El karma de gobernar sin ser peronista

La prioridad absoluta del Gobierno debe ser llegar sano y salvo, reelegido o no, al próximo 10 de diciembre.

Lo que parecía hasta antes de las PASO una meta fácilmente alcanzable -faltan apenas cuatro meses para esa fecha- se ha vuelto, desde los catastróficos resultados del domingo último, un camino peligroso y lleno de acechanzas, propias y ajenas, que habrá que transitar con suma prudencia y temple para no derrapar hacia el abismo.

No es una meta cualquiera ni mucho menos secundaria. Desde 1928, ningún gobierno no peronista pudo terminar su mandato. Dos aclaraciones necesarias: 1) cuando aquello sucedió faltaban aún 17 años para que el justicialismo apareciera en escena; desde entonces -ya hace 74 años- nunca más perdió centralidad política y 2) en la cuenta de los 91 años que han transcurrido desde que terminó normalmente su mandato el radical Marcelo T. de Alvear no se incluye a los gobiernos conservadores de la década del 30 y los primeros tres años de la del 40 por haber llegado irregularmente al poder.

El fin prematuro de esas administraciones tuvo distintas causas: las tres primeras -encabezadas por Hipólito Yrigoyen, Arturo Frondizi y Arturo Illia- fueron desplazadas por las Fuerzas Armadas en 1930, 1962 y 1966, respectivamente (aunque también los militares se pronunciaron, en 1955, contra Juan Domingo Perón y, en 1976, contra su tercera esposa, María Estela Martínez). Los dos siguientes – Raúl Alfonsín, en 1989, y Fernando de la Rúa, en 2001-, en cambio, terminaron antes por una combinación explosiva entre coyunturas económicas gravísimas e irresponsabilidad del resto del arco político, que, por acción u omisión, los dejaron caer.

El caso de Alfonsín tuvo sus peculiaridades, con parecidos y diferencias en relación con el difícil momento que actualmente atravesamos. El presidente radical que asumió a fines de 1983 adelantó las elecciones como un intento de apaciguar los ánimos por la situación económica. Pero el resultado adverso -Carlos Menem le ganó a Eduardo Angeloz- produjo un efecto contraproducente e insostenible ya que la entrega del poder estaba prevista para siete meses más tarde. Ese tiempo resultaba infinito para un mandatario saliente, tan averiado y vaciado de poder. La solución que entonces se encontró fue adelantar, de diciembre a julio de 1989, la entrega del poder al ganador y presidente electo.

Una sustancial diferencia con lo que sucede ahora, tal como el mismísimo Alberto Fernández se ha ocupado de repetir: el rotundo espaldarazo que recibió en las PASO, de todos modos, no lo convirtió en presidente electo. Sigue siendo candidato, aunque claramente ya no es un candidato cualquiera. Parte del poder real ya reside informalmente en sus manos, como lo reconoció el propio presidente Mauricio Macri al buscar acertadamente establecer de aquí en más un canal de comunicación directo con su principal oponente. Los mercados, que el lunes habían abierto descontrolados, se apaciguaron un tanto con ese mínimo gesto. La palabra de Fernández, que circula en entrevistas, conferencia de prensa y tuits, ya tiene un peso específico que solo disminuiría si el 27 de octubre no resultara elegido.

Crédito: La Nación

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