Las misiones secretas del Presidente

En México, Alberto Fernández, entonces presidente electo, quedó estupefacto cuando vio aparecer a la primera delegación norteamericana que recibía desde que había ganado las elecciones. Él esperaba a Mauricio Claver-Carone, un asesor para América Latina del Consejo de Seguridad de Washington, un organismo asesor del presidente norteamericano. Claver-Carone llegó, en efecto, pero acompañado por Gustavo Cinosi, un empresario hotelero argentino con una influencia inexplicable entre los pliegues del poder washingtoniano. Claver-Carone es el mismo funcionario de Washington que el martes pasado abandonó Buenos Aires protestando porque aquí estaba el ministro de Comunicaciones de Venezuela, Jorge Rodríguez, un chavistaal que algunos consideran una paloma (representa a Nicolás Maduro en el diálogo promovido por Noruega), pero lo cierto es que Estados Unidos incluyó a Rodríguez en junio de 2018 en una lista de jerarcas del régimen cuyas cuentas y propiedades en el exterior fueron congeladas y bloqueadas.

Rodríguez fue el principal refutador del demoledor informe de Michelle Bachelet sobre las violaciones a los derechos humanos en Venezuela. Sin embargo, el presidente argentino volvió a quedar estupefacto, sobre todo por las duras declaraciones de Claver-Carone por la presencia del venezolano en la Argentina.

¿Conocía Claver-Carone, un descendiente de cubanos anticastristas, todo lo que había pasado desde el viaje del presidente argentino a México? ¿O, acaso, era el primer gesto de ingratitud de los norteamericanos? Prefirió pensar que Claver-Carone simplemente ignoraba lo que sucedió después de su primer encuentro. Pero decidió aclarar las cosas en el almuerzo del día siguiente con el subsecretario para América Latina del Departamento de Estado, Michael Kozak, que se había quedado en la Argentina. Tercera sorpresa: ¿por qué una parte de la delegación norteamericana se fue y otra se quedó? En el Departamento de Estado, aun en la era de Donald Trump, la diplomacia prevalece en esa agencia de profesionales; en el Consejo de Seguridad, que depende de la Casa Blanca, reinan los políticos muchas veces sin experiencia en cuestiones internacionales.

La primera duda de Alberto Fernández, que todavía no despejó, es sobre el papel que cumple en Washington el empresario argentino Cinosi. Con fama de buenos contactos con el Departamento de Estado (otros lo vinculan a la CIA, aunque sin pruebas a la vista), Cinosi es dueño de los hoteles Sheraton de Pilar y de Tucumán. Se trata de franquicias de la cadena norteamericana. ¿Dueño? Fuentes del gobierno argentino dijeron que la propiedad de esos hoteles es de empresas oscuras. Cinosi es ahora el principal asesor del secretario general de la OEA, el uruguayo Luis Almagro; el argentino suele aparecer en las fotos siempre un paso atrás de Almagro, como si fuera su sombra. Una vez, cuando todavía tenían buena relación, Alberto Fernández le preguntó a Almagro por la razón de su cercanía con Cinosi. Respuesta del uruguayo: «Porque sin él no sería secretario general de la OEA». Todos saben, aunque pocos lo dicen, que la elección del secretario general de la OEA debe pasar antes por el filtro del gobierno de Washington. El presidente argentino conoció a Cinosi cuando iba a tomar café o a almorzar en el hotel de Pilar porque tiene una casa de fin de semana muy cerca de ahí. Se saludan, pero, según asegura Alberto Fernández, nunca fueron amigos.

Pero ¿qué era lo que Claver-Carone ignoraba? En México pasó inadvertida otra reunión de Alberto Fernández con un funcionario norteamericano. Es Elliot Abrams, un halcón de la diplomacia de los Estados Unidos que fue funcionario de los gobiernos de Ronald Reagan y de Bush hijo. Abrams fue uno de los candidatos a ocupar la Secretaría de Estado, que finalmente recayó en quien tiene actualmente ese cargo, Mike Pompeo. Este designó luego a Abrams «emisario especial» para la crisis en Venezuela. El presidente argentino conoce a Abrams desde hace 20 años. Abrams le pidió a Alberto Fernández un favor: que intercediera ante Maduro para mejorar la situación carcelaria de cinco presos norteamericanos (que también son venezolanos) y, sobre todo, que a uno de ellos, que está enfermo, le concedieran la prisión domiciliaria. El presidente argentino le dijo a Abrams que no le hablara de Maduro como si este fuera un viejo amigo suyo de parrandas caribeñas. Solo lo había visto una vez, cuando era canciller de Hugo Chávez, hace muchos años.

