La suma de todas las desigualdades

En la época en que mi mamá se doctoró en Salud y Cuidado Humano, creo que ella es una de las pocas enfermeras con semejante nivel educativo en Venezuela, asistí a su acto de graduación un poco contrariado porque de verdad que nunca me han gustado esos actos con birretes, medallas y títulos pero claro, feliz por el éxito académico de mi mamá (a ella, por el contrario, siempre le han gustado esos eventos). Sin embargo, el discurso que ofreció en ese acto de grado doctoral una docente de la cual se me escapa el nombre fue tan llamativo que a la fecha es el acto de grado que más he disfrutado.

El discurso trató sobre las perspectivas de la educación en el siglo XXI que recién comenzaba. Lejos de la tónica bobalicona que era esperable, aquella que veía (y lastimosamente muchos siguen viendo) en todo adelanto tecnológico solo buenas noticias, solo esperanzas, solo peldaños hacia la realización de todas las utopías, aquella docente nos mostró con suma claridad la total oscuridad del mundo al que empezábamos a entrar. Haré un ejercicio de paráfrasis, decía ella, que “nuestro mundo en el siglo XX estuvo plagado de desigualdades: ideológicas, religiosas, étnicas, sociales, sexuales y económicas pero, lejos de progresar en este nuevo siglo, lo que ocurrirá es que sumaremos a todas las viejas desigualdades no resueltas las nuevas desigualdades, una en particular es la más peligrosa: la desigualdad temporal”. Esta es una advertencia poderosa.

Salí de ese acto con una inquietud sembrada que conversé muchas veces con mi mamá y que hoy recuerdo viendo el tenebroso contexto que nos agobia. La desigualdad temporal ya hoy es una realidad, los temores de aquella docente se han materializado y lamentablemente no hay muchos esfuerzos por comprender el fenómeno y sus consecuencias.

¿En qué consiste la desigualdad temporal? Lo explicaré de un modo gráfico, imagine amiga o amigo lector, que usted se encuentra en un vehículo en la Av. Julio Centeno, en el municipio San Diego, estado Carabobo. Allí se encuentra usted en el siglo XX (no digo XXI porque Venezuela entera no ha llegado allá, al contrario, vamos de regreso), tiene a disposición calles con asfalto, drenajes y cloacas, centros educativos y sanitarios, comercios e industrias, conectividad telefónica y web, ordenamiento urbano y algo de seguridad personal, pues bien, imagine que usted en ese vehículo toma la autopista y se traslada a Tocuyito, allí y en cosa de 30 minutos, si llega a Barrerita, a la Arenosa o a Campo Carabobo y alguna de sus comunidades, estará llegando al siglo XVIII sin necesidad de ninguna máquina del tiempo. No solo se trata de la obvia ausencia de equipamiento urbano, que ya de por sí es un drama eso de no contar con agua potable y cloacas, por mencionar un ejemplo, es que el rezago es cultural, en garantías para el ejercicio pleno de los derechos, es encontrarse en un contexto dónde el embarazo precoz, la violencia machista, la desesperanza aprendida en la juventud que se convierte en ni – ni (ni estudia, ni trabaja), en la desgracia cotidiana de la desinformación crónica por el desierto de medios de comunicación (las únicas radios que permanecen al aire solo trasmiten música, uno de los tantos efectos de la censura y la autocensura) y el retorno angustiante de una religiosidad exacerbada dónde la vida personal, familiar y social es enteramente absorbida por el misticismo.

En un contexto semejante, no hay ciudadanía, hay vasallaje, hay señores feudales y siervos de la gleba. La cotidianidad es el hambre y la pobreza, que es lo material, pero en lo cultural está lo preocupante, son comunidades que han normalizado tal situación, que lo sienten natural, que  es su destino, una realidad inalterable, divina, por los siglos de los siglos. Puedo mencionar a Tocuyito porque me es más cercano, pero mis actividades políticas me han hecho conocer distintos grados del mismo fenómeno en todo Carabobo.

El tema en cuestión es ¿qué estamos haciendo al respecto?, pues, muy poco. Quienes están en el siglo XX (ya expliqué porque no XXI) insisten en no voltear la mirada. Cuando finalice la pandemia (si es que finaliza) nos encontraremos en la posición de evaluar si le cambiamos el nombre a la Universidad de Carabobo por uno que sea más congruente con las personas que podrán asistir a clases, bien podría ser, Universidad de Naguanagua o Universidad de Bárbula. No es exageración, los ingresos han bajado tanto que ni siquiera los docentes pueden pagar el pasaje en autobús, pero, además, la ínfima realidad presupuestaria eliminó la posibilidad de contar con transporte y comedor, dos aspectos que permitían, por ejemplo, a los estudiantes de Bejuma continuar con sus estudios. Es más que obvio que las brechas entre los habitantes de distintos municipios se amplían cada día, no nos separan kilómetros, nos separan décadas y siglos.

Es difícil que en este corto espacio podamos dar con soluciones a los problemas aludidos, pero podemos tener algunas pistas. En vez de tener dirigentes políticos jugando a las elecciones totalitarias, unos regalando mortadela en carretilla y otros tan avergonzados de su triste papel que ni se lanzan en sus circuitos de residencia sino que buscan refugio a su penas en otros circuitos dónde son desconocidos, deberíamos estar construyendo consensos esenciales para restituir la vigencia de la democracia y la constitucionalidad, la libertad de prensa y opinión, la discusión tripartita y la regularización de las relaciones diplomáticas de Venezuela con el resto del mundo. Deberíamos reiniciar el proceso de descentralización y otorgar un papel protagónico a los gobiernos locales para que estos sirvan de escuela democrática para una ciudadanía que se encuentra desconectada de si misma, para que redescubra sus prioridades y se establezcan agendas compartidas que propicien revertir las crecientes brechas sociales, las viejas y las nuevas, porque una democracia no es estable si no existe igualdad de oportunidades, ni equidad, ni derechos humanos. Invitaría a los lectores a reflexionar pero ya es muy tarde, ahora el deber es actuar.

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