La bendición

Ese día, por alguna razón, perdí el transporte del colegio, y cuando ya me disponía a disfrutar feliz mi inesperado día de asueto, escuché la voz de mi madre decir: “arréglate que te voy a llevar, no puedes perder clases”. Tomamos el autobús hasta el centro de la ciudad y de allí caminamos por la calle Colombia hacia arriba. Faltando una cuadra, divisé el busto de Don Bosco que se asoma vigilante en la parte superior del edificio, me desprendí  de mi mamá y pegué  una carrera que no detuve hasta llegar a mi salón de clases del tercer grado “A”.

Todo el orgullo y satisfacción que pude haber sentido por esa extraordinaria carrera se me esfumó en el momento en que me percaté  que no me había despedido de mi mamá ni le había pedido la bendición.  Sentí deseos de levantarme y regresar, pero ya era tarde. Ese momento de “olvidar la bendición”, quedó grabado en mi memoria quizás como uno en los que por primera vez experimenté la emoción de la tristeza.

Crecimos pidiendo la bendición a nuestros padres, abuelos y tíos. Lo hacíamos apenas nos levantábamos, al salir o llegar a la casa y antes de ir a dormir en la noche. Había otro momento muy particular en que mi madre nos enseñó  y era cuando el reloj sonaba las doce del mediodía. A esa hora en nuestra casa resonaba un repicar de bendiciones de diferentes timbres, desde los más grandes hasta los más pequeños corríamos hacia mi mamá gritando: ¡bendición!..¡bendición!..¡bendición!  Una costumbre que no he conseguido en otras familias venezolanas, y siempre me preguntaba:  ¿Porque pedir la bendición diariamente a las doce del mediodía?   Como éramos tan numerosos,  – nueve hermanos-, la única explicación que se me ocurre es que era una especie de “inventario” que realizaba mi mamá, de pasar lista y estar segura de que estábamos completos y que todos estábamos bien. 

Las bendiciones de los padres, cuando se interiorizan con fe, son muy efectivas. Con ellas siempre me sentí protegido y acompañado. Muchos desenlaces a lo largo de mi vida, que pudieran atribuirse a golpes de buena suerte, realmente no lo fueron, resultaron del esfuerzo, del buen proceder y de ese espaldarazo del que siempre andaba a mi lado a solicitud de mis padres cuando me dicen:”Que Dios te bendiga y te acompañe”.

Son variadas y múltiples las bendiciones que recibimos de Dios, pero esas bendiciones invocadas por nuestros mayores tienen un alcance extraordinario, que quizás algunos no valoran, porque al hacerlas de manera automática  y repetitiva, le van perdiendo el significado. Pero cada vez que nuestros padres nos dan su bendición, nos están cubriendo con el manto de Dios, debemos asimilarla y apreciarla con respeto y amor.

En mis limitadas investigaciones con personas de otras nacionalidades, no he conseguido otro país en donde los padres acostumbren a dar bendiciones como se hace acá. Mi profesora de italiano, una napolitana que tan pronto llegó se enamoró de Venezuela,  me comentaba que una de las tantas cosas que le encantó de éste país, fue precisamente ese gesto de los venezolanos de pedir la bendición a sus padres. Le pareció siempre un acto sublime de amor. No aprendió eso en su Italia natal, pero lo adoptó y ahora la imparte feliz a sus hijos y nietos. 

Esa concesión tan especial que se nos ha otorgado a los venezolanos de poder impartir bendiciones, es en sí misma una bendición de Dios. Desconozco desde cuando la comenzamos a practicar, pero  en los tiempos actuales ha adquirido una relevancia especial, cuando millares de nuestros hijos están emigrando y muchas veces ni siquiera sabemos cuándo los volveremos a ver, no nos queda otra que darles nuestras bendiciones. Ellas mitigan la tristeza que produce sus ausencias y nos reconforta la confianza de saber que los estamos dejando en buenas manos, que si no se zafan de ellas, siempre  encontrarán buen camino para transitar.  

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