Cristina Kirchner abre grietas dentro del Gobierno

La grieta tiene nombre y apellido. Se llama Cristina Kirchner. Cada aparición de ella significa más metros de profundidad en ese abismo que divide a una parte importante de la sociedad argentina (40% entre unos y otros). Ahora abrió una grieta dentro del propio Gobierno, del que ella supuestamente es mentora. Alberto Fernández podrá decir que las alusiones confrontativas de la expresidenta al Fondo Monetario coinciden con viejos planteos suyos (lo que es cierto), pero no puede negar que Cristina fue cuidadosamente inoportuna. El Presidente fijó una posición propia sobre el disparate de los presos políticos y sobre la prepotencia política de Sergio Berni. Ambas polémicas tienen raíces en el cristinismo y cuentan con el silencio de Cristina. Pero prefirió, en cambio, darle la razón a su vicepresidenta en sus alusiones al Fondo y calmar la incipiente polémica.

En rigor, también Fernández venía diciendo, antes de acceder al gobierno, que los préstamos del Fondo se habían usado para que la gente comprara dólares y se los llevara a su casa.

El Fondo incumplía, entonces, su reglamento. Él y Cristina están equivocados. No conocen el organismo multilateral. Es una agencia burocrática. Cada acuerdo debe pasar por una serie de oficinas y, sobre todo, por el decisivo Departamento Legal. Ningún acuerdo es autorizado por el directorio del Fondo sin la aprobación previa de esa oficina jurídica. El Fondo hace (o hacía) revisiones trimestrales sobre el nivel de reservas y el pago a los acreedores. El Fondo le dio a Macri un enorme crédito (único en la historia por su volumen) para que les pague a los acreedores, cuando Macri ya se había quedado sin crédito en los mercados financieros internacionales. Es probable que una parte muy pequeña de esas remesas se haya usado para la salida de capitales cuando el entonces presidente rompió el acuerdo con el organismo, después de las elecciones primarias de agosto último. Eso sucedió implícitamente en el momento en que congeló los aumentos de tarifas y esquivó el déficit cero con la ilusión de dar vuelta las elecciones en las generales de octubre, que terminó perdiendo. En todo caso, fue la Argentina la que incumplió el acuerdo, no el Fondo. De hecho, el organismo no envió al país una remesa de casi 6000 millones de dólares que estaban programados para después de esa ruptura unilateral.

En el directorio del Fondo se sientan los representantes de Alemania, Francia, Italia y los Estados Unidos, entre otros países. Son esos delegados los que, según Cristina, incumplieron el reglamento del Fondo. ¿Qué les dirá Alberto Fernández a Angela Merkel, a Emmanuel Macron, al primer ministro italiano y a Trump sobre las divagaciones de su vicepresidenta? ¿Cómo les explicará que él les pide que le hagan favores en el Fondo mientras Cristina acusa al Fondo (es decir, a los representantes de aquellos líderes) de violar el reglamento?

Cristina le reclamó al organismo que incumpla su reglamento y le haga una quita de la deuda a la Argentina. En eso discrepa con Alberto Fernández. El Presidente sabe desde mucho antes de llegar a la oficina presidencial que el Fondo no puede hacer quitas de capital ni de intereses. Así lo aceptaba cuando era presidente electo. Por eso, porque sabe que cobrará todo algún día, el Fondo establece tasas de interés bajas. El organismo puede ampliar los plazos de pagos, con otro programa mediante y siempre a cambio de algo, pero no puede reducir la deuda de nadie. Cristina metió al Fondo en su pelea del día en La Habana, delante de la nomenclatura cubana. Quizá solo trató de quedar bien con sus anfitriones cubanos, a los que les debe varios favores. Un misterio rodea los viajes de Cristina a Cuba. Lo único que sabemos con certeza es que el presidente cubano, Miguel Díaz-Canel, aplaudió a Cristina como si esta fuera una rock star.

