La Primavera Latinoamericana

Solamente en lo que va del año, se han dado grandes protestas en Venezuela, Brasil, Nicaragua, Argentina, Honduras, Colombia, México, Ecuador, Perú y Chile, y es posible que la lista siga aumentando conforme pase el tiempo. En América Latina lo que está en crisis no es la derecha y su modelo neoliberal, ni tampoco la izquierda y su modelo social, sino ambas. Lo que está en crisis es la democracia representativa. Esto podría ser, incluso, el inicio de la primavera latinoamericana contra la clase política sin un tinte ideológico.

Las razones y contexto de las protestas en cada país son mixtas, en unos casos son sociales, otras económicas y otras políticas, pero todas comparten en común la desconfianza en las instituciones actuales, el hartazgo contra una clase política que vela sólo por los intereses de una minoría corrupta y que no gobierna a favor de las mayorías, así como el deseo de que se instale una verdadera democracia en sus respectivas sociedades. Es decir, la crisis en la democracia representativa no debe interpretarse como un deseo del regreso del autoritarismo en América Latina, sino como el deseo de una mayor participación ciudadana y que se gobierne a favor de todos.

Las encuestas de Latinobarómetro, realizadas anualmente y que involucran unas 20.000 entrevistas en 18 países latinoamericanos, señala que para el año 2018 “Sólo un 5% de los ciudadanos dice que hay plena democracia. Un 23% dice que presenta pequeños problemas, mientras un 45% dice que hay grandes problemas y un 14% la califica explícitamente como no democracia“(1).

El mismo informe de Latinobarómetro señala que la satisfacción con la democracia representativa ha disminuido constantemente de un 44% en 2008 hasta un 24% en 2018. En ningún país de la región hay una mayoría satisfecha, sólo en tres países este resultado se acerca a tener uno de cada dos ciudadanos satisfechos. Esos son Uruguay con 47%, Costa Rica con 45% y Chile con 42% (siendo muy seguro que dicha cifra cambió en el año 2019). En Brasil sólo el 9% está satisfecho, mientras en Nicaragua es el 20% y en Venezuela el 12%. La caída más abrupta que podemos observar es la de Nicaragua, donde cae 32 puntos porcentuales en sólo un año, desde un 52% de satisfacción en 2017 hasta un 20% en 2018. La caída más constante y continua que podemos observar es la de Venezuela que alcanza su máximo nivel de satisfacción con la democracia en 2007, con 59%, cayendo a 12% en 2018, representando con ello una pérdida de 47 puntos porcentuales de satisfacción. Además de Venezuela, Brasil es otro país en el que se desploma la satisfacción con la democracia. Esta cae de 49% en 2010 a un 9% en 2018, con un desplome de 40 puntos porcentuales.

Una de las preguntas más interesantes realizadas por esta encuestadora es: “¿Para quién se gobierna?”. En el 2006, el 61% de los latinoamericanos señalaba que se gobierna “para unos cuantos grupos poderosos en su propio beneficio”, pero en el 2018 la cifra aumentó al 79%. De hecho, la cifra más baja pertenece a Bolivia, con el 60% que opina se gobierna para las minorías, y aun así es bastante alta. El resto de los países supera ese número, siendo los más escandalosos los casos de Venezuela (86%), Paraguay (87%), México (88%) y Brasil (90%). Todo esto va de la mano con las cifras de Naciones Unidas que declaran que América Latina es la región más desigual del planeta(2).

Las consecuencias de esta insatisfacción podrían ser tanto positivas como negativas a futuro. Por un lado, esto podría iniciar un proceso serio de reformas que satisfagan las necesidades de la mayoría, lo que reduciría la insatisfacción, y con ello aumentando la gobernabilidad y la estabilidad. Por el otro lado, en los países donde se desploma la satisfacción con la democracia, donde la mayoría de los ciudadanos desconfía de los partidos, donde pocas personas la apoyan la representación política o son indiferentes hacia ella, son también países con la receta perfecta para elegir un candidato que se ubica afuera del “establishment” rompiendo con todo lo establecido. Ejemplos de ello son, nuevamente, Venezuela con Hugo Chávez y Brasil con Jair Bolsonaro, ambos casos de diferentes espectros políticos (de izquierda y derecha, respectivamente), pero con similitudes en cuanto a su autoritarismo, populismo y discurso agresivo (otro ejemplo es Donald Trump en EE.UU).

