del Presidente. Ni le agregó nada a Cristina ni le restó a Macri. El aporte de Alberto Fernández es otro: la relativa duda de Massa, por ejemplo. Junio es el segundo mes consecutivo de crecimiento del Gobierno en las mediciones de expectativas sociales sobre la situación del país y de la economía y sobre el propio Macri. Los encuestadores saben que, de no modificarse esa tendencia, las mejores expectativas podrían volcarse a la intención de voto del Presidente. La pregunta sin respuesta es cuándo sucederá eso. ¿Antes de las primarias? ¿Después? ¿Después incluso de la primera vuelta? Macri no tiene perdida la reelección con esos nuevos números. Significa una precaria certidumbre que no estaba hace apenas dos meses.

Crédito: La Nación

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