La vocación docente no es voto de pobreza

Docente, guía, profesor o sencillamente maestro (como llamaban a Jesús de Nazaret), son los términos empleados para referirnos al profesional encargado de formar las nuevas generaciones. En este sentido, todos, absolutamente todos hemos tenido un maestro, incluso aquellos que nunca han pisado un aula.

El maestro cumple un rol social, la comunidad lo aprecia por su abnegada labor diaria, por su entrega y pasión en cada clase. Es un profesional que simboliza las buenas costumbres, la ética y los buenos procedimientos, todo ello muy bien decorado con una sola palabra; vocación.

La vocación profesional es el deseo manifiesto por desarrollar una carrera específica, de manera que; para ejercer cualquier profesión y hacerlo lo más decorosamente posible es necesario sentir alguna atracción o placer por esa actividad, de lo contrario el resultado será bastante frustrante. Pese a ello, con mayor frecuencia la expresión vocación (cuando no se refiere al plano religioso) es endilgada exclusivamente al gremio docente, es decir; pareciera que sólo el profesional de la enseñanza debe tener vocación para ejercer su trabajo. Esta situación ha generado una serie de malas interpretaciones, creando alrededor de cualquier profesor una especie de aura divina que le impide realizar ciertas actividades o demandar ciertas cuestiones, como la remuneración por el desempeño de sus funciones.

Un docente que abandona el aula para marchar y exigir un sueldo digno (el que le corresponde como un profesional integro) no es un especulador, pesetero o inmoral, todo lo contrario; es un especialista que espera en cada quincena encontrar en su cuenta bancaria el monto correspondiente a su formación académica, y eso no lo hace mejor o peor docente.

El maestro no puede cobrar por su conocimiento, es otro de los grandes mitos que corren sin control alguno. Si nuestro vecino tiene un hijo que va muy mal en matemáticas y me solicita ayuda como profesor del área, yo tendré dos escenarios posibles: a) ayudarlo gustosamente y b) ofrecerle mis servicios como profesional y acordar un valor a las horas que dedicaré diariamente en la formación personalizada con su hijo. La segunda opción será catalogada como una acción desproporcionada y carente de ética, sin atender que el maestro no es un monje y no ha realizado ningún voto de pobreza, es un profesional con un conocimiento cotizado en el mercado académico y que utilizará conforme a su criterio y necesidad.

No es necesario un ambiente de grandes avances tecnológicos para impartir clases, semejante afirmación definitivamente es falsa, a menos que tengamos por objetivo formar para el siglo XV. El mundo ha cambiado y las formas de aprender y enseñar también. Ya no es suficiente con una pizarra y un par de marcadores (aunque hay quienes hacen verdaderas maravillas con poco), no es posible formar para el nuevo mundo tecnológico sin conocer, aplicar y crear herramientas que permitan al estudiante familiarizarse y fortalecerse en cada una de las nuevas áreas del conocimiento.  De igual manera, un docente que desconozca o no desee atender el valor de las nuevas tecnologías y su alcance en el aula, sencillamente estará muy rezagado y desactualizado.

Ahora que arribamos a un nuevo día del maestro es necesario recordar que la vocación no es voto de pobreza, que la profesión docente es digna (no más que otra, pero nunca menos que otra), que su valor es innegable, pero no basta con el docente y los estudiantes, es necesario un ambiente idóneo para que el proceso enseñanza-aprendizaje sea total, si es dentro del aula que las paredes no se derrumben y si es fuera de ella que el hampa no nos persiga.

Luis Castillo

Luis Castillo

Profesor de la Universidad Pedagógica Experimental Libertador.
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