Pero Alberto Fernández se comprometió a hacer la gestión ante Maduro. Cuando habló con este, le pidió dos favores. Que no viniera a su asunción («Va a ser difícil para vos y para mí», le explicó) y que se ocupara de la situación de aquellos cinco norteamericanos. Al día siguiente, Maduro lo llamó para decirle que había ordenado la prisión domiciliaria de los cinco, no solo del que estaba enfermo. Alberto se lo comunicó a Abrams y este se lo agradeció de manera eufórica. El Presidente todavía guarda en su celular un mensaje de WhatsApp de Abrams en el que le vuelve a agradecer la gestión. Alberto esperó el almuerzo con el subsecretario de Estado Kozak. A él le contó la gestión que hizo en nombre de Abrams y concluyó de esta manera: «Claver me maltrató y no me gusta que me maltraten. Quiero tener buena relación con los Estados Unidos, pero con el presidente Trump, con el secretario Pompeo, con usted y con el embajador norteamericano en Buenos Aires. No quiero que nunca más vuelva a aparecer Cinosi en una delegación norteamericana». Adiós, Cinosi. El argentino que acompaña a Almagro deberá explicar en Washington por qué el presidente de su país no quiere saber nada de él.

Alberto le señaló a Kozak que cuando se pide un favor en las relaciones internacionales se deben hacer concesiones. ¿Cómo podía él negarse a recibir al enviado de Maduro, si este había accedido a hacer más cosas que las que le había pedido? Todos los funcionarios de Maduro, por lo demás, están sancionados por Washington o por organismos internacionales. También le señaló que la presencia de Evo Morales en la Argentina era preferible a que estuviera en México. La Argentina sabe lo que sucede en Bolivia, le señaló, aunque el presidente argentino sigue criticando a Almagro (y a Cinosi -por qué no-) por haber calificado de «espías» a enviados argentinos, cercanos a Fernández, como veedores de las elecciones bolivianas. Los argentinos, recordó Alberto, viajaron por invitación de la OEA, con pasajes y gastos pagados por esa organización americana. Evo Morales entró al país como refugiado, condición que le permite permanecer en el país, pero limita seriamente su actividad y sus declaraciones políticas.

Mientras tanto, la mexicana Alicia Bárcenas, jefa de la Cepal, un organismo de las Naciones Unidas, le hizo un puente con la nueva jefa del Fondo Monetario, Kristalina Georgieva. Alberto Fernández ya habló por teléfono no menos de cinco veces con Georgieva. La primera sorpresa que se llevó Alberto fue cuando la jefa del FMI le contó que es amiga del premio Nobel de economía Joseph Stiglitz, un economista que habla como un heterodoxo y escribe como un ortodoxo. Alberto le pidió a Georgieva que recibiera a solas al ministro de Economía, Martín Guzmán (discípulo de Stiglitz), antes de que este se reuniera con el staff del organismo. Georgieva se resistió al principio, porque el poder del staff es muy grande, pero al final aceptó con la condición de que inmediatamente después se unirían a la reunión los funcionarios estables del organismo. El Presidente le dijo que necesitaba que la economía se reactivara, que no podía aumentar de manera significativa la presión tributaria y que su decisión era pagar la deuda. Necesita, le precisó, un par de años para dedicarle a la economía doméstica el dinero del pago de la deuda.

No piensa, le aclaró, declarar un impago unilateral de la deuda; quiere un acuerdo con el Fondo y con los bonistas privados. A Martín Guzmán le pidió que fuera a ver a Roberto Lavagna para explicarle su plan y que tomara nota de las opiniones del exministro. Ansioso, Alberto llamó después a Lavagna para conocer su opinión. «Guzmán tiene la dosis justa de ortodoxia y heterodoxia», le respondió Lavagna. Georgieva, Bárcenas, Lavagna, Guzmán serán importantes en la negociación con el Fondo. Pero la decisión final siempre estará en la Casa Blanca. De ahí la decisión de Alberto de dejar las cosas claras con el gobierno de Trump. Hubo favores, no desafíos. Ese fue el mensaje enviado a Washington. ¿Lo entenderá Washington?

Crédito: La Nación

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