Mi hermano está en el exilio

“Qué largo es el pasillo de trasbordo”, comenta Gabriel García Urrutia en uno de sus libros.

Los últimos años han sido agotadoramente difíciles, y esta vez la causa de la melancolía no la lidera la escasez, la inseguridad y las elecciones que no se han celebrado. Esta vez la flecha apunta al exilio, a la distancia, a las familias fragmentadas, al “pronto volveremos a estar juntos”.

A principios de año, el director del Laboratorio Internacional de Migraciones, Iván de la Vega, manifestó que hasta finales de 2016, más de 2,5 millones de personas habían emigrado del país, lo que es igual al 8,3 % de la población.

Hasta esa fecha, me había tocado despedir a grandes amigos, a familiares queridos, pero nada se comparó con despedir a mi hermano en el segundo mes del 2017.

En tu maleta, también te llevaste una parte de mí

Mi hermano me lleva seis años. Mucho antes de tener uso de razón, él era mi referencia inmediata cuando me hablaban de la familia. Él era mis 31 de diciembre juntos, el aceite de mi vinagre, mi compañero de aprendizajes y con la única persona que estoy dispuesta a compartir a mi mamá.

Siempre hemos sido polos opuestos, en medio de las similitudes. Siempre hemos sido hermanos, aunque los abrazos fuesen intangibles.

Los primeros días de enero mi hermano nos informó (sí, eso es lo que hace la gente emprendedora y decidida, informar) que se iba del país. Una reducción de personal lo había dejado sin empleo en noviembre, y quien siempre ha trabajado,  se fastidia fácilmente de no hacer nada.

Mi mamá y yo pensábamos que eran cuentos de camino, hasta que nos dijo la fecha exacta: nos dibujó el panorama. Entonces nos dimos cuenta que la casa pronto nos empezaría a quedar grande, que la añoranza sería parte de nuestros sentimientos constantes, y que a partir de ese momento debíamos empezar a trabajar arduamente para volver a estar “juntos”. Sí, juntos, como si fuese alguna hazaña.

Lo peor que ha hecho este extraño momento por el que atravesamos en Venezuela, es separar familias, fragmentar amores, dibujar distancias donde antes existía unión.

Estás lejos, pero tu cuarto, sigue siendo tu cuarto

Un lunes, después de amanecer juntos –en familia-, mi mamá y yo llevamos a mi hermano al aeropuerto. Él llevaba una gran maleta, un pequeño bolso, y la premura de quien se va sin contratiempos, ligero de equipaje.

La cola para chequearse era larga, pero avanzaba rápido. Nosotros estábamos ahí, al ladito, no queríamos despegarnos ni un instante. Asumo que esa era nuestra manera de decirle, sin pronunciar palabra alguna, que seguiríamos estando juntos, aunque algunos kilómetros nos separasen.

Sobrepeso. La maleta de mi hermano no iba tan ligera como pensábamos; pero mi mamá, quien hace todo posible, hizo que el espacio dispuesto fuese el necesario. Sin embargo, mi hermano “sacrificó” a última hora unos zapatos, porque a su juicio, no había espacio para ellos. Yo insistí, le llevé la contraria y sin que se diera cuenta, los volví a meter en el bolso.

Llegó la hora, parpadeamos dos veces y él ya estaba pasando por migración. Las lágrimas pasaron a ser parte del momento. Recuerdo que abracé fuerte a mi mamá, y lloramos en colectivo, no solamente ella y yo, sino un montón de venezolanos a los que también les había tocado despedir a un ser querido.

Mi hermano entró en cólera cuando vio los zapatos en su equipaje, inmediatamente me llamó, intercambiamos sandeces… y entonces me di cuenta que no lo volvería a ver durante un buen tiempo, y que esa, era la última “discusión” que tendríamos hasta que nos volviésemos a abrazar.

Después…

Cuando alguien se va del país la gente se pregunta  “¿Cómo le estará yendo?, ¿Nos extrañará?, ¿Cuándo regresará?”. Desde que él habita otro país, que aún no es su hogar, yo no he parado de preguntarme: ¿qué hago ahora sin él? Sin sus chistes, esos que antes me parecían de mal gusto. Sin su alegría, sin su presencia, sin su amor.

Desde hace siete meses he adoptado, sin querer, algunas de sus conductas, y luego de todas estas lunas, he concluido que es mi manera de no olvidarlo, y de recordarme a diario que debo seguir trabajando fuerte para volverlo a ver.

Desde ese 27 de febrero, “qué largo es el pasillo de transbordo” hacia tu cuarto.

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