Intentaron que dejara el móvil y yo dije: no, no, no

Acabo de leer una estadística que me ha dejado fascinado. Al parecer, el 43% de los occidentales miramos el móvil a los cinco minutos de levantarnos. Ante este dato, sólo me surgen dos preguntas. Una: ¿qué demonios hace el 57% restante al despertarse? Y la otra: ¿a qué dedican los otros cuatro minutos ese 43% de personas normales?

Ojalá el párrafo anterior fuera una hipérbole. Pero no: desde aquí admito mi adicción a leer noticias en el móvil. Lo hago en el supermercado, en el cine, en los restaurantes e incluso al ir al baño en plena madrugada.

Tengo testigos. Muchos testigos. Y me miran mal.

Pero ahora, al menos, dispongo de un nombre molón para definir mi trastorno. Según la revista Wired, esta adicción es el nuevo FOMO (fear of missing out). Es decir, la versión mediática del FOMO de toda la vida: esa incómoda sensación de que te estás perdiendo algo cada vez que ves tu hilo de Instagram invadido por playas idílicas y desayunos ultranutritivos, mientras tú apuras los restos de la nevera tras levantarte con resaca .

El nuevo FOMO me asalta en la cola del cajero. En las escaleras del metro. En las reuniones de trabajo. Sin darme cuenta, saco el móvil y enciendo Twitter. No busco ninguna información en concreto: tan sólo deambulo de noticia en noticia, de clic en clic, sin leer nada enjundioso. Y todo alimentado por un miedo tan concreto como irreal: perderme algo -lo que sea- que esté pasando.

Una teoría culpa de esta manía al subidón químico que recibe nuestro cerebro con cada pedacito de información que recibe. «Para el cerebro, las noticias son como el azúcar para el cuerpo», afirma Ralf Nobelli, autor de El arte de pensar con claridad (Ediciones B, 2013). «Las noticias son fáciles de digerir. Los medios nos proporcionan pequeños bocados de asuntos triviales, gominolas que realmente no afectan a nuestras vidas y no exigen pensar».

Otros, en cambio, lo ven como una herencia evolutiva. Al chequear nuestro timeline, sentimos el mismo alivio que los miembros de una tribu prehistórica cada vez que se subían a un árbol y comprobaban que no había leones en el horizonte. En tiempos de crisis -real o percibida- ansiamos información que permita adaptarnos a las nuevas circunstancias. Y, desde luego, ahora hay más motivos que nunca para asomarse al árbol: de los atentados de ISIS a Donald Trump… pasando por la posibilidad de que Javier Cárdenas renueve con RTVE.

En realidad, esta adicción no es un problema nuevo. Cada tecnología genera su propia corte de escépticos. Algunos, de hecho, tan renombrados como Sócrates, quien despreciaba a los lectores de libros: «La escritura creará olvido en las almas de los aprendices, porque no usarán su memoria, sino que confiarán en caracteres escritos externos en vez de recordarlos por sí mismos».

Sí: acabo de utilizar a Sócrates para justificar mi adicción. Así de bajo he caído. Porque, vale, igual podría no mirar la pantalla durante una cena con amigos. También me siento capaz de esperar al primer café antes de mirar Twitter. Pero antes muerto que caer en la farsa de las desconexiones tecnológicas: esa moda de apagar tu móvil durante una semana… para seguir igual de enganchado el resto del año.

Porque lo cierto es que me gusta mi móvil. Hace justo lo que promete: darme toda la información que necesito cada vez que la quiero. Y, por cierto, esta última frase la estoy escribiendo en el metro, en la app de Google Docs.

Algunas adicciones, por molestas que sean para el prójimo, también tienen su utilidad.

Crédito: El Mundo

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