El preludio del saqueo de sardinas

Alrededor de 30 personas, hombres, mujeres y niños, se lanzaron al agua con tobos en mano en dirección a un bote pesquero, que regresaba de la faena cargado de sardinas. Los navegantes ni siquiera tuvieron tiempo de anclar su cargamento a la playa, porque el tumulto hambriento con todo su peso y desesperación se hizo con la embarcación a pocos metros de la orilla, donde el nivel del mar llega hasta la cintura.

Los saqueadores llenaban con presteza sus pozales, hasta que el brillo plateado de los pececillos desapareció de la cubierta y la lancha terminó de hundirse. Todo esto transcurrió la tarde del 18 de enero, bajo la mirada expectante de los pescadores. Un acontecimiento sin precedentes en la Isla de Margarita.

El primer mes del año es difícil para todos, los negocios esperan reabastecer sus anaqueles tras la temporada decembrina y los asalariados buscan estirar sus sueldos. Pero quien visitó La Perla del Caribe este diciembre, sabe que se trataron de las navidades más difíciles hasta ahora. “Hoy estamos sin combustible para automóviles y embarcaciones, al menos ustedes pudieron llegar a la isla”, dijo el taxista José, un caraqueño enamorado del salitre y habitante de Margarita desde hace 10 años.

El 21 de diciembre se paralizó el transporte marítimo y terrestre en la ínsula por el desabastecimiento de gasoil, gasolina y lubricante, un asunto acarreado desde septiembre y que afectó al acopio de comestibles y demás rubros en Margarita. Con esta noticia, José recibió a sus primeros pasajeros nocturnos. Eran las 11:30pm, fueron 30 minutos desde el puerto de Pedregales hasta Pampatar, la lluvia arreciaba, el taxista se quejaba de su tanque medio lleno (o medio vacío), de las largas colas para conseguir carne, del costo de la hallaca, de la delincuencia cometida contra turistas, del hambre de sus vecinos…”pero bueno, disfruten de sus vacaciones”, se despidió al bajar el equipaje de la maletera del carro. Los cuatro pasajeros tomaron sus bolsos, cansados de la incesante charla sobre la crisis que los perseguía desde Caracas.

La última visita de la familia a la isla fue hace cinco años. La recordaban próspera, en una interminable fiesta abarrotada de visitantes extranjeros y nacionales, amplia propuesta gastronómica así como cultural, rebajas y una nutritiva vida comercial. Las fiestas decembrinas se celebraban en el bulevar del centro, pero no esta vez. En esta oportunidad visitaban otra versión de Margarita.

El itinerario familiar dio inicio el jueves 22 de diciembre. En la mañana recorrieron las calles desnudas de Pampatar, varios metros separaban a un transeúnte del otro, muchas tiendas se encontraban cerradas, quebradas o en liquidación, aunque Camila, la madre, advirtió el trabajo abnegado de los perrocalenteros, quienes daban la impresión de nunca haber sentido la necesidad de echar un sueño en su vida. No tardó en darse cuenta de que la comida rápida callejera aún mantenía la tradición de trabajar en horario corrido. Ellos y los locales chinos.

Soledad y el rumor de música lejana. Algunos bares y bistros del centro de la ciudad estaban abiertos, recibían clientes en su mayoría extranjeros con grandes cantidades de bolívares en efectivo en sus morrales y carteras. En diciembre del 2017, arribaron semanalmente 500 colombianos a Nueva Esparta, quieres eligieron la isla como su lugar de descanso por la temporada, estas eran visitas impulsadas por una operación de vuelos chárter de Avior, en alianza con el gobierno de la isla.

Con el sol del mediodía la familia se acomodó en las sillas de playa El Yaque. El sol era más intenso con el reflejo de las aguas transparentes y la arena blanquecina, parecía un espectáculo dado solo para ellos. 30 toldos vacíos de izquierda y derecha daban la sensación de estar en un recinto privado. “El día siempre se aclara en Margarita”, les comentó un muchacho que vendía ostras recién pescadas. Apenas una veintena de turistas disfrutaban del retrato natural de la playa.

Los mesoneros se acercaban a los toldos a informar lo que no había en los restaurantes de la zona y que si deseaban esperar, a lo mejor llegaba un nuevo cargamento de pescados. El tema del combustible persistía.
Camila se preguntó dónde se escondían los lugareños, porque los visitantes parecían ser los únicos en la isla, pero al día siguiente constató que estos pasaban la mayor parte de su día en largas colas para conseguir carne, pollo, carbohidratos o gasolina. Por otra parte, los supermercados de los centros como Rattan exhibían sus anaqueles llenos, con unos precios tan elevados que solo se divisaban turistas e insulares pudientes. Aquí, una gran brecha separa a los ricos del resto.

“Es un privilegio vacacionar en crisis”, dijo el padre el 23 de diciembre a la entrada del emblemático parque de atracciones. 6:00pm, 7:00pm, 8:00pm…alrededor de 20 personas ingresaron al recinto en toda la noche. Un tercio de los juegos estaba fuera de servicio, los bombillos quemados y la misma canción sonó repetidas veces para el mismo público. El júbilo y la multitud del pasado se quedaron ahí, en el pasado. La gente solo tiene tiempo de hacer una cola a la vez, y no sería desperdiciado en el entretenimiento.

Los días siguientes fueron una refracción de los anteriores: el domingo de Noche Buena se sumió en el silencio colectivo y la visita a la isla de Coche recibió a la familia con una aglomeración amotinada por entrar en la única embarcación que los conectaba con Margarita, además de eso, solo un par de carros estaban disponibles para trasladar a las distintas playas, era el negocio de vecinos que compartían el mismo lubricante de motor.
“Y aquí es donde ve lo que se comió la crisis, el turismo en isla más bonita del Caribe está en jaque”, dijo el vendedor de toldos como respuesta a la pregunta, “¿pero tienes punto?”.

Camila supo que estas serían las últimas vacaciones en mucho tiempo, sus hijos estarán esparcidos en distintos países en cuestión de meses mientras que su marido y ella empezarán a estirar el sueldo en enero. Al menos tuvo un par de horas para recostarse en la sombra y admirar los azules de la ínsula cochense, ahí donde el mar y el cielo se juntan, lo único que permanecerá intocable tras el paso de los gobiernos, la inflación y el desasosiego de sus habitantes. Sin saberlo, la familia presenció el preludio de una miseria más penetrante, esa que causó el saqueó de sardinas en el primer mes del 2018.

O. Rendón Azuaje

O. Rendón Azuaje

Estudiante de Comunicación Social de la Universidad Santa María, con especial interés en los temas de sociedad, conflictos, y la narrativa de historias individuales que hacen a la ciudad.
O. Rendón Azuaje

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