El plan rojo

Según cifras difundidas en los últimos días por Provea, entre 30 y 50% de profesores universitarios se están yendo del país y 50% de estudiantes recién admitidos ni siquiera llegan a las aulas. Esto, sumado a la cantidad de estudiantes que se ven en la obligación de abandonar sus carreras para trabajar y poder satisfacer sus necesidades más básicas, o simplemente enrumbarse hacia la emigración, porque la tierra que los parió ya no es un sitio donde puedan vislumbrar un futuro.

Esas cada vez más tristes cifras, engloban una cantidad de posibles profesionales necesarios para la reconstrucción de un país y que lamentablemente, irán a poner su ladrillo en otro lado.

Esos jóvenes que se van, son posibles médicos, que ayudarían a paliar la aguda crisis de salud que vive Venezuela; abogados, que aportarían a la recuperación de un Estado, secuestrado y violado constantemente; ingenieros, arquitectos, urbanistas, que ayudarían a realizar obras con mayores criterios técnicos y menos argumentos demagógicos; filósofos, internacionalistas, politólogos, lingüistas, sociólogos, psicólogos, artistas, historiadores, que desmotarían esa visión perniciosa de sociedad creada por un movimiento “revolucionario”, que solo se enfocó en la degeneración del ser humano.

Esos jóvenes que se van, son los docentes que faltan en este país, para educar a hombres y mujeres con fuertes valores morales y éticos, con voluntad y discernimiento, que jamás se pongan al servicio de la injusticia, ni sean sumisos a valores anacrónicos, como soles en hombros o condecoraciones en el pecho y aprendan verdadero respeto por lo que representan en una sociedad normal, oponiéndose a que los sienten en una oficina administrativa que nada tiene que ver con un cuartel.

Ese 50% de muchachos que no pudieron disfrutar de su cupo en la universidad, pudieron ser economistas, que en el primer semestre de la carrera, cuando se habla de mercado, oferta, demanda, monopolio, oligopolio, elasticidad, pudieron haber echado por tierra las teorías elucubradas de un Gobierno mitómano, que a punta de retórica ha pretendido partir el espíritu de todo un pueblo.

Y no es casualidad, ese es el plan de la cúpula roja. Pretenden que todos los que pueden aportar a la construcción de un país mejor, se vayan, abandonen, no sumen. Ellos están contentos con esta diáspora. Hacen todo lo posible porque diariamente la gente les compre su mensaje de perpetuidad. Sonríen cuando un joven menor de 30 años, le dice a su familia y amigos “no puedo. Me voy. Ellos ganaron. Se apoderaron del país”. Porque allí hay uno menos.

Uno menos que no hablará de democracia ni de república. Es una voz menos, que no se alzará contra la corrupción y el desfalco. Porque ese joven que se va, aunque sigue comprometido con su patria, debe llegar a otras tierras a ganarse la vida, a buscar un techo y comenzar de cero. No es tan fácil luchar como lo hacía aquí. Y ellos lo saben.

Pero el plan no es tan sencillo como quebrar a los jóvenes y negarles la esperanza de un futuro. Ellos avanzaron hacia el adoctrinamiento ideológico y convirtieron universidades en centros de formación psuvista, en las cuales, desde los primeros días le enseñan  a muchos estudiantes a dar las gracias. Y no la mera palabra como buen hábito y costumbre, sino a dar las gracias al gobierno bolivariano por darte educación, gracias a la revolución por darte alimento, gracias al Presidente por darte una beca. Y así de a poco, van convirtiendo a personas, que quizás por ausencia de una formación íntegra desde el hogar, se transforman en simples seguidores ciegos de un movimiento que los manipula.

El plan rojo se contrarresta luchando, debatiendo, resistiendo; demostrándole a los que se creen perpetuos, que el poder no es para siempre y que Venezuela no les pertenece. Y sí, quizás hoy tienen las armas y el control institucional, pero llegará el momento en que se lamentarán haber utilizado su misma Constitución como papel higiénico.

Y si usted en este momento tiene la oportunidad de estudiar una carrera universitaria, hágalo orgulloso de que le está ganando una batalla a la ignorancia pretendida por el gobierno de Maduro. Y si se cansa, busque en su entorno razones para seguir adelante, hasta que sea el espíritu de ellos el que se quiebre. Sin embargo, si quiere tirar la toalla, nadie puede juzgarlo ni reprocharle querer una mejor calidad de vida, eso sí, recuerde que ese es el plan… el plan rojo.

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