(ARGENTINA) Un voto sofisticado con el que ganamos todos

Se escuchó mucho en estos días: “Hay un 40% de la sociedad que es antiperonista”. Hebe de Bonafini arriesgó más todavía y áspera como de costumbre rotuló a esa parte de la ciudadanía como el “cáncer permanente del país”.

Error: ese porcentaje de la población es no peronista, pero no necesariamente “anti” aunque, por supuesto, incluye una porción, tal vez considerable, que le tiene distintos grados de alergia, con o sin razón, al justicialismo y, más aún, al kirchnerismo, la corriente interna más persistente de sus siete décadas de intensa vigencia.

Uno de los múltiples desafíos que tiene por delante el nuevo gobierno es no convertir a los argentinos que simplemente no son peronistas en antiperonistas rabiosos, por irritarlos o perjudicar sus intereses repetidamente. Parecerá un tema menor, pero no lo es en absoluto. No poder resolver nunca los problemas cruciales pendientes de la Argentina también tiene mucho que ver con esa antinomia que amenaza la paz social y mantiene malhumorados y desconfiados a unos contra otros. Toda la energía que deberíamos dedicar exclusivamente a ver de qué manera salimos del estancamiento se va por la alcantarilla de reproches e insultos mutuos inconducentes que es la grieta. Eso no implica que todos tengamos que pensar lo mismo. Al contrario, la diversidad enriquece. Lo que enferma es la agresión continua, que arruina todo intento de conversación.

Se registró un voto muy sofisticado, más aún que en 2015, cuando las urnas hablaron y Sergio Massa quedó en tercer lugar, pero con una cantidad interesante de votos (21,39%) que parecían darle un importante mandato de “bisagra” entre la fuerza que se retiraba y la que estaba llegando. Así lo interpretó el presidente Mauricio Macri y lo invitó, no bien arrancó su gestión, a que lo acompañara a la cumbre de Davos. Procuraba recrear así, salvando las distancias, la buena relación que supieron tener al comienzo del renacimiento de la democracia el presidente Raúl Alfonsín y el peronista histórico Antonio Cafiero (abuelo de Santiago, quien suena ahora como probable jefe de Gabinete de Alberto Fernández). Massa y su agrupación fueron piezas fundamentales para el gran trabajo legislativo que llevó adelante el gobierno de Cambiemos en su primer año en el poder. Por culpa de la infantil guerra de egos, sin embargo, aquello no duró mucho. Macri lo llamó “Ventajita”, el tigrense dejó de ser aliado legislativo, desperdició el tiempo con Margarita Stolbizer (y se lo hizo perder a ella también), para terminar como aliado de la viuda de Kirchner, gran paradoja de quien les puso límites, en las elecciones de 2013, a las fantasías del “Cristina eterna”, brutalmente sincerado en su momento por Diana Conti.

El reciente mandato popular es todavía mucho más sutil que el de hace cuatro años. Como aquella “bisagra” no sirvió, o sirvió por muy poco tiempo, el electorado hizo dos cosas: la primera, bastante obvia, como sucede por lo general en cualquier país en que la economía anda como la mona, votó al contrario más apto para ganar; la segunda intención, mucho más compleja de ser interpretada cabalmente por la clase dirigente del oficialismo y de la oposición (que en muy pocas semanas intercambiarán sus papeles) se materializará en el nuevo Congreso, cuyas fuerzas estarán mucho más equilibradas, lo que obligará a conversaciones más consistentes y menos chicaneras, muy lejos de la “escribanía” que impuso el 54% cristinista para llevar adelante las leyes y reformas necesarias que nos saquen del atolladero en que nos metió el gobierno anterior y el que está por terminar.

Podrán lloriquear por los rincones mediáticos los Brieva y los Echarri porque las urnas no arrojaron la mayoría arrasadora que esperaban, lo que aleja del todo la amenaza de cualquier intento hegemónico y de cambios constitucionales que, por otra parte, el presidente electo se encargó en la campaña de repetir que no estaban en sus planes. Para que no quede en la mera voluntad de Alberto Fernández -que no hay por qué no creerle- ni para que algunos de sus socios más temperamentales lo tienten o, peor, le impongan esos extremos, la soberanía popular ha dispuesto una serie de equilibrios que van en consonancia con un rotundo hecho histórico que sucederá el próximo 10 de diciembre: por primera vez en 91 años un presidente no peronista terminará su mandato normalmente a pesar de todas las tempestades políticas y económicas autoimpuestas y ajenas que le han tocado sobrellevar. Ese solo logro será un avance institucional extraordinario.

Los periodistas también tendremos que hacer un esfuerzo extra para entender y acompañar el cambio de época que se viene, tratando de no seguir mimetizados con los incendios virtuales que proponen en las redes sociales de un lado y otro de la grieta.

En los últimos días, las interpretaciones poselectorales se prestaron para todo tipo de elucubraciones, pero decir que el que ganó perdió y el que perdió ganó no ayuda a la gran conversación que de ahora en más tendrá que darse si queremos salir adelante. Un diálogo entre una coalición de centroizquierda que se rota en el poder con otra coalición de centroderecha es algo bastante común en Occidente y que podría empezar a suceder aquí. Pensemos, por ahora, que ganamos todos.

Crédito: La Nación

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