Dudamel y otros demonios

La hora. Si en algo ha sido exitosa la pestilente revolución bolivariana es en alborotar los demonios que alimentan el caos y atentan contra la convivencia ciudadana. Usando como herramientas el discurso bélico, la impunidad, los privilegios, la anarquía, la ilegalidad y la mentira ha logrado despertar lo peor del ser humano, a pesar de la cínica y reiterada utilización de la palabra amor. Hoy día, el odio, el rencor, la venganza, la angustia, la indolencia, el ensañamiento, la depresión, la envidia y la codicia dan forma a un sentimiento nacional que se refleja en las calles del país y en los callejones de las redes sociales.

Lo sucedido esta semana con Gustavo Dudamel retrata en algo la situación. Después de una posición complaciente y tibia en relación con las actuaciones del gobierno, finalmente emitió una carta titulada “Levanto mi voz” en la que reivindica la lucha estudiantil y rechaza la brutal represión que alcanza 35 muertos y más de 700 heridos. Fue su respuesta al asesinato de Armando Cañizales, ejecutante de la viola que integraba el Sistema Nacional de Orquestas Juveniles e Infantiles. Si bien en este punto se podría revisar la historia para comprobar que sus lecciones no han sido aprendidas (episodio del Holocausto y la persecución sectaria a negros, judíos, discapacitados, homosexuales), lo cierto es que la comunicación del genial músico tiene un valor que debería trascender el pasado inmediato.

En este momento, en que la prioridad única debe ser la recuperación del sistema de libertades (lo demás es bagazo), la patria necesita voces que sean escuchadas por grandes audiencias para que la comunidad internacional sepa al detalle lo que sucede en Venezuela y no pierda interés en buscar fórmulas que contribuyan a la causa de la democracia. Ya el tiempo, la justicia y la propia historia se encargarán de evaluar las acciones de, por ejemplo, Jorge Giordani, Miguel Rodríguez Torres y Luisa Ortega Díaz. Sin embargo, aunque suene repetido, llegó la hora de sumar y no de restar. Incluso porque estos mensajes pueden impactar en ese 10% que todavía mantiene las gríngolas frente al régimen tiránico.

En el caso de Dudamel, muchos le han aplicado el refrán “Tarde piaste, pajarito”, pero en una coyuntura tan delicada como la actual, en la que –sin falsos dramatismos– el futuro está en juego, resulta preferible un pajarito que píe tarde a otro que no píe. Sin aludir a algún padrino.

Credito: El Nacional

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