De la “gratuidad” de las cosas

El pensador y político francés de primera mitad del siglo XIX, Frédéric Bastiat, define al Estado como “la gran ficción a través de la cual todo el mundo se esfuerza en vivir a expensas de todo el mundo”. Tratemos de ilustrar a qué se refiere Bastiat con esta, en apariencia, dura afirmación.

Imaginemos que cualquier empresa (o persona) quisiera producir un bien o servicio. Producirlo va a costar algo: en materias primas, insumos, herramientas, tiempo, esfuerzo, trabajo, etc. Supongamos que todo eso totaliza 100 unidades monetarias, para usar un número sencillo para la ilustración del caso. Si ahora la persona o empresa desea vender ese producto, y pretende obtener ganancias, deberá venderlo a un precio superior a las 100 unidades monetarias. Si no le interesa hacer ganancias, o incluso si está dispuesto a asumir una pérdida, tendría que venderlo a un precio inferior a las 100 unidades monetarias. Hasta podría regalarlo.

Puntualicemos algo primeramente: independientemente de si el interés de esta persona o empresa sea hacer ganancias o no, el bien o servicio cuesta producirlo; no se crea mágicamente. Y dado que esto es así, alguien debe financiarlo; es decir, alguien aporta los recursos materiales, físicos, intelectuales, monetarios, humanos, etc., para producirlo. No se produce de la nada: sale de la conjunción de estos recursos.

Luego la decisión de venderlo, o de regalarlo por ejemplo, será la operación complementaria con la compararemos el costo de haberlo producido, y así determinar las ganancias o pérdidas, los resultados, de esta transacción. Si se logra vender a un precio, por ejemplo, de 125 unidades monetarias, la ganancia será de 25 unidades monetarias. Si por el contrario, se logra vender a un precio, por ejemplo, de 70 unidades monetarias, la pérdida será de 30 unidades monetarias. Y si la decisión es regalarlo, pues la pérdida será de 100 unidades monetarias.

En el caso en que se logre vender a un precio por encima del costo, al fin de cuentas el cliente terminará financiando con su dinero la producción de este bien o servicio. Dinero que por cierto el cliente tampoco ha producido de la nada; lo ha ganado porque ha ofrecido y vendido un bien o servicio que le agrega valor a la sociedad, y ésta lo compensa. Ese dinero tampoco le ha sido “gratuito”.

En el caso en que se logre vender a un precio inferior al costo, al fin de cuentas el cliente terminará financiando con su dinero sólo una parte de la producción de este bien o servicio. Si se decide regalar el producto, el cliente o beneficiario no financiaría parte alguna del costo del producto, pero igualmente alguien tendrá que financiarlo. No hay creación mágica de cosas.

Por cierto, vale la pena comentar que si el objetivo del productor (empresa o persona) es el de hacer ganancias, o al menos lograr que su emprendimiento sea sustentable financieramente, será de su interés, antes de emprender la producción del bien o servicio, estimar los precios a los que podrá venderlo una vez culmine su fase de producción, para ver si para él es posible producir dicho bien o servicio a un costo inferior al precio posible de venta, y poder hacer beneficios o ganancias. Y en la medida que quiera obtener unas ganancias mayores, deberá ser más eficiente y lograr producir a un menor costo. Esto en economía significa que unos precios futuros e inciertos, determinan los costos en el presente (Teoría de la Imputación de Wieser). Y allí se ve el riesgo que asume este emprendedor-empresario: estimando que vale la pena emprender la producción de este bien o servicio, debe asumir unos costos y producir hoy, en base a unos precios estimados e inciertos, que están en el futuro; y cuando termine de producir y salga a vender el bien o servicio, tiene el riesgo de que pueda venderlo a un precio superior al costo (costos pasados, hundidos), y realizar ganancias, o no pueda venderlo sino a un precio inferior al costo, y tener que asumir tal pérdida. Por esta razón el emprendedor-empresario es merecedor dueño tanto de la ganancia como de la pérdida. Si logra producir algo a un costo inferior a lo que sus clientes están dispuestos a pagar por ese bien o servicio (expresión de lo que para ellos ese producto vale), este emprendedor-empresario le está agregando valor a la sociedad, y es justo reconocer su beneficio.

 

Bueno amigos, por razones de espacio lo dejamos hasta aquí por los momentos. Continuamos desarrollando este tema en el próximo artículo.

Entender de economía política, identificar ganadores y perdedores, nos permite entender por qué no cambia y por qué es difícil cambiar el statu quo.

Rafael Avila

Rafael Avila

Decano de la Facultad de Ciencias Económicas y Administrativas de la Universidad Monteávila. Profesor de la UCAB y el IESA. Ingeniero Civil, UCAB. Master en Administración de Empresas, Políticas Públicas y Finanzas, IESA. PhD. in Economics de la SMC University, Zug, Suiza.
Rafael Avila

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