Los Detectives Salvajes de Roberto Bolaño: el tránsito de la vanguardia hacia la post-modernidad

La creencia superior es la de creer en una ficción sabiendo que es ficción, por no haber nada más. La verdad exquisita es saber que se trata de una ficción y que uno cree voluntariamente en ella.

– Wallace Stevens

Las vanguardias inician a finales del siglo XIX, referenciándose en el movimiento romántico, que significó una ruptura con la sobriedad del clasicismo. En literatura, el romanticismo realizó la internalización del individuo, la puesta en escena de la introspección realizada y la decodificación del entorno a partir de las emociones, esto nos permite entrar en un espectro distinto del cual se alimentarán las vanguardias.  

El proceso de las vanguardias finaliza, como se tiene estipulado, en los años 60 en Nueva York, con la última vanguardia artística: El Pop Art de Andy Warhol. La primera mitad del siglo XX se caracterizó por estar arropada por el cambio incesante del pensamiento artístico, porque la gran paradoja de las vanguardias se centra en su objetivo: la búsqueda por la ruptura con lo establecido y lo hegemónico terminaba, al final, estableciendo cada movimiento como centralizado.

    George Steiner, escribe en su texto La Nostalgia del Absoluto:

Este desencantamiento, este agotamiento, que hasta tal punto llegó a afectar el centro mismo de la existencia intelectual y moral de Occidente, dejó un inmenso vacío. Surgen nuevas energías y realidades que sustituyen a las antiguas. (2001. pág. 15).

El “agotamiento” del cual habla Steiner en La Nostalgia del Absoluto refiere a la finalización del ideal cristiano, con la frase instauradora de Nietzsche “Dios ha muerto”, y su posterior sustitución por la ideología o el racionalismo exacerbado que, aunque poseen diferentes símbolos de identificación, establecen los mismos códigos dogmáticos de la religión. Las vanguardias sufren de este vaivén sustitutivo, al romper con la estructura del arte clásico generan un vacío en las características del arte en sí y, como establece Steiner, este vacío buscará ser llenado a partir de una serie de diferentes corrientes que en su búsqueda de romper con lo establecido, se transformarán en la sustitución del absoluto artístico.

En Latinoamérica el proceso vanguardista es tardío en comparación con Europa y comienza, según algunos críticos, en 1914 con el poema “Non Serviam” de Vicente Huidobro y se establece como movimiento en los años 20 y 30 con “Altazor” del mismo autor y “Trilce” de Cesar Vallejo. Ambos escritores buscan generar una distinción en la significación de la palabra al establecer una nueva forma en la escritura: estirar y reducir el lenguaje, participar del azar que la palabra permite y generar la modificación del lenguaje como signo ideográfico y semántico. Por ejemplo, César Vallejo, escribe:

Una nueva poética: transportar al poema la estética de Picasso. Es decir, no atender sino a las bellezas estrictamente poéticas, sin lógica, ni coherencia, ni razón. Como cuando Picasso pinta a un hombre y, por razones de armonía de líneas o colores, en vez de hacerle una nariz, hace en su lugar una caja o vaso o naranja. (1992. Pág. 62).

La vanguardia latinoamericana se alimentó, en gran manera, del proceso de cambio europeo que, lógicamente, poseía una realidad distinta y una desestructuración con el proceso clásico distinto. La gran problemática que genera la interrupción en la realidad europea es el conflicto bélico, tanto la revolución de 1848, como el inicio de la I Guerra Mundial. Entonces, el proceso de adaptación en Latinoamérica fue distinto y tuvo su aposento en el lenguaje como medio intercambiable de significación.

En la obra de Roberto Bolaño, entre “Estrella Distante”, “Literatura Nazi en América Latina” o en “Los Detectives Salvajes”, es notable la estructuración de una serie de personajes que representan una diferenciación con lo establecido, que se alimentan del ideal vanguardista, del individuo que vive por el arte, por la escritura y la lectura. En los “Detectives Salvajes” ocurre una diferencia importante: el decaimiento de la vanguardia.

Arturo Belano y Ulises Lima son la representación del individuo post-modernista, aquel que sufre una eterna búsqueda, que se centra en el espacio del tránsito, que no llega, ni sale de ningún punto, es un cuerpo andante. Inclusive la utilización del término detectivesco en la novela establece esto: la búsqueda. No representa un matiz estético, ni la adaptación a un género literario específico, es, meramente, el establecimiento de la búsqueda como núcleo central de la novela.

 Amadeo Salvaterra, el único entrevistado que posee información sobre Cesárea Tinajero, es un escritor de oficio y la representación de un personaje nostálgico. Vive a través del recuerdo, del pasado “modernista”, en el cual la vanguardia periférica se establece. Dice:

 ¿Adónde se dirige, entonces? ¿O es que no se dirige a ninguna parte y esa es su forma habitual de caminar? (…) Y así como hay mujeres que ven el futuro, yo veo el pasado, veo el pasado de México y veo la espalda de esta mujer que se aleja de mi sueño, y le digo ¿adónde vas, Cesárea? ¿Adónde vas, Cesárea Tinajero? (1999. pág. 227)

 En este fragmento es notable como la búsqueda no es realizado sólo por Arturo y Ulises, sino también por Amadeo que establece su caminar en el recuerdo, en la nostalgia del pasado y en Cesárea que, como representante mitificado de la vanguardia, no posee asidero y no se dirige a ninguna parte. El objetivo y la forma que caracterizan al personaje post-modernista es la búsqueda que, en la novela, todos poseen, de una forma u otra.

La vanguardia establece su objetivo en la ruptura pero, indudablemente, busca saciar el vacío dejado con las nuevas formas artísticas. Es la sustitución del absoluto que ha dejado el arte clásico y es el nuevo código de significación y forma. Cesárea representa este absoluto mitificado: no se tienen registros de su escritura, no ha sido leída nunca, sólo se publicó una vez y lo que la mitifica es el hecho de “no ser conocida”. Para Ulises y Arturo la importancia de Cesárea radica en el vacío que deja su figura, en la Nada que puede llegar a significar todo, en la producción de su significado a partir de su desaparición y del desconocimiento que se posee sobre ella. En los hombros del significado de Cesárea recae, según Ulises y Arturo, el último bastión de una vanguardia moribunda y se constituye, como dice Patricia Espinoza, que nada de lo que ocurra en definitiva con la poeta, podrá validar la relación que Belano y Lima mantienen con ella, ya que la utopía marca un excedente de sentido que anima la búsqueda de Cesárea (2015. pág. 5). Cesárea es, realmente, imperceptible como espacio físico, su caracterización humana es irrelevante, podría ser cualquier otro personaje, cualquier otro individuo, podría ser hombre y chicano, porque su importancia recae en el vacío que es llenado por la utopía. Ante los ojos de una serie de individuos que transitan todos los espacios posibles es busca de un significado concreto, de un sentido explayado del arte y de la existencia, de la escritura, de la palabra que tanto enarbolan, este personaje lleno de vacíos, valga el oxímoron, del cual nada se sabe pero que, a su vez, alimenta la utopía del retorno a la vanguardia, es la última certeza. La búsqueda en la novela representa el tránsito que posee el hombre por el umbral hacia la postmodernidad, acarreando, en sus espaldas, la nostalgia de la vanguardia como elemento característico de la Modernidad.

 Clara Cabeza, la secretaria de Octavio Paz, es partícipe del inmenso dialogismo de la novela y narra el encuentro entre Paz y Lima en el Parque Hundido; el canon literario con la vanguardia más vehemente, el hombre más conocido de México con el poeta desconocido de las calles del D.F, que tuvieron una conversación distendida, serena, tolerante (1999. pág. 485). El encuentro entre estos dos estratos del ámbito literario genera la distensión entre las separaciones realizadas en la Modernidad, entre alta cultura y baja cultural, entre la vanguardia, ruptura de todo clasicismo, y el puesto privilegiado del intelectual. La unificación y encuentro tolerante entre dos estados maniqueos del arte, tomados muchas veces como dicotómicos, es una característica de la post-modernidad, en la cual las diferencias culturales se difuminan y se plantea un solo plano de la cultura: el consumismo. Cuando Octavio Paz se refiere al real visceralismo recuerda la figura de Cesárea Tinajero y su tiempo de fecundidad, 1924, y Ulises, en la narración de Clara, se denota con tanta tristeza en la voz, con tanta… emoción, o sentimiento, que yo pensé que nunca más iba a escuchar una voz más triste (1999. pág. 485). El recuerdo del movimiento genera en Ulises, el penúltimo poeta real visceralista, la nostalgia de un pasado que muere, tanto en su haber como espacio temporal, como en la utopía.

 Oí que Belano decía que la habíamos cagado, que habíamos encontrado a Cesárea sólo para traerle la muerte (1999. pág. 578). La muerte de Cesárea derrumba, a partir del sangrado de su cuerpo físico, la mitificación de la vanguardia e introduce al individuo hacia el constante enfrentamiento con el vacío de la post-modernidad. A partir del encuentro de Cesárea con la muerte, que es traída por Ulises y Belano, ya que no ocurre de forma azarosa, sino que es la finalidad de la consecución de acciones que ambos han tenido en su eterna búsqueda, la novela se va deconstruyendo más y más, hasta terminar con un cuadro delineado por pequeños puntos, mostrando la costura del cuadro, nada más. La muerte es la finalidad de la búsqueda por la utopía, el rastreo perpetuo se establece como único, ya que el espacio de llegada no existe y si llega a ocurrir se transforma en un acabose. La vanguardia como mitificación, como espacio significativo de la Modernidad, muere con el cuerpo pesado y exuberante de Cesárea. A partir de este evento Ulises y Arturo se dedican a viajar por el mundo, a difuminarse territorialmente hasta fundirse en ese estado de búsqueda constante, sin objetivo, sin final, ni llegada.

El traspaso del individuo hacia la post-modernidad, como podemos notarlo en la novela, no ocurre de manera espontánea, sino a través del fallecimiento de la última mitificación. Ulises y Arturo, al comienzo, delimitan su búsqueda con la finalidad de encontrar a Cesárea Tinajero y completar, de esta manera, el mito que está inmerso en su figura. Pero, al realizarse este encuentro ocurre la muerte de Cesárea que, a su vez, elimina del imaginario de los personajes la búsqueda utópica y los introduce al vaivén continuo de la búsqueda en sí. La figura de la poeta establece una certeza instaurada en el mito, un retorno a un objetivo de existencia y de forma artística que estos personajes errantes persiguen, una llegada concreta, pero al morir se mantiene la búsqueda pero sin finalidad, ni certeza, solamente como un tránsito perpetuo que, a su vez, realiza la función de objetivo. El espacio de llegada no existe, existe es la acción de búsqueda como inicio, tránsito y finalidad.

Bibliografía

Bolaño, R. (1999). Los Detectives Salvajes. Caracas: Monte Ávila Editores.

Espinosa, P. (2015). Mito y vanguardia en Los Detectives Salvajes de Roberto Bolaño. Confluenze, 364-381.

Jameson, F. (1991). Ensayos sobre Posmodernismo. Buenos Aires: Ediciones Imago Mundi.

Steiner, G. (2001). La Nostalgia del Absoluto. Madrid: Ediciones Siruela.

Vallejo, C. (1992). Contra el Secreto Profesional. Caracas: Fondo Editorial Tropykos.

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