Biencuidao

Todos nos hemos tropezado con uno de ellos. Como por arte de magia, salen de debajo de las piedras apenas estacionamos el carro y nos bajamos de él. Algunos andan un tanto andrajosos, por lo que a primera vista pueden resultar amenazantes; otros, por el contrario, parecen ejecutivos portando libretas y papelitos, que diestramente colocan en los parabrisas para demarcar sus “zonas” de trabajo y diferenciarlas de la competencia. Se trata de los conocidísimos “cuidacarros”, o como familiarmente se les conoce, los “biencuidao”.

Los vemos llegar desde lejos, apenas apagamos el carro. El “biencuidao” de turno, se dedica a andar la cuadra de arriba hacia abajo, pendiente de los potenciales clientes que tendrán la suerte de estacionar en sus predios. Por lo general, calculan al ojo por ciento sus tarifas, y dependiendo del modelo y del año del carro, fijan el monto de sus servicios. Pero hay que estar claros: lo que cobran no es precisamente por un supuesto servicio que prestan, sino por esa especie de chantaje emocional al que nos someten, cuando como quien nos quiere la cosa, se presentan y nos hacen ver que si no pagamos… dejando lo demás a la imaginación.

Claro, no todos estos personajes son de la misma estirpe. Los hay francamente intimidantes, y que se aprovechan de la candidez de algunos conductores para sacar provecho de la desdicha de estacionar en la calle, y más en estos tiempos. Así vemos que se nos acerca un tipo que llega, apenas habla, apenas nos mira, señala el carro, nos señala a nosotros, y debemos darnos por enterados sin aviso y sin protesto que hay un acuerdo entre las partes involucradas, que implica una obligación de dar (nuestro dinero), y una obligación de (no) hacer por parte de él, todo por una módica suma que no empobrece ni enriquece a nadie.

Por otro lado, los hay que son fijos, casi que residentes en el área de estacionamiento. Abundan en muchas urbanizaciones, en las que algún necesitado, con la anuencia de los vecinos de la cuadra, se dedica con todo esmero a servir a los afortunados que cuentan con sus servicios. Además de cuidar esmeradamente de los carros, por una pequeña suma adicional, los lavan y hasta realizan trabajos de mecánica ligera. Como si fuera poco, hay algunos que desbordan amabilidad, y agradecidos por la receptividad, despliegan otro tipo de atenciones a su repertorio, como hacer mandados, cargar las bolsas de mercado y otras pequeñas tareas.

Como ya dije en líneas anteriores, están algunos que se caracterizan por su perfil ejecutivo, que se distingue apenas hacen acto de presencia en el sitio. Como si estuvieran haciendo una experticia, llegan, examinan el vehículo y garrapatean rápidamente unas palabras en un papelito, el cual es colocado cuidadosamente en el parabrisas delantero. Esa es la seña para avisar a sus competidores de que el carro en cuestión ya está bajo cuido y que más vale que no se acerquen a él. Estos personajes son ubicados frecuentemente en sitios de alto volumen tráfico, como centros comerciales.

Entre estos, los hay que se desviven en ceremonias y protocolos dedicados a sus clientes más frecuentes, y es común escucharlos dirigiéndose a aquél como “doctor”, al otro como “ingeniero” y al que menos puja como “maestro”, siempre esperando por la correspondiente recompensa al esfuerzo y atención prestados a la encomiable labor de cuidar carros ajenos a lo largo de cien metros de acera y bajo el inclemente sol citadino.

Uno mismo ha sido víctima de algunos más desvergonzados, que pueden llegar hasta el extremo de decirle con su mejor cara de tabla, que no estacione el carro allí o de tal o cual manera, como si contara con algo que documente la propiedad que ejerce sobre la acera que tuvimos la mala suerte escoger para estacionar nuestro carro.

Y entonces, como si hubiéramos violentado alguna norma no escrita con respecto “al decreto nacional que regula los espacios urbanos y públicos ocupados por vehículos estacionados mientras el dueño hace una diligencia”, el tipo nos arma un lío, absolutamente convencido de que nosotros (sí, los malvados que manejamos y que salimos de casa cada día con el corazón en la boca para que no le pase nada al carrito), estamos coartando abiertamente su derecho a jorobarle el día al primer cristiano que pase.

No nos queda de otra que volver a montarnos en el carro e irnos de allí, no vaya a ser que la cosa pase a mayores. O mejor, la próxima salgo a pie.

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