(ARGENTINA) Los patriotas no escuchan a Paul McCartney

Al final de todo, cuando la festiva y maravillosa música brasileña ya se había acabado, un puñado de argentinos entonó a cappella su propia canción. Eran los epílogos del sábado 23 de marzo en el Luna Park, y el grupo Tribalistas ya estaba en camarines. Entonces los argentinos cantaron a gusto, una y otra vez: “Mauricio Macri, la puta que te parió”. Atronando al auditorio y produciendo temor e inquietud en el resto del público, que comenzaba a retirarse con caras largas, un poco intimidado por los ladridos, mientras el diputado  Daniel Filmus inmortalizaba con su teléfono inteligente la performance y la viralizaba para demostrar que el “pueblo” insultaba al presidente constitucional. Una amiga mía, que asistía al concierto, escuchó el diálogo de una pareja en asientos traseros: “Ahora podríamos cantar ‘Volveremos, volveremos'”, propuso ella. “O directamente la marcha peronista -añadió él-. Acá hay muchos que son del palo; los oligarcas se fueron a ver a Paul McCartney “.

El episodio no es aislado: hay decenas de anécdotas similares en distintos espectáculos a lo largo de los últimos meses. Y los protagonistas nunca son pobres, sino “micromilitantes” sobrealimentados que viven en los barrios más acomodados de la ciudad. Irónicamente, su comportamiento resulta tribal, y de algún modo montoneril: se le impone por la fuerza al común una manifestación agresiva y afrentosa. Entre el público, aquella noche seguramente había de todo: simpatizantes y desilusionados de Cambiemos , críticos racionales del macrismo, indecisos de diverso pelaje y personas independientes de cualquier idea política con derecho a no ser perturbadas. Pero eso les importaba un bledo a los kirchneristas, que allí estaban con su desparpajo patotero y con un prejuicio callado pero firme: el que no canta es un oligarca. Como si nadie por fuera de la tribu pudiera ser menos que un esbirro de la oligarquía sojera, y como si cualquiera que prefiriera las melodías de los Beatles no pudiera ser otra cosa que un miserable colaboracionista del imperialismo inglés. Aún en meses preelectorales, más proclives a la seducción, esta tribu continúa emitiendo sectarismo, odio y revancha, en una asombrosa operación de piantavotos. Porque lo cierto es que el cristinismo y sus caciques son una máquina incesante de producir miedo.

Tribu y caciquismo, sin embargo, no son conceptos privativos de esta facción ruidosa. Casi toda la “sociedad política”, atravesada por la omnipresente cultura peronista, adolece de formas predemocráticas y más o menos violentas. Indefectiblemente, donde hay instituciones fuertes no queda lugar para el caudillo. Y al revés: donde hay caudillo, es imposible que se fortalezcan las instituciones. Son conceptos antagónicos y excluyentes. En la Argentina triunfó, por lo general, la praxis del caudillismo. Y es así que cuando una administración no peronista intenta gobernar le resulta doblemente difícil, puesto que la restauración institucional lleva muchos años y el presidente no puede ejercer de caudillo dado que viene a terminar precisamente con el caudillaje. En ese peligroso limbo de impotencia flotamos durante estos días. Por eso, sin una cosa y sin la otra, el reflejo condicionado consiste en reclamarle al jefe de Estado que forme tribu y haga trampa. Que llame a quienes mueven el dólar y los amenace con la AFIP, con el bloqueo de negocios o con el escrache mediático, como han hecho otras gestiones. Y que opere intensamente para crear una mayoría automática en la Corte, y recule con la repartija federal y monte de nuevo un sistema unitario de premios y castigos para dominar a las provincias y domar al Congreso. O que imponga un control de precios con ánimo policial, siendo que todas estas transgresiones no hicieron más que degradarnos hacia adentro y hacia afuera.

Algunos visitantes extranjeros observan de cerca el panorama local; imaginemos sus conclusiones. Empresarios vernáculos que cenan en Balcarce 50 critican un régimen que los obliga al ingenio y la competencia, y sugieren subsidios, privilegios y atajos: “¿Por qué nos tenemos que pelear, si fuimos oficialistas de todos los gobiernos?”, le preguntó uno de ellos al jefe de Gabinete. Economistas ortodoxos que sugieren, en secreto, intervenciones esperpénticas en el mercado. O colegas suyos de la oposición, que los visitantes escuchan como si formaran parte del Museo de las Ideas Anacrónicas, una imperdible experiencia antropológica con “especies protegidas” de pensamiento prehistórico, en vivo y en directo, que de regreso a sus oficinas de París o Nueva York contarán como una rareza risible a sus amigos. Todavía una economía con reglas normales les parece a vastos sectores menos una idea de Macron, Sánchez o Merkel que de Alvaro Alsogaray. La Argentina se solaza en la angustia de su indigente cerrazón. El gran ensayista de The New York Times, Thomas L. Friedman, explicó esta semana el proceso dinámico que acontece en el nuevo contexto internacional: “Los mejores líderes entienden que en un mundo de aceleración simultánea de tecnología y globalización, mantener a un país lo más abierto posible a la mayor cantidad de flujos posibles es ventajoso por dos razones: uno advierte antes que nadie las primeras señales de los cambios a los que hay que responder, y el país es un imán para los emprendedores de riesgo con mayor coeficiente intelectual, que suelen ser quienes fundan muchas empresas. Los mejores talentos buscan los sistemas más abiertos, tanto a la inmigración como al comercio, porque son los que brindan las mejores oportunidades”. La dirigencia nacional permanece detenida en las coordenadas de mediados y fines del siglo XX. Y muchos socios de la coalición gobernante parecen no solo estar en desacuerdo con la implementación (por cierto muy discutible), sino también con el rumbo: es que el peronismo triunfó como liturgia incluso dentro de la grey de sus más críticos objetores.

El legendario articulista James Neilson, héroe de nuestra democracia y frío observador de nuestros fracasos, describe la forma en que los defensores del viejo modelo se autodenominan “progresistas” cuando en realidad son profundamente conservadores. Y explica que la verdadera grieta es el “abismo que se da entre los resueltos a defender el orden tradicional que consolidó Perón hace tres cuartos de siglo, y los que aspiran a reemplazarlo por uno que sea más moderno, más flexible y mucho menos corporativista”. Donde antes se ubicaban los reaccionarios están ahora los progresistas reales, y viceversa, en esta nación que Neilson considera la más conservadora del mundo occidental. “Aunque la Argentina corporativista ha sido un país terriblemente cruel para el grueso de sus habitantes, no lo ha sido para la minoría significante que está acostumbrada a manejarla”, advierte, y mete en ese rancio colectivo a miembros vitalicios de la clase política, sindicalistas millonarios y empresarios acomodados al proteccionismo y el mercado interno o cautivo, muchos de ellos enojados con el oficialismo porque no levantó un dedo para librarlos de las incomodidades de Comodoro Py. Los progrenacionalistas, para eludir la palabra “capitalismo”, mal utilizan el término “neoliberal”, con el que engloban a cualquier partido republicano de centro, izquierda o derecha que no proponga un cacique y una tribu; un caudillo que diluya las instituciones burguesas y una división social, llena de ladridos, entre oligarcas y sublimes patriotas que no escuchen a Paul McCartney.

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