(ARGENTINA) Recuperar la autoestima republicana

Stevenson sostenía que las más crueles mentiras a menudo se dicen en silencio. Uno de los mandamientos más relevantes del nuevo instructivo kirchnerista para esta campaña consiste precisamente en cerrar el pico. Este pacto interno de mutismo militante, que promueve la amnesia colectiva y tantas alegrías les trajo en las primarias, se rasga de vez en cuando: la tropa suele ser muy verticalista y disciplinada, pero siempre hay alguno al que se le suelta la lengua y levanta la perdiz. La Pasionaria del Calafate no resulta ajena a esos impulsos inconvenientes, aunque para compensar permite que se propale por doquier, aunque en voz muy baja, el Mito de la Cristina Cansada, consistente en hacerle creer a los más asustados que ya no muerde ni rasguña: parece que el tiempo y las desdichas judiciales le han minado la aguerrida voluntad; regresa con espíritu de concordia y ánimo obediente. Lástima que «Sinceramente», su flamante obra magna, sigue en el ranking de los best sellers, y que en sus páginas figura su programa de propósitos, prejuicios y ojerizas. Lo cierto es que para ampliar el triunfo de octubre, y mantener vigente este mágico estado de suspensión de la incredulidad y de la memoria, el verbo clave es silenciar. Algo que no resulta sencillo: en estos días hay que tragarse muchos sapos, compañeros, y «perdonar» la táctica de Alberto Fernández, que no sin convicción personal es capaz de permutar el «Clarín Miente» por el «Héctor no me deja mentir». Frase dedicada en el Malba al otrora demonizado Magnetto, que escuchaba en primera fila.

Unos días antes, ya un poco mosqueado por tantos gestos de encomiable pacificación, Juan Grabois formuló lo que la militancia piensa y no puede vocalizar. Ejerce así la libertad de ser un kirchnerista sui generis; con honestidad intelectual y prosa sarmientina, le advierte a su candidato que como Ulises se ate al palo mayor de la nave de los buenos y no escuche los cantos de las «sirenas neoliberales»: «Sus voces son dulces, muy dulces, tan dulces que es casi imposible resistirlas». El texto de Grabois no es anecdótico sino crucial, y no solo por esa admonición pública, sino porque allí repite en pocas líneas conceptos que su nueva jefa ha manifestado en su libro y en sus tuits. Hay que recordar que el mote «neoliberal» no tiene estrictamente que ver con esa ideología economicista. Neoliberalismo, para ellos, es directamente sinónimo del combo maldito: capitalismo más democracia representativa. Es decir: el modelo que hizo progresar a las grandes naciones durante los últimos cien años. Sin conocerse bien todavía cuáles son los países que se ofrecen como modelos ejemplares del nuevo paradigma (a menos que sean Venezuela, Cuba e Irán), el kirchnerismo anuncia sin hesitar la «franca decadencia» de Occidente: «Es un sistema que ha secuestrado nuestras democracias, degradado los derechos sociales y que amenaza con destruir la tierra -escribe Grabois-. Un sistema que, como dice el Papa Francisco, ya no se aguanta». Tal vez tenga razón el Financial Times, y la reconciliación peronista se deba a la mano invisible de Su Santidad. Pero tanto Grabois como Cristina (a quien el dirigente social le acercó de la mano de Pérez Esquivel un proyecto de reforma constitucional), luchan tácitamente contra algo que encarnó la heroica inmigración de nuestros padres y abuelos, hoy reencarnada en la aborrecida lógica emprendedora, la épica de los «individualistas». Narra Grabois: «Los emprendedores compiten en buena ley con otros emprendedores. Algunos ganan, otros pierden. La vida es así. La supervivencia de los más aptos». Grabois conecta esta actitud falsamente darwinista, sobre la que se montó el mayor estado de bienestar de la historia de la civilización, con «la cultura del descarte» que denuncia Francisco. Y olvida que aquellos esforzados laburantes y estos modernos y denodados luchadores y pioneros del presente generan o mejoran el empleo, pagan sus impuestos, sostienen con ellos a los más rezagados, logran en países ordenados reducir las desigualdades, y representan la aquí percudida «cultura del trabajo», enemiga del clientelismo político, la exaltación de la dádiva y el pobrismo estatal.