Probablemente, esta situación le duele más a quienes profesan las ideologías liberales. Ello en relación al hecho de que el modelo económico chileno, utilizado en los últimos años como el gran modelo a seguir, se encuentre bajo una gran crisis política y social. Sin embargo, si volvemos a las encuestas, podemos observar que la tasa de percepción de justicia en la distribución de la riqueza en la sociedad chilena se encontraba en 8%, el cual es la misma tasa que Venezuela y Brasil. Se puede entender que estos dos últimos tengan una baja percepción de la distribución de la riqueza, pero cuesta creerlo en el caso chileno si nos enfocamos en sus índices macroeconómicos. En realidad, tiene sentido que la sociedad chilena se encuentre bastante molesta, dado que sus buenos índices económicos son —redundantemente— indicadores de lo injusta que ha sido la distribución de la riqueza y que la misma no se ha traducido en el bienestar general.

Cumpliendo con esa misma lógica, conviene preguntarse: ¿Los venezolanos deberían salir a protestar sabiendo que las cifras económicas no son nada favorables? Los chilenos tienen absoluta razón, porque ha ingresado una enorme riqueza al país que ellos no perciben; pero los venezolanos podrían verse desmotivados a llegar al extremo de una explosión social conociendo que la situación económica es frágil: bajos precios del petróleo, infraestructura mermada, sanciones económicas, así como la poca capacidad de la gente para aguantar varios días encerrados en casa y sin trabajar (como lo demostraron los apagones). Si los chilenos demandan hoy, podrían ver los resultados en el corto plazo; sin embargo, si los venezolanos demandan hoy, verán los resultados en el largo plazo, dentro de varios años, debido a la gran inversión que se requiere para reacomodar la situación venezolana. Todo esto podría servir para explicar el anuncio de un permanente estallido social venezolano que nunca llega, a pesar de que todas las condiciones estén dadas. Asimismo, le conviene a la oposición y a EE.UU. replantearse ese asunto de las sanciones y si ello realmente ayuda a su propósito contra el gobierno de Nicolás Maduro. De hecho, las sanciones podrían estar, más bien, perpetuando a Maduro en el poder. Esta situación de inestabilidad política en la región también resulta favorable para Maduro, siendo que ahora estos países deberán enfocarse en su ámbito interno, los cuales de por sí ya están siendo cuestionados. Es infantil acusar a Cuba o Venezuela de ser las causantes de las manifestaciones en la región, porque le da a estos gobiernos un poder, real o simbólico, que realmente no tienen.

Otro punto en común de las protestas es que se están dando indistintamente de la tendencia política. Se acusa a los gobiernos neoliberales como los grandes causantes, pero ello sólo porque la derecha ha ido ocupando la mayor parte de los gobiernos en la actualidad, pero esto también incluye a los anteriores gobiernos de izquierda que no cumplieron con las expectativas (por alguna razón empezaron a ganar los gobiernos de la derecha en América Latina), así como los actuales que también tienen graves problemas de estabilidad política, y que en ningún sentido escapan a esta misma realidad, como lo señalan las encuestas de Latinobarómetro. También, otro punto a destacar es que la mayoría de las protestas no tienen un liderazgo claro, y los manifestantes no siempre tienen los mismos objetivos, cosa que demuestra que las protestas se organizan de manera horizontal, sin líderes, sin partidos.

Pero también conviene aclarar que el descontento actual con la representación política no es exclusiva de América Latina, en España (Cataluña), China (Hong Kong), Líbano, Egipto e incluso en EE.UU. (particularmente sobre el asunto climático, migratorio y racial), entre otros países, se han suscitado numerosas manifestaciones e inestabilidad política. La desconfianza en el sistema político es algo global, y eso incluye a quienes la ejercen.

Sin embargo, esto trae a colación una contradicción entre quienes protestan: desconfían del sistema, pero no exigen un nuevo sistema, sino reformarlo; es decir, nuevas legislaciones, nuevas autoridades o nuevas políticas. Eso es como cambiar los muebles de la casa para crear la ilusión de tener una nueva casa; pero manteniendo los mismos problemas profundos que nos hacen querer cambiar de casa, como la mala plomería, malos servicios públicos, inseguridad, malos vecinos, fantasmas en los pasillos, etc.

Probablemente, nunca antes habíamos estado en una situación en la que la población estuviese tan informada y dispuesta a resolver los problemas por su propia cuenta. Las recientes protestas son muestra de ello. Esto debería considerarse la oportunidad perfecta para dejar a un lado la representación política, que no es más que la posibilidad de elegir a un rey y aristócratas temporales, para avanzar hacia nuevos modelos políticos en los que haya una verdadera participación del pueblo.

Notas:

  1. Latinobarómetro. “Informe 2018“. Disponible por: http://www.latinobarometro.org/latdocs/INFORME_2018_LATINOBAROMETRO.pdf 
  2. CEPAL. “CEPAL: Pese a avances recientes, América Latina sigue siendo la región más desigual del mundo“. Disponible por: https://www.cepal.org/es/comunicados/cepal-pese-avances-recientes-america-latina-sigue-siendo-la-region-mas-desigual-mundo 

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