Pueblo y masas

En la Venezuela de 1989, se pudo apreciar en “vivo y directo” en la TV como una multitud de personas saqueaban negocios violentamente. El detonante de los acontecimientos fue la protesta de los vecinos del eje Guarenas – Guatire por el incremento del pasaje en el transporte público. No obstante, poco podía relacionarse con ese legítimo reclamo frente al aumento del pasaje el que algunas personas llevarán a cuestas media res luego de saquear un frigorífico o, como luego se supo, algunos saqueadores se frustraron un poco luego de descubrir que habían robado un monitor de PC’s (para la época una total novedad) siendo que lo que querían llevarse era un televisor. El episodio fue llamado, para efectos del tremendismo periodístico, “El Caracazo” y los innovadores de la post – verdad comenzaron a interpretar tendenciosamente los hechos como una explosión social en contra del “paquete neoliberal”, que ocurría un “desgaste de los partidos y la democracia” y la violencia y el crimen comenzó a legitimarse con el rótulo de “rebelión popular” y la mistificación de “bajaron los cerros” para hacer “justicia”.

Quienes actuaron bajo la despreciable actitud de usar un acto criminal, de robo indiscriminado, desbordado e incontrolado (lamentablemente con un importante saldo de víctimas fruto del uso desesperado de la fuerza pública para restituir el orden) como medio para desacreditar a los partidos políticos y a la democracia representativa olvidaron, o quisieron olvidar, que la única democracia realmente existente en el mundo moderno es la democracia representativa, soportada en la pluralidad de partidos políticos, que cualquier otro invento “holístico”, “integral”, “bolivariano”, “radical”, “popular”, “revolucionario”, “ciudadano” o “participativo y protagónico” entraña el riesgo de la demagogia, el populismo y la deriva autoritaria. Sobre esa plataforma de ideas, grupos empresariales, ultrosos izquierdistas náufragos del fracaso guerrillero, nostálgicos perezjimenistas y militares ambiciosos conformaron un proyecto político que hoy muestra su coherente y acabada realización en la persona de Nicolás Maduro.

Los venezolanos estamos tan compenetrados con esta reciente historia patria, dolorosa por demás, que cuando vemos en el resto del continente americano la reproducción de la conducta solo podemos tener un dejá vu. “Esto ya lo vivimos”, me dijo una amiga que hoy está en Chile. ¿Es producto de un destino manifiesto? ¿Venezuela y América Latina están condenadas y están pagando algún pecado original?. Para nada. En otras latitudes también el populismo y el militarismo, llamados con propiedad fascismo, tienen su antecedente en Hitler y Mussolini y su presente en Le Pen en Francia, en Trump su versión Norteamericana, en la amenaza Catalana la versión española y en los promotores del “Brexit” sus practicantes en UK.

Es decir, no es un mal latinoamericano. Es que la democracia es un régimen político difícil de mantener, complejo, que exige mucho de la gente (exige, entre otras cosas, tolerancia, equidad, respeto, capacidad de negociación y búsqueda de consensos que, usualmente, no son completamente satisfactorios para las partes). Siempre es más fácil creer tener a disposición propia la única verdad y remitir a los demás el error, la maldad y la falsedad. Obviamente, esa última actitud conduce al mesianismo y al ejercicio del poder de espalda a la voluntad general (aunque sea en medio de clamorosos aplausos).

La derrota a la democracia no es fácil verla venir al inicio. En Venezuela, los nostálgicos perezjimenistas eran vistos como una rareza, gente sin sentido del progreso histórico condenados a la insignificancia, pero cuando en 1997 llegué a escuchar una gaita con el estribillo “esto lo resuelve / Pérez Jiménez / porque ese sí detiene / tanto vandalismo actual” y que el programa “La Silla Caliente” rompiera récords de rating cuando se entrevistó al viejo dictador desde su exclusivo exilio dorado en España (siendo ese un programa que tenía la intención de entrevistar “candidatos presidenciales”) era entendible que la democracia estaba perdiendo la partida. El pueblo perdía frente a “las masas”.

Ahora, ganan preferencia ante las masas (no ante el pueblo) los políticos que le dicen a la gente “lo que quiere oír”. El aburrido político que habla de acuerdos, de negociación, con datos estadísticos y con valoración estratégica de su alcance e influencia institucional pierde terreno frente al demagogo o demagoga maximalista, que se dirige a las emociones corrosivas antes que a la razón, que habla más como líder religioso o militar que como administrador de la cosa pública. Para cada solución compleja y difícil para los problemas reales hay una más atractiva falsa respuesta fácil a un problema fantasiosamente abordado para lograr una conveniente manipulación.

La buena noticia es que siempre hay un remedio contra el fascismo, contra el populismo y el militarismo. Para Norteamérica será la confluencia de demócratas y republicanos en contra de la disrupción de Trump, en UK la necesaria confluencia de Laboristas y Liberales contra el extravío conservador, en España la confluencia de los partidos constitucionalistas (PSOE y la centro derecha razonable) para derrotar a los nacionalismos con diálogo y reformas federales y, en Venezuela y parte de América Latina, será la confluencia, unión y estratégica agenda común de los partidos políticos representativos, con responsabilidad institucional gracias a los votos del pueblo, contra la acción de las masas ciegas y manipuladas por los enemigos de la democracia (que por lo demás, son nacionales y transnacionales con gran poder económico y comunicacional). 

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