No deja de ser una ironía que Cristina Kirchner se preocupe por la salida de capitales. Si se miran dos años de crisis política, 2008 y 2019, la salida de capitales fue exactamente la misma: 23.000 millones de dólares en el año. En 2008 ocurrió la guerra con el campo. Y los argentinos zozobraron en 2019 por la inestabilidad política que significaron las elecciones presidenciales. En 2008, gobernaba Cristina Kirchner; en 2019, Macri estaba en el poder. En la era de Cristina, hay datos ciertos hasta 2011. En octubre de ese año, cuando ella ganó la reelección con más del 54 por ciento de los votos, la salida de capitales fue de 3000 millones de dólares (salieron más de 15.000 millones de dólares en todo el año). Cinco días después de haber ganado arrolladoramente las elecciones presidenciales, Cristina instauró por primera vez el cepo a la compra de dólares. Se iban más dólares de los que entraban por las exportaciones. La AFIP debía autorizar, según su buen saber y entender (y su arbitrariedad), cada compra de dólares.

El cepo al dólar en el mercado de cambios no es neutral para la economía. La paraliza. La inversión muere de muerte súbita. ¿O es casual, acaso, que la economía esté estancada o en recesión desde fines de 2011, justo desde poco después del primer cepo? Los empresarios argentinos tienen sus ahorros en dólares. La inversión extranjera llega (si es que llega) con dólares. Pero ¿quién colocaría sus dólares en un país que prohíbe la compraventa de dólares? Nadie. Mucho menos en un país que primero pide desesperadamente dólares prestados y que después insulta al prestamista. Ya es una costumbre argentina.

El problema, entonces, no es si los dólares que se fueron eran del Fondo o de las exportaciones. Aunque el estricto control del Fondo impide que sus préstamos hayan salido para otra cosa que no sean las acordadas, lo cierto es que el conflicto está en otra parte. Una dirigencia política razonable estaría reflexionando sobre qué sucede con los argentinos (sean poderosos empresarios o pobres jubilados) que prefieren poner sus ahorros en dólares y sacarlos del sistema financiero local. El famoso colchón puede ser una covacha en la casa de su propietario, una caja de seguridad o una cuenta en el exterior. La salida masiva de dólares del sistema financiero sucedió durante gestiones muy distintas, como fueron las de Cristina Kirchner y Macri. Tampoco fue un problema solo de ellos. La historia de la desconfianza de los argentinos en su economía es mucho más larga. Ahora existe una prohibición de hecho a la compra de dólares, y nadie en el Gobierno imagina un desbloqueo del sistema cambiario. Temen que los argentinos tomen por asalto las reservas de dólares del Banco Central. Y lo peor es que eso es muy probable.

Cristina enturbió el clima político con los que tienen la última palabra en el Fondo. También contribuyó a complicar las cosas la exposición del ministro de Economía, Martín Guzmán, en la Cámara de Diputados porque solo le sirvió para hacer demagogia. «Estamos del lado de la gente», dijo. ¿Y quién no lo está? Los acreedores esperaban el anuncio de un programa. Hay otra frase más demagógica todavía: «No permitiremos que los fondos de inversión marquen la política macroeconómica». Los fondos de inversión están en el país porque los argentinos los llamaron y les pidieron plata. ¿Fue Macri el que llamó a algunos fondos? Sí. ¿Fue Cristina la que dejó un desastre macroeconómico con pocas soluciones? También.

Los párrafos más extravagantes (para llamarlos de algún modo) de Cristina fueron los referidos a la carga genética mafiosa de Macri por ser descendiente de italianos. La Argentina no sería lo que es sin el aporte de la colectividad italiana, la más grande del país, seguida de cerca por la española. «Racista», le dijo un viceministro italiano en un documento escrito. Expresaba a su gobierno. Alberto Fernández convocó dos días después al embajador italiano, Giuseppe Manzo, para ponderarle la contribución de los italianos a la construcción del país. Fue gestualmente un pedido de disculpas, aunque no lo haya sido formalmente. Otra grieta innecesaria. A los que invocan la inclusión les gusta practicar la segregación. ¿Acaso no hay ya varios cristinistas que fueron denunciados por antisemitismo? Están los que se proclaman antisionistas, que es el nuevo nombre del antisemitismo, y también los que vinculan a las organizaciones de la comunidad judía argentina con los intereses del Estado de Israel. Una manera de considerar «otro» a alguien solo por la religión que profesa. La grieta es una oquedad sin sensibilidad política ni moral.

Crédito: La Nación

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