La enfermedad, la economía y la catástrofe

La Argentina camina desordenadamente hacia el pico de la pandemia. Pero ¿cuál y cuándo será el pico más alto? Nadie lo sabe. Ni siquiera se sabe cuántos infectados hay ahora realmente, aunque se calcula que son entre 3000 y 4000 más de los que se conocen. Los análisis que se difunden pertenecen a los infectados de hace cinco días. Los países europeos más castigados (Italia, España y Francia, en ese orden) ven subir y bajar el dramático índice diario de infectados y de muertos. Cualquier pronóstico fracasa. Los Estados Unidos están igual o peor. Los neoyorquinos están en cuarentena, pero el número de infectados no deja de aumentar.

El mundo ha decidido aplicar un keynesianismo al revés: ayuda a las empresas a sobrevivir para el día después de la epidemia. No hay una crisis de demanda, que es lo que inspiró la teoría de Keynes sobre la ayuda del Estado para reactivar la economía, sino un shock de oferta, porque las empresas están paradas por la cuarentena casi universal. Aquí, Alberto Fernández decidió un camino contrario: confrontar con las empresas y tomarlo de la mano a Hugo Moyano, el dirigente sindical más polémico. A Moyano lo critican la izquierda y la derecha con la misma intensidad; lo persiguen los jueces por supuesta corrupción, y no cuenta ni siquiera con el respaldo de la corporación sindical, que es genéticamente corporativa.

Raro en un presidente que tuvo el instinto político de rodearse de un equipo de sanitaristas idóneos y dejar atrás las divagaciones de su ministro de Salud, Ginés González García. El ministro comenzó restándole importancia a la pandemia porque aquí, dijo, lo que importaba era el dengue y el sarampión. Luego, describió al nuevo coronavirus como una gripe común. Por esos días, el Presidente asumió el liderazgo de la crisis sanitaria y ordenó una cuarentena inmediata, en tiempos más rápidos que otros países, porque es la medida que mejores resultados dio en el mundo. Tan distraído estaba el ministro de Salud que compró los kits para los tests del coronavirus el 18 de marzo. El 20 de marzo, apenas dos días después, el Presidente dispuso la cuarentena. Ya entonces había una sobredemanda de kits en el mundo. La Argentina accedió a 50.000 kits para hacer la prueba y podría comprar otros 50.000 en los próximos días. González García anunció una donación de 200.000 kits, pero no especificó quién donará ni cuándo. Serían, si son, 300.000 kits en un país de 44 millones de habitantes. Nada. La Organización Mundial de la Salud aconseja «pruebas, pruebas y pruebas» para saber quiénes están enfermos y quiénes no y poder, así, empezar a salir de la cuarentena. Lo peor, dice la OMS, sería salir de la cuarentena para volver a entrar en ella poco tiempo después. Por eso, las pruebas son esenciales.

A pesar de que los primeros síntomas de lo que luego sería una pandemia aparecieron en diciembre en China, en marzo la Argentina no tenía suficiente stock de barbijos y guantes médicos. Luego salió a comprarlos, pero también ya había sobredemanda en el mundo. Además, los barbijos para detener el coronavirus son más sofisticados que los que usan los cirujanos. Y poner en riesgo a los médicos y enfermeros tiene dos malas consecuencias. El contagio de ellos suma enfermos y, lo que es peor, le resta profesionales al sistema sanitario. Se habla mucho de los respiradores artificiales (el gobierno federal prácticamente intervino la fábrica cordobesa de esos respiradores), pero se habla poco de los médicos preparados para manejarlos. Son, por lo general, los especialistas en terapia intensiva, que son escasos. No sería un problema si se dispusiera un aprendizaje rápido de otros médicos. Pero hay que hacerlo. El coronavirus no es como una gripe, aunque sus síntomas sean parecidos. Ninguna memoria recuerda que una gripe haya colapsado hospitales, sanatorios, crematorios y cementerios, como está sucediendo en Europa y Estados Unidos.

