La final más larga del mundo

El 30 de octubre clasificó River Plate y Boca Juniors hacía lo propio el 31 para regalarnos la final del mundo. Un hecho inabarcable para el fútbol sudamericano: los dos equipos más grandes de Argentina se enfrentaban en el torneo que todos quieren luchar para presumir en sus vitrinas. Tanto se dijo de la importancia, de la vitalidad de una victoria y la carga de la derrota. Era imposible pensar en perder, porque esto sobresale de la cancha y se sumerge en la vida diaria, en la historia y en el imaginario de los vencedores y los vencidos.

El primer partido se planificó para el 10 de Octubre en la Bombonera, aposento de Boca Juniors, pero existió un torrencial que cubrió la ciudad de Buenos Aires, impidiendo su realización. La logística del encuentro se tuvo que posponer y el gran aparataje que viste al espectáculo del fútbol se desmontó ese día sábado para revitalizarse al día siguiente.

El fútbol está repleto de códigos que nadie fuera de este mundo, tan abarcador y tan especifico, parece entender.  La mayoría trata de establecer estos símbolos como un reflejo de las problemáticas sociales, de la falta de estudio, de la pobreza indiscriminada y de la represión invisible ante las clases populares que se distribuyen en la tribuna. Y, ciertamente, el ámbito que rodea al mero juego posee extractos de su contexto pero se ha establecido un nuevo espacio con unos códigos específicos.

El 24 de noviembre River Plate recibiría a su rival, Boca Juniors, para definir el partido de vuelta de la final de La Copa Libertadores. El día soleado se transformaba en el zaguán que nos guiaría a un momento histórico: el estadio se encontraba con la boletería agotada, miles de fanáticos estaban esperando con ansías el comienzo del partido y la marejada de hinchas de River Plate caminaba desde sus hogares para reunirse en las tribunas del Monumental y vivir un día anecdótico. Pero todo se derrumbó: el bus que trasladaba a los jugadores de Boca Juniors se vio brutalmente agredido a su llegada al estadio, resultando con varios futbolistas agredidos, con vidrios en sus rostros y diminutas gotas de sangre que manchaban el uniforme y con los pulmones tapados por el gas que la policía había rociado para disipar a las hordas fanáticas.

El partido se pospuso. La conversación entre los dirigentes y los entes encargados fue unánime. Pero esto nos ha vuelto a reunir en una problemática constante: la violencia en el fútbol. No es algo que haya ocurrido sólo en este encuentro, es un germen que nació hace mucho tiempo y  que evolucionó a partir de su expansión por todo el mundo. Se habla del deporte como resultante de una sociedad violenta, donde los valores se han perdido y la moral está pisoteada, pero más allá del hecho social, es necesario examinar los códigos futboleros, porque aunque son externos al juego, construyen la parafernalia de símbolos que lo hacen el deporte popular. Cada dirigente cuando ocurre un hecho violento culpa a los mismos “diez o quince desadaptados”, reduciendo la responsabilidad del cúmulo de identidad que representa el equipo. Siempre son pocos, nunca son todos. Pero entre pocos y pocos se va sumando una gran cantidad de “desadaptados” que deambulan sobre el fútbol. A veces se miran arriba, manejando los hilos entre las gradas y las sillas, otra veces se ven abajo infringiendo dolor a su contrario.

El individuo suplanta su relación social y los elementos que lo construyen por esta existencia paralela, mas no periférica, ya que se adueña de los mismos códigos de interacción y poder que posee la sociedad y los reduce a la cancha, pero sin despojar a la persona de su realización social establecida. El individuo se mantiene deambulando entre estos espacios paralelos que poseen diferentes y, a su vez, parecidos códigos de representación, relación y poder. “Lo futbolero” extrae y reconfigura una serie de códigos sociales y los establece dentro de un espacio determinado. Por ejemplo, en una hinchada el poder se determina de tres formas: violencia, influencia y durabilidad. Los personajes que son “dueños” de este poder representan estas características y establecen su posición a través de distintas maneras. La identidad del “hincha” se establece en los trapos (banderas alusivas), bombos y cánticos. La camiseta es intocable y el escudo es la nueva cruz.

A partir de lo sucedido en la final de la Copa Libertadores se hicieron visibles las problemáticas que sufre el deporte en general. No es solo en Argentina, ocurre en el resto de Latinoamérica y algunos países de Europa. Al reconfigurarse los códigos sociales en los límites que representa lo futbolero, es claro que lo mundano, aquello que destroza desde sus entrañas a la sociedad, es replicado y reconfigurado dentro del estadio. Los niveles de poder que se establecen en la cancha se construyen a través del mito de la violencia; aquel que tenga mayor fuerza y que generé una mejor respuesta ante el enfrentamiento será el que tenga la batuta y la predominancia discursiva para crear una burla sobre su rival. Aunque es sorprendente para aquellos que encendieron el televisor para presenciar un espectáculo deportivo, es pertinente recabar en la idea de la costumbre y del folklore creado a partir del hecho violento, porque el fútbol argentino posee, contabilizadas en salvemosalfutbol.org, una totalidad de 328 víctimas mortales por diferencias, problemas con la policía, enfrentamientos o emboscadas. De igual forma en Europa hay un inmenso registro de violencia y muerte que se cierne sobre el fútbol de ese continente. La problemática no es contextual, es general, por eso el núcleo de la violencia no está en las falencias sociales, sino en lo futbolero como código de representación.

El fútbol argentino es el génesis del folklore: el colorido que enarbola las tribunas llenas de almas exorbitadas que cantan, que saltan, se abrazan y se aglomeran en una gran voz que retumba el suelo; la murga, que representa la instrumental que da compás y ritmo a las voces desenfrenadas y los trapos o banderas que son el símbolo de identidad. El folklore del fútbol genera el nombramiento de la “pasión sin límites”, de los símbolos de fraternidad que resquebrajan las diferencias sociales y de una serie de características que establecen a lo futbolero como un estado superior al juego. Pero esta “pasión sin límites” y el simbolismo de la vida codificada a través del fútbol ha hecho que la violencia, como elemento intrínseco en la naturaleza social, se agrave en el deporte. No es que el fútbol genera violencia per se, es que en él la conducta humana y el comportamiento social se expande. Porque las hinchadas o las conocidas “barra bravas” están conformadas por una amplia gama de individuos sociales que liberan su naturaleza, que se encuentra reprimida, en la tribuna. La gran masa que camina junta le brinda al desamparado fuerza y algarabía, le da seguridad ante el acabose. El folklore se encuentra apartado del juego, es un estado de referencia y establecimiento para el individuo, con códigos que no se mezclan con lo ocurrido en la cancha, sino con la cultura futbolera que se define en la tribuna. Por ende, la violencia repercute en el fútbol pero nace en lo futbolero, que son dos estados distintos de un mismo espacio o elemento. El juego se desestructuró como signo de recreación y adoptó las cargas simbólicas de la naturaleza humana. Y, para realizar un cambio, tiene que establecerse una diferencia entre lo social y lo lúdico.

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