Coronavirus, en los umbrales de otro mundo

¿Cuándo regresarán los abrazos y los besos? ¿Cuándo volverá a ser habitual dar la mano, el gesto más antiguo de amistad, de cortesía o de reconciliación? ¿Cuándo, en fin, la democracia recobrará su sistema de plenas libertades? Si dudamos sobre el tiempo en que regresarán esos actos elementales de la vida cotidiana, todo lo demás es solo una cadena de deducciones. La virulencia y la duración de la peste son incógnitas que no se han revelado aún.

La caída de la economía mundial es una constatación, pero su profundidad pertenece al mundo de las inferencias, a conjeturas que entrelazan la recesión cierta de ahora con las fechas supuestas del fin del virus. Las distintas reacciones de los gobernantes sepultaron las diferencias ideológicas. Trump tiene los mismos temores que López Obrador o que Bolsonaro frente al consejo de los sanitaristas de paralizar a la sociedad y, por lo tanto, de frenar la economía. Y ese mismo temor lo habían tenido el socialista español Pedro Sánchez y el conservador británico Boris Johnson.

La actividad industrial en la Argentina se contrajo el 13,5% en enero y febrero, según una evaluación de Orlando Ferreres. En febrero solo se estaba en los primeros días de la contracción provocada por el coronavirus. Varios economistas argentinos sostienen que la economía local caerá este año entre el 2,6% y el 4%. Ni en la crisis financiera mundial de 2008/2009 cayó tanto. La Argentina tiene dos problemas ante la amenaza de la pandemia. Uno es que el sistema sanitario público es viejo y escaso. Los médicos, enfermeros y paramédicos son el único capital de la sanidad pública, pero no tienen instrumentos modernos ni insumos básicos de la medicina. El otro problema es que la economía argentina ya venía mal, maltratada por una recesión de dos años y con una deuda a un paso del default. El riesgo que más atemoriza al Gobierno es la instalación de la pandemia en el vasto y frágil conurbano bonaerense, donde el Estado y la gente viven al día. La cuarentena es la única solución que encontró hasta ahora la humanidad para una enfermedad sin vacuna y sin remedio. Pero muchas personas viven en una o dos habitaciones en barrios carenciados o villas. La vida social ahí transcurre en la calle o en las plazas. ¿Cómo pedirles a muchas personas que respeten el encierro en pocos metros cuadrados? En el conurbano, la región más poblada del país, habita la mayor cantidad de cuentapropistas. Gente que trabaja sin relación de dependencia. El freno de la economía significa quedarse sin ingresos en un país donde el 40% de su economía es informal. En la propia Capital, hay departamentos de dos o tres ambientes donde viven muchas personas de clase media. El estrés y la depresión de semejante encierro baja las defensas del cuerpo y modifica el equilibrio psicológico. La comprensión inicial del aislamiento puede convertirse en rebeldía en cualquier momento.

Para peor, la recesión está paralizando la economía mundial. Mala noticia para la Argentina. El turismo es el sector más golpeado, pero no el único. Las aerolíneas, los aeropuertos, los hoteles, los restaurantes y el comercio en general han visto caer sus ventas verticalmente. Según bancos de inversión, la economía norteamericana caerá un 13% en el segundo trimestre, una contracción mayor que la de la crisis de 2008, que fue del 8,4% en el trimestre en que estalló. Será, advierten, la contracción económica más aguda desde la Segunda Guerra. El PBI anual norteamericano podría caer el 1%, si los Estados Unidos recuperaran el crecimiento en el segundo semestre del año. Y si tuviera efecto la mayor intervención del Estado en la economía (más de dos billones de dólares) en toda la historia norteamericana. Por ahora, el gigante del norte está en recesión y Trump podría perder la reelección que tenía asegurada hasta hace 45 días.