Una cuarentena estricta no debió vivir el dantesco espectáculo que sucedió el viernes en los bancos, cuando multitudes de jubilados se agolparon en las puertas de las entidades financieras para cobrar sus haberes. Los bancos estuvieron cerrados hasta entonces por presión del jefe del sindicato bancario, Sergio Palazzo, quien argumentó que debía cuidar la salud de los empleados de los bancos. ¿Y los que trabajan en las cajas de los supermercados? ¿Y los que atienden las farmacias? Estos son, juntos con médicos, enfermeros y paramédicos, los verdaderos héroes de la lucha contra la pandemia. Los bancarios podrían haber atendido antes en horarios reducidos y con servicios también limitados. El presidente del Banco Central, Miguel Pesce, debió consultar a los bancos sobre cómo actúan los jubilados los días de pago. Son pagos que estaban demorados desde hacía 15 días. ¿Qué esperaban que hicieran los jubilados? El país pudo haberse ahorrado las colas de varias cuadras, en la intemperie fría del viernes, de jubilados que por su edad son personas de riesgo. El jefe de la Anses, Alejandro Vanoli, fue presidente del Banco Central; debería saber también qué hacer con los bancos para evitar una tragedia. Extraño país cuyos ciudadanos dependen en una crisis sanitaria más del criterio de los dirigentes sindicales que del de los sanitaristas.

En una misma semana, el Presidente se peleó con el empresario más importante del país, Paolo Rocca, y se dejó llevar en brazos por Moyano. ¿Decidió abrazarse a Moyano para caminar hacia el default, como suponen algunos? Difícil. No es un ingenuo ni un pirómano. Es probable que haya sido una simple coincidencia. Vale la pena, no obstante, rescatar lo que sucede en el mundo con la economía. La economía china cayó en el primer trimestre del año, si se anualiza esa caída, un 40%. Y la de Estados Unidos caerá, también anualizada, un 25% en el segundo trimestre. Anualizar el derrumbe solo sirve para percibir la violenta recesión en la que entró el mundo. No habrá un año tan malo ni para China ni para los Estados Unidos. Sus economías se reactivarán antes. La principal economía del mundo, la norteamericana, le dedicó a la reactivación una ayuda por el valor de un tercio de su PBI. Un 20% en ayuda fiscal y un 10% de ayuda directa de la Reserva Federal. La ayuda les sirve a las empresas para pagar sueldos y para saldar créditos. La declaración impositiva anual, que es casi un acto religioso en Estados Unidos, se postergó tres meses.

El extraño keynesianismo de los países del hemisferio norte es para evitar que las empresas quiebren. Y para ayudar a los sectores más desprotegidos de la sociedad. El sistema necesita que las empresas, que son las creadoras de riqueza y de empleos, sobrevivan a la crisis sanitaria. Por eso, una escuela de economistas norteamericana y europea pronostica una reactivación rápida después de la calamidad, siempre que no haya una ola masiva de quiebras empresarias. «No es que una mayoría social no puede comprar; es que las empresas no pueden producir por la cuarentena», dice un economista norteamericano. Tampoco existe un crac estructural del sistema financiero, como sucedió en la crisis de 2008/2009. La reactivación de la economía será posible, entonces, si los gobiernos no optan por culpar a las empresas y, por el contrario, prefieren salvarlas de la catástrofe.

Hay -cómo no- un aumento injustificado de precios, sobre todo en alimentos y artículos de primera necesidad. La ley prevé sanciones a través de mecanismos como la defensa del consumidor y la defensa de la competencia. No es necesario que el Presidente se meta en esas disputas. Tampoco era necesario amenazarlo al sistema privado de salud con una virtual intervención de sanatorios y clínicas. Siempre existió una coordinación del sistema público con el sistema privado de salud en momentos de emergencia. ¿O, acaso, alguien duda de que el sistema privado no ofrecería camas vacantes si colapsara el sistema público? Los prejuicios, la división entre buenos y malos, no le ganarán nunca la batalla a la epidemia. La crispación y el enfrentamiento conducen a ninguna parte, venga de donde venga. Es mejor volver al principio, cuando todos sabíamos que nadie se salvará por su cuenta.

Crédito: La Nación

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