Grabois ni siquiera confía en el liberalismo político, que encumbró la Revolución Francesa, evento desdeñado públicamente hace muy poco por la arquitecta egipcia. Las víctimas de la actual estanflación serían la prueba viviente y dolorosa de que el capitalismo y la democracia representativa son los grandes culpables, y de que los defensores de ese consenso republicano son aquellas «sirenas neoliberales» que Alberto debería desoír. «Me preocupa que nos seduzca el relato neoliberal -confiesa Grabois-, y que nuestro campo político caiga en la trampa de hablarles a los héroes mitológicos del mercado».

Precisamente contra esta mentalidad y contra el peligro que implica un anticapitalismo delirante y su consecuente violación de la democracia institucional -edificada bajo la idea de un nuevo régimen y sobre una metodología feudal y caciquista-, votaron ocho millones de argentinos hace dos semanas. No fue un voto a favor, sino tal vez uno en contra: Macri y Cambiemos son meras herramientas coyunturales; salvo alguna excepción no hay fanáticos macristas, sino ciudadanos de centroizquierda y de centroderecha intentando una experiencia republicana y cosmopolita, algo completamente contracultural para nuestra historia endogámica y sin reglas. Se equivoca Grabois al creer que el poder lo tienen los republicanos. Jamás lo tuvieron, ni siquiera cuando fueron gobierno. En la Argentina, la corporación peronista, que jamás perdió posiciones fácticas de presión, y su pedagogía, que moldeó completamente el sentido común (incluyendo el del establishment empresarial), son la hegemonía dada y no su excepción, con los resultados de fuerte decadencia histórica que están a la vista. Esos ocho millones de argentinos, aunque no coinciden con la mayoría circunstancial, la respetan, cosa que no hizo de ningún modo el kirchnerismo. Que al perder en 2015, le negó a la mayoría sus atributos simbólicos, caracterizó a sus rivales de «dictadores», pasó a la «resistencia» y apostó al colapso. También se votó contra ese imperdonable autoritarismo venal, y frente a la posibilidad de que regrese lo más campante a la Casa Rosada.

Con el gradualismo, Cambiemos recibía un fuerte respaldo popular hace menos de dos años; el desgraciado shock de los mercados de 2018 firmó su posible certificado de defunción. Hubo soberbias, errores e infortunios, pero suponer que el camino del país normal no estaba empedrado de sacrificios es una triste estupidez argenta. La derrota fue provisoria, aunque tan contundente que la autoestima republicana se desplomó más que el Merval. Esto le facilita al populismo, en el cenit de esta ola exitista, arrojar el bebé con el agua del baño. Que el fracaso arrastre de paso la división de poderes, la lucha contra la corrupción, la guerra contra las mafias y el narcotráfico, el federalismo inédito y automático, la apuesta por la infraestructura, la transparencia en las cifras y un acuerdo con la Unión Europea que significaba un ambicioso plan de mutación y desarrollo a largo plazo. Tiene razón Juan Grabois en desconfiar del albertismo, puesto que su líder y muchos gobernadores y votantes no son orgánicamente antagónicos de todas estas ideas virtuosas. Pero el kirchnerismo es experto en malinterpretar a su favor el mensaje de las urnas, y puede aprovechar el descontento puntual para intentar cargarse todo. A menos que Alberto lo frene a tiempo. Esta es la discusión de fondo, por valores concretos y sin sesgos partidarios, que se cifra y no se entabla en esta campaña electoral, quizá por abulia y confusión del oficialismo e indudablemente por picardía criolla del Instituto Patria. Allí silencian sus verdaderas ideas e intenciones porque son piantavotos. Pero no es fácil permanecer en silencio, cuando el silencio es una mentira, decía Víctor Hugo. No seamos miserables: me refiero al genio de París.

Crédito: La Nación

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