Cielo y tierra

Sabiendo que las cosas del hombre no le son ajenas a Dios, en los últimos tiempos las celebraciones litúrgicas se han visto conmovidas también por los hechos acaecidos en el país en los últimos tiempos.

Apenas al llegar, uno empieza a ver los sentimientos y actitudes que desencadena el encontrarse cara a cara con el Supremo. Se ve como paulatinamente ha ido incrementándose la asistencia a los templos de cualquier credo, y se ha pasado de las pocas bancas llenas de un domingo cualquiera, a iglesias literalmente abarrotadas por muchedumbres que acuden como tocadas, sea por un llamado de conciencia general, o por esa angustiosa necesidad de buscar consuelo entre tantos problemas que nos asolan. La gente se ha volcado como nunca a asistir a la iglesia, tales son los tiempos que vivimos.

Así se ve entonces a la señoras entradas en años que se arrodillan cerca del altar, y que van desgranando como si fueran perlas valiosas, las cuentas de un rosario ya amarillento de tanto correr por entre esas manos arrugadas que porfiadamente lo deslizan una y otra vez, mientras un murmullo sordo recorre las naves del templo, todas oraciones ininteligibles en principio, pero de las que uno ya conoce el contenido, plagadas de ruegos y peticiones elevadas una y otra vez sin descanso.

También están los recién llegados y poco frecuentadores de las cosas de Dios, que entran tímidos y cautelosos, que se sientan en los últimos puestos mirando para los lados y pendientes de lo que hacen los demás feligreses para ellos hacerlo también y no quedar tan mal parados como advenedizos que son, reconociéndose como tales y expiando sus culpas por ello. Estos por lo general hacen una plegaria silenciosa y discreta desde sus puestos, interrumpidos a ratos por los otros fieles que van llegando y piden permiso acomodándose entre los vacíos, inocentes de ser los involuntarios culpables de hacer tierra en las comunicaciones celestiales de terceros para con Dios.

Hay también feligreses muy disciplinados y selectivos, que escogen rigurosamente la imagen de su preferencia y hacen pequeños corros ordenados alrededor del santo de preferencia. He aquí a los devotos de la Virgen del Carmen, del Nazareno, del Divino Niño, el Santo Sepulcro y hasta del sagrario de las hostias consagradas, que enarbolan su fe y la convierten en escrupulosas relaciones de peticiones movidas por los más diversos intereses: un apuro económico (los más en la actualidad); la cura de una enfermedad, incluida la provisión de medicamentos; por los hijos, para que los iluminen en ese buen camino que los hombres se empeñan en oscurecer; y por supuesto, por la paz y la tranquilidad propias, que de individual ruego, ha pasado a convertirse en petición multitudinaria.

Y empieza la misa con su mensaje tantas veces anunciado y que de sabido se hace necesario repetirlo desde hace dos mil años: Dios vive entre nosotros. Lastimosamente, además del mensaje esperado, se hace también la dolorosa relación de los muertos en las protestas de los últimos meses. Cada domingo se eleva la petición de que la luz perpetua ilumine a aquellas almas que han encontrado el camino del cielo de las formas más dolorosas e incluso indignas, todas ellas ajenas a la intervención divina y responsabilidad absoluta de la imperfecta condición humana, o la falta de esta.

Llega la homilía, cuyo color y profundidad depende de la competencia del celebrante y el compromiso de los fieles con la divinidad. Mientras fluyen los llamados a la paz y a la concordia entre hermanos, es común escuchar los imperativos reclamos para lograr la verdadera justicia social y el reconocimiento del derecho del otro a disentir. Antes no ocurría por esas cosas de la proverbial moderación eclesiástica, pero en la actualidad ya se cuelan entre los “Cristo salvador”, los “María santísima” y los “Dios todopoderoso”, muchos “viva la democracia” y bastantes más “viva Venezuela” acompañados en ocasiones con ondeantes y triunfales banderas tricolor, como personal y espontánea ofrenda elevada al cielo, en cola de espera por oportuna respuesta.

Y termina la misa, en medio del recurrente deseo colectivo de que las plegarias sean escuchadas por el Altísimo, y por qué no, respondidas a su tiempo, que dicen que es perfecto, pero del que no cabe duda que no es el mismo de los hombres.

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