El fracaso de las revoluciones

El expresidente de Perú Alberto Fujimori, durante un acto militar en Lima. PILAR OLIVARES/FILE PHOTO REUTERS

Empiezo a creer que la última revolución que tuvo éxito fue la revolución cultural de Mao Zedong. Aunque provocó más muertes que la rusa, en términos comparativos fue relativamente pacífica, una especie de lavado constante de cerebro, algo que entendieron muy bien los integrantes de la llamada banda de los cuatro, capitaneada por Jiang Qing, esposa de Mao.

El líder chino era un hombre muy complicado que entendía bien el poder. Por eso, nunca confió en nadie, solo al final de sus días se convirtió en un viejo egoísta que se dejó llevar por las ambiciones de su mujer y sus ideólogos. Nunca sabremos el coste real, pero lo que sí queda claro, cuando se contempla su cadáver embalsamado en la plaza de Tiananmen, es que el triunfo de la revolución cultural radicó en que, después de tantos excesos, Deng Xiaoping impuso su idea de dos países, un sistema, y China inició el camino para ser uno de los países más desarrollados del mundo y la primera economía junto a Estados Unidos.

Si se observa el resto de las revoluciones, solo se verá fracaso tras fracaso. Especialmente, las rebeliones de la moral y de la reivindicación que cayeron sobre los hombros de los hijos de la dictadura encargados de limpiar el reguero de sangre que dejaron sus padres. Hay muchos ejemplos. Uno de ellos, el de los españoles que decidieron que el mejor sistema para impulsar su Transición —el mayor éxito desde que la infantería castellana consolidó la conquista de América— sería la democracia. Los españoles decidieron que el precio del triunfo de su revolución sería que las víctimas pidieran perdón a los verdugos y así se pudo construir el éxito de la Transición.

Cuando uno analiza lo que está pasando con los restos de la revolución bolivariana y con las aportaciones de los cubanos, más allá de limpiar la dignidad nacional de los que hablan español frente al gran garrote del Norte, se llega a la conclusión de que las revoluciones no devoran a sus hijos, sino que los buenos sentimientos son incompatibles con la naturaleza humana.

Otro ejemplo es Perú, donde Fujimori fue elegido por su pueblo y, a sangre fría, decidió que para servir mejor a su nación lo mejor que podía hacer era acabar con el orden constitucional por el que había sido elegido. Aunque no fue el primero, Hitler hizo prácticamente lo mismo y por la misma razón. Siempre hay un Reich de los 1.000 años o de los 100 soles. Fujimori impuso orden. Es más, instauró su propio desorden y su propia anarquía por su codicia y promiscuidad en el poder.

Al final, la historia nos enseña que todo Tiberio tiene un sucesor y que todo sucesor resulta peor que cualquier Tiberio. ¿A quién hubiera elegido Fujimori de haber podido? ¿A Alejandro Toledo, a Alan García, a Ollanta Humala? Da lo mismo.

Lo increíble es que pese a la corrupción, el abuso y la vulneración de los derechos humanos, el recuerdo del fujimorismo es lo que hace que siga siendo la fuerza mayoritaria en el Congreso peruano. El hecho de que Ollanta Humala esté en la misma cárcel que Fujimori por un delito de corrupción, uno de tantos que cometió el exdictador, demuestra que las revoluciones no solo necesitan tener una primavera, sino que rara es la revolución que aguanta el paso de las cuatro estaciones sin pervertirse.

En este momento, Perú es el único país que tiene dos expresidentes y una primera dama (Nadine Heredia) en la cárcel, un tercero con orden de captura (Alejandro Toledo) y un cuarto (Alan García) investigado para terminar seguramente en el mismo sitio.

En ese sentido, la revolución peruana no puede considerarse un triunfo. Tal vez su mayor éxito es el de seguir teniendo a personas que creen en las instituciones como el presidente Kuczynski, que no se pone a interpretar las razones por las que algunos presidentes —para quienes trabajó como ministro— se dejaron corromper por Odebrecht.

¿Qué valores quedarán de todas las revoluciones democráticas habidas en América Latina? ¿Qué hacer ahora? ¿Decretar una amnistía para empezar de nuevo creyendo que la revolución tecnológica y las nuevas generaciones serán más limpias? ¿O simplemente aceptar que en algunos lugares lo más difícil de todo no consiste en castigar lo que está mal, sino en mantener el castigo aunque haya pasado un tiempo?

Crédito: El País 

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