No es el director técnico, es la corrupción

“Si no peleas para acabar con la corrupción y la podredumbre,

acabarás formando parte de ella”

Joan Baez

La corrupción es como un virus que destruye todo lo que toca. Es arrasadora como el fuego, con la diferencia de que a este podemos darle utilidad, como el de la luz, calor, seguridad o para cocinar los alimentos. La corrupción es un mal social, y por tanto, es etérea: no podemos verla, atraparla en una caja, y saber dónde nace o cómo crece. Tampoco tiene ninguna utilidad, como no sea para esparcir el daño. Y a pesar de que lo sabemos está en todos los ámbitos cotidianos: en lo político, social, económico, religioso y hasta en lo deportivo.

Veamos el fútbol italiano, por ejemplo. Teorías hay, desde las más sensatas a las más locas, que explican el porqué una selección como la azzurra está fuera de la cita mundialista del balompié. Son varias las generaciones que no habían vivido un acontecimiento como este, y muchas serán las que probablemente no verán que esto se repita.

Desde mi punto de vista, para explicar lo que pasó tenemos que remontarnos al año 2006, cuando se coronó Campeona del Mundo por última vez. Se dio la paradoja de que aunque ese año se alcanzó la gloria, el escándalo ocasionado por la compraventa de partidos, el llamado “calciopoli”, había devastado la liga nacional de primera división. Diga lo que diga, me quedaré corto si intento explicar el estupor que me ocasionó conocer los detalles —los que la prensa publicó— sobre el amañamiento de los partidos, el soborno a los árbitros, la financiación de la mafia y el tráfico de influencias, entre otras perlas. No fue de extrañar que el 10 de la selección italiana, Francesco Totti, con solo 29 años y tras ganar la copa Mundial, anunciara su retiro de la Selección. Todo indica, y los hechos lo demuestran, que la medida fue oportuna para evitar salpicarse de lo que ya se venía encima. Desde ese momento, todo fue en picada.

Los azzurri quedaron eliminados amargamente de la Eurocopa 2008, en cuartos de final, contra la que ya se perfilaba como todopoderosa selección española. Como perdieron contra el favorito, en realidad no hubo demasiado revuelo, además de que haber llegado a cuartos era algo más que meritorio. Pero en 2010 fue el infierno al no haber podido pasar de la primera ronda. Los comentarios más duros contra la selección recayeron en el técnico Marcello Lippi, a quien culparon por no renovar la plantilla y llevarse prácticamente el mismo equipo con que ganó el mundial cuatro años antes. En la Euro 2012 llegaron a la final, dejando buenos sabores de cara a la cita mundialista. Con esa esperanza arrancaron el mundial Brasil 2014, y entonces cayó la oscuridad: toda la culpa se la llevó el técnico de entonces, Cesare Prandelli.

Con ese telón de fondo, la descomposición y destrucción tuvo su clímax en las eliminatorias al mundial de Rusia 2018, al quedar eliminados por Suecia en un humillante repechaje. Esta vez la prensa no se contuvo más y despotricó contra los jugadores, a quienes acusó de no defender la camiseta ni el honor de la Tetracampeona. Es posible que algo de verdad hubiese, porque el primer efecto que tiene la corrupción es la pérdida del respeto y de la identidad hacia quien se representa. Tras la oncena, las acusaciones fueron por otras cabezas: directamente a la Federación, al Ministerio y a toda la estructura.  

Quienes conocen el caso recordarán que en ninguno de los años anteriores salió a relucir la corrupción hasta que fue demasiado tarde o demasiado obvio. Ese es su signo: es silenciosa, y quien se hace cómplice de inmediato forma parte del sistema dañado. Corroe hasta el hueso, y los signos solo se hacen visibles cuando la enfermedad ya es demasiado grave. El resto es historia.

Espero que esta bomba que le explotó en la cara a muchos, sirva para desmantelar ese cáncer de una institución antes prestigiosa y fructífera como la Federación Italiana Gioco Calcio (FICG). Estoy seguro de que si se dan los pasos adecuados, los tiempos dorados de la Azzurra y la Serie A italiana volverán más pronto de lo que podemos imaginar. La corrupción puede detenerse, pero para hacerlo hay que remover todo el sistema. Habrá que ver si ese sistema tiene la voluntad necesaria para hacerlo.

 

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