Europa también entró en recesión. Goldman Sachs anunció que la economía española caerá un 10% en el segundo trimestre; la italiana se desplomará un 11,6% en igual período; la alemana, un 8,9%, y la francesa, un 7,4%. Aunque los economistas no se ponen de acuerdo en dibujar el grafema, la mayoría de ellos espera una recuperación en forma de V o de T; es decir, muy rápida o rapidísima. Sin embargo, habrá sectores que demorarán mucho tiempo en volver a ser lo que eran. El turismo, por ejemplo, que dependerá de que la gente recobre la confianza en viajar. Un italiano cuenta que el aire limpio volvió a Roma («Huelo otra vez el perfume de Roma», dice poéticamente) y que los peces regresaron a los canales de Venecia. En la China misma, la gran fábrica del mundo, mejoró mucho el medio ambiente. Son los mejores ejemplos de que se estaba maltratando la vida de la naturaleza, y que la globalización y los excesos del mercado provocaban una monumental polución.

Una diferencia esencial con la crisis de 2008 que provocó la caída de Lehman Brothers es la actual incapacidad de diálogo de los principales dirigentes del mundo. Hace 12 años resucitaron el G-20, que todavía funciona, y los líderes dialogaban. El nacionalismo se presenta ahora como la píldora contra la globalización de la pandemia. La dispersión de los líderes es el único panorama de un mundo devastado por la epidemia y el pánico.

El sistema capitalista tiene un aporte importante que hacer a la recuperación del mundo. De hecho, para los países más avanzados la prioridad económica de ahora es salvar a las empresas, que son las que crean riqueza y puestos de trabajo. El papel del Estado también se revalorizó en estos días en que todos se sienten indefensos, aunque habrá algunos pícaros (y pícaras) que propondrán destruir el capitalismo para colocar al Estado en su lugar. El problema, como siempre, son los extremos. Un nuevo equilibrio entre el protagonismo del mercado y el del Estado deberá surgir después de la peste. Los dos serán indispensables para enfrentar la necesaria reconstrucción. Es una verdad fácil de asimilar en un mundo en el que hasta Trump se volvió abruptamente keynesiano.

Un mundo más austero, como el que seguramente surgirá cuando haya pasado todo, no necesita ser un mundo con menos libertad para las personas. Lo que hemos visto estos días en la propia Argentina hubiera sido políticamente insoportable hace apenas dos meses. La policía y el Ejército en las calles, controlando el tránsito de las personas, hurgando en la privacidad de sus vidas. Ocurre lo mismo en Europa y en muchos estados norteamericanos. Pero la indisciplina en el mundo occidental (ni hablar en la Argentina) contrasta con la obediencia ciega a las órdenes del Estado en países como China. China no puede ser el ejemplo de cómo vivir, aunque sea el único ejemplo de que una severa cuarentena es el mejor remedio para la pandemia. Es un régimen autoritario, que niega la disidencia y que somete a los ciudadanos a graves represalias. El sistema democrático occidental se debe también un nuevo equilibrio entre los derechos y las obligaciones. Los derechos son conocidos por todos; las obligaciones son para muchos terra incognita.

Nunca faltan los sectarios que culpan de la epidemia a los argentinos que viajan. Son insensibles. Nadie quiso estar fuera de su casa en un mundo en semejantes condiciones. Simplemente los sorprendió lejos un virus furioso e imprevisto. Sorprendió también a la economía argentina. La parálisis de la economía local, la hemiplejía de las empresas y las restricciones al libre comercio no pueden durar indefinidamente. Millones de personas en el mundo y miles de argentinos podrían sufrir el desempleo y la inopia. Aquí, es posible que muchas empresas tengan problemas para pagar los salarios de marzo o de abril. La AFIP debe hacer algo más que callar.

El mundo que viene será otro, pero no cambiarán los viejos recursos del progreso económico y social. Sucederá seguramente también la nostalgia del mundo previo a la calamidad. Los venezolanos exiliados suelen recordar la vida cotidiana en Venezuela antes del último Chávez y, sobre todo, antes de Maduro, con una frase también poética: «Éramos felices y no lo sabíamos».

Crédito: La Nación

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