El empresario es emprendedor; el trabajador, clase media, y el capitalismo, economía de mercado
Enmascarar la realidad

Manifestantes en la Puerta del Sol el 1 de octubre de 2017. JAVIER SORIANO/ AFP/ GETTY IMAGES

Una cosa son las noticias falsas y otra la distorsión del lenguaje, aunque ambas pertenecen al mismo territorio de la posverdad (“distorsión deliberada de la realidad, que manipula creencias y emociones con el fin de influir en la opinión pública y en actitudes sociales”). Los hechos alternativos y el enmascaramiento de la realidad reemplazan a los hechos genuinos y a los auténticos significados de las palabras, y los sentimientos tienen más peso que las evidencias palmarias. Más allá de las fake news, cuanto más se manipula el lenguaje, mayor es el deterioro de la democracia, cuya fortaleza radica en la transparencia, la claridad y la verdad.

Existe una serie de conceptos a nuestro alrededor en el mundo de la política, la economía y lo público que, siendo utilizados masivamente, contribuyen a esa manipulación del lenguaje que debilita la calidad de la democracia y contribuyen a destruirla o a debilitarla. El ensayista Nicolás Sartorius ha escrito un breve diccionario de los engaños (La manipulación del lenguaje; Espasa) que explica ese hilo invisible entre las palabras y la movilización de las conciencias que puede originar los cambios, buenos o malos: quien controla la difusión, la transmisión o la comunicación de las palabras adquiere un gran poder. “Brotes verdes”, “crecimiento negativo”, “derecho a decidir”, “España nos roba”, “indemnización en diferido simulada”, “reformas estructurales”, “regularización fiscal”, “riesgo moral”, “vivir por encima de nuestras posibilidades”, etcétera, son algunas de esas nociones que tienen su propia densidad física y cuyo desarrollo, en uno u otro sentido (a veces se utilizan en contra del sentido común), puede ser beneficioso o catastrófico. No es verdad que las palabras se las lleve el viento, sino que pueden provocar aludes o sostener distintas arquitecturas políticas.

El capitalismo se ha esfumado y ha sido sustituido por la economía de mercado; los capitalistas (los empresarios) desaparecen y son sustituidos por los emprendedores; los obreros, trabajadores o proletarios se han desintegrado y han sido sustituidos por las clases medias. La ingeniería lingüística ha hecho morir a la sociedad de clases.

Se externalizan determinadas funciones y se anula la fuerza de trabajo que se necesita, sin asumir las obligaciones que comporta la relación laboral (pago de salarios, reconocimiento de antigüedad, derecho a vacaciones, cotizaciones a la Seguridad Social, indemnizaciones en caso de despido, jornada laboral, horas extras, sindicación, etcétera). Se transforma lo que debería ser un contrato de trabajo en un espacio de relación mercantil desigual en el que el carácter protector de la relación laboral se esfuma por completo.

Las “armas inteligentes” son aquellas que deben matar a los malos y perdonar la vida a los buenos, y al “banco malo” se le endosan los activos tóxicos del resto de las entidades que de esta forma se convierten implícitamente en bancos buenos. La “confianza” se atribuye siempre a los mercados, para lo que hay que hacer siempre las mismas cosas: bajos salarios, deterioro de las pensiones, reducir el papel del Estado, flexibilizar el mercado de trabajo, etcétera. Ello aumenta la confianza de los mercados, pero también la desconfianza de los ciudadanos, hasta tal punto que se debería proponer una nueva definición del concepto: esperanza firme que se tiene en que, para satisfacer el beneficio y bienestar de una minoría, hay que perjudicar seriamente a la mayoría, de tal suerte que la confianza de aquellos se transforma en la desconfianza de estos.

Las manipulaciones del lenguaje en las democracias no ofrecen un enmascaramiento tan generalizado como en las dictaduras (el franquismo se autodenominaba “democracia orgánica”). El filólogo alemán de origen judío Victor Klemperer ofrece en sus diarios un estudio de referencia de las perversiones lingüísticas impuestas por el Tercer Reich. El marxista italiano Gramsci desarrolló las relaciones entre el lenguaje y el concepto de hegemonía cultural, un conjunto de percepciones, explicaciones, valores, ideas o creencias que llegan a ser vistas como la norma de la sociedad, transformándose en estándares de validez universal, cuando en realidad son valores, ideas, creencias… solo de los grupos manipuladores.

Crédito: El País 

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