Actos humanos (2018), de Han Kang

Hacia las páginas finales de su singularísimo ensayo sobre chistes que circularon en la Alemania nazi Heil Hitler, el cerdo está muerto. Reír bajo Hitler. Comicidad y humor en el Tercer Reich, Rudolph Herzog apunta que una regla no escrita que resultó del Holocausto prescribía que la única representación admisible de Hitler era la de un demonio. Se trata, a fin de cuentas, de una tendencia que equivocadamente se extiende hacia cualquier personaje histórico que haya perpetrado actos monstruosos, como si quien enviara grupos sociales a las cámaras de gas, violara mujeres en un centro de torturas, o desapareciera personas al lanzarlas desde un avión, no fuese el mismo que le hace el amor tierno a su esposa por las noches, llora ante un desgarrador filme dramático, o saca a pasear a su perrito apenas despunta el alba. Negarle tales prácticas cotidianas a los criminales comporta el costo de soslayar lo que la reputada psicoanalista francesa Élisabeth Roudinesco, con el sugerente título Nuestro lado oscuro: una historia de los perversos, advierte que es una dimensión abyecta muy humana. Esto lo entiende bien la escritora surcoreana Han Kang, de allí que atine darle el título  Actos humanos a su novela sobre la masacre de Gwangju de 1980 y los traumas que esta ha arrastrado por más de tres décadas.

I

26 de octubre de 1979. Parecía que con el asesinato del presidente Park Chung-hee, militar de oficio, se daba fin a un gobierno que si bien había alcanzado industrializar a Corea del Sur desde el Golpe de Estado de 1961, por igual había hundido el país en constantes abusos de los derechos humanos y demás medidas represivas, incluyendo la instauración de una ley marcial, la disolución de la Asamblea Nacional y, por supuesto, la elaboración de una nueva constitución para restringir la libertad de expresión y asegurarse gobernar con poderes hechos a la medida de la vocación autoritaria del gobernante. El magnicidio, sin embargo, no tendría por desenlace un proceso de democratización, sino el ascenso al poder del general Chun Doo-hwan, protegido de Chung-hee, quien, pretextando una infiltración norcoreana, terminaría ampliando la ley marcial, cerrando universidades, prohibiendo actividades políticas, y eliminando la libertad de prensa.

La parte inicial de la novela Actos humanos se ocupa de relatarnos la conocida masacre ocurrida en la ciudad de Gwangju en 1980, en la que, según estimaciones no oficiales, murieron más de mil personas, entre ellas estudiantes y trabajadores que habían sido explotados durante el “milagro económico” de Chung-hee, a manos de las tropas enviadas por Doo-hwan para aplastar al alzamiento popular contra las mediadas brutales de su dictadura. Las voces de protestas y la entonación del himno nacional que nos llegan a los lectores desde la fuente de la ciudad nos recuerdan la afirmación de la filósofa Judith Butler de que  los cuerpos reunidos en el espacio público no solo ejercen la agencia (estos cuerpos son nuestros, por tanto el Estado debe mantenerse alejado), sino que exponen una autosuficiencia relacional, de empatía, bondad, e intensidad con los otros cuerpos, en oposición a la precariedad, la atomización, y la superfluidad, a las que pretende arrojarlos el poder. Sobre todo, la recordamos ante la perplejidad del adolescente Dong-ho, personaje nuclear de la obra, cuando escucha el himno entonado frente a los cientos de ataúdes de jóvenes asesinados, pues, a su simple entender, se trata de un símbolo de los militares, mas no de un instrumento de reposesión de la visibilidad y audibilidad de los cuerpos, como lo considera Butler.

II

La traductora Deborah Smith, quien estuvo encargada de verter Actos humanos a la lengua inglesa, traza un justificado paralelismo con Antígona, una de las sietes obras maestras del teatro griego creadas por Sófocles,  no ya porque Dong-ho y sus amigos se esmeran en el cuidado de los cuerpos con el noble propósito de mitigar el horror de los padres al momento de reconocerlos, sino porque los preparan para recibir los correspondientes rituales fúnebres. Smith nos informa que debemos recontextualizar este conflicto, debido a que se conecta con la creencia animista de la integralidad del cuerpo y el espíritu propia de la cultura coreana. Desde este ángulo, la violencia no termina con la muerte de los manifestantes, sino que se prolonga y  hasta se intensifica sobre los personajes cuando sus cuerpos son desechados como basura o son desaparecidos para que nunca más puedan ser hallados.

Otra pieza literaria de la antigua Grecia que nos puede resultar tan oportuna como instructiva al momento de atender la noción del cuidado que se le deben a los cuerpos, a no dudarlo, es el poema épico de Homero La Ilíada. Hablamos justo del momento cuando el rey troyano Príamo se arrodilla ante el rabioso Aquiles para que le devuelva el cuerpo de su amado hijo Héctor, quien acababa de sucumbir ante el griego en un duelo personal. Con todo y su ira, el guerrero le concede a Príamo el cuerpo de su hijo junto a una tregua para celebrar las respectivas exequias. No se debe insistir mucho para notar que esta acción de Aquiles pone de relieve la bestialidad a la que regímenes como el representado en la obra de Han Kang someten a las víctimas y a sus deudos. Cualquier lector venezolano, por ejemplo, pudiese capturar un reflejo del reciente caso del capitán de corbeta Rafael Acosta Arévalo, quien tras morir a causa de las torturas perpetradas por la DGCIM fue enterrado sin velatorio y en el sitio que se le antojó a Maduro.

III

A diferencia de las teorías literarias que han predominado hasta ahora, la perspectiva cognitivista indica que no nos identificamos con los personajes de ficción, sino que, en un sentido estricto, empatizamos con ellos, nos ponemos en sus zapatos, o, para ser más puntual, nuestro cuerpo reproduce sus experiencias. Un hallazgo fundamental para el desarrollo de esta incipiente concepción de lectura ha sido el de las neuronas espejos, el cual ocurrió cuando Giacomo Rizzolatti y su equipo de investigación descubrieron que las áreas cerebrales y las neuronas motoras de unos monos se disparaban justo cuando veían a un humano llevarse un helado a la boca. Las implicaciones que esto le reserva a la esfera literaria  es que cuando leemos en nuestro cerebro se activan zonas que, a su vez, activan las regiones corporales con las que se conectan. Replicamos en nuestro cuerpo las experiencias de los personajes de la ficción. A propósito de esto, el escritor mexicano Jorge Volpi escribe en Leer la mente: el cerebro y el arte de la ficción: “la evolución nos entregó una herramienta que nos lleva a reconocer los actos ajenos como si fueran propios. Te veo caminar e, inevitablemente, en mi cerebro, yo camino”. 

Siguiendo el hilo argumentativo iniciado arriba, sostendré que los dos momentos de Actos humanos que despiertan nuestra más sentida empatía son, por una parte, el capítulo en el que Jeong-dae, el mejor amigo de Dong-ho recién asesinado por francotiradores, asume la narración de los eventos, y, por la otra, el que tiene como punto focal a la mamá de Dong-ho. El primero proporciona una salida imaginaria al insoluble problema epistemológico de quién puede testimoniar el verdadero horror de un acto atroz, asunto al que el filósofo italiano Giorgio Agamben ha consagrado algunas páginas. Dicho con otras palabras, puesto que está muerto, Jeong-dae es quien puede dar cuenta exacta de lo que ocurre con los cuerpos en mano de los criminales. Su voz registra el horror en su forma más pura y absoluta. La labor metódica produce náuseas: arrojarlos mutilados y sangrantes a un camión, llevarlos a las afueras de la ciudad, depositarlos en una fosa común, apilarlos hasta formar torres de cuerpos, y, por último, hacerlos arder en el fuego hasta que sobre la faz de la tierra no queden rastros de que alguna vez existieron. Y entretanto todo esto ocurre, los espíritus de las víctimas ven cómo desaparecen los cuerpos a los que habían estado atados y los hacían sujetos. De seguido,  permanecen en la oscuridad sobrecogidos por el miedo a lo desconocido y a no saber si reconocerán a los seres amados que también acaban de ser masacrados, o si ellos mismos son reconocibles en su nueva condición inmaterial.

En cambio, ha de resaltarse la intervención de la mamá de Dong-ho en virtud de su extrema belleza dolorosa. La polifonía de la novela de Kang le cede la voz a una madre que nos habla de la enternecedora experiencia de cuidar y ver crecer a un hijo, pero también del interminable desconsuelo de que se lo hayan asesinado salvajemente y haber tenido que enterrarlo con sus propias manos. Para decirlo en términos intertextuales, el logro de Kang es atrapar y transmitir en esta parte la noción extensiva de amor por un hijo que encierran estos célebres versos del poeta venezolano Andrés Eloy Blanco: “Cuando se tiene un hijo, se tiene al hijo de la casa y al de la calle entera”. 

IV

Acude a mi mente el recuerdo de una jornada de investigación a la que asistí cerca de diez años atrás. Allí, una ponente detalló algunos hábitos de Pedro Estrada, el temido director de la policía política del dictador Marcos Pérez Jiménez. Al cabo de unos minutos, toda vez terminada su exposición, por lo demás interesante debido a los otros aspectos sobre los que discurrió, un historiador entre el público la increpó indignado,  pues, a su juicio, la sola mención de la vida corriente de Estrada lo humanizaba y, recalcaba convencido de su elocuencia, nunca debe olvidarse que aquel hombre había sido un verdadero monstruo. Aunque la historia no es mi campo de experticia, me resulta obvio que aquel historiador pretendía ejercer su campo de saber negando sus principios fundamentales. Digámoslo de manera tajante: por mucho que Hitler haya cuidado a su perrita Blondi o amado infinitamente a Eva Braun, la historia nunca lo absolverá por los crímenes contra la humanidad que cometió, por sus actos humanos. La magnífica novela de la escritora surcoreana Han Kang oscila entre los lados extremos de la condición humana: los actos nobles y los atroces. Nos conmina, sin aplazamientos, a tomarle estas palabras sapienciales al sociólogo polaco Zygmunt Bauman: “…desde los tiempos remotos hasta el futuro más lejano, fuimos, somos y seguiremos siendo homo eligens, un ser que elige, con una historia que hace que seamos así o de otra forma